Por Margarita Ebanogorrea | P23
Mazatlán, Sinaloa. 14 de febrero de 2026.
Mientras medio mundo celebraba corazones, el puerto decidió prenderle fuego al suyo. Y lo hizo al ritmo de tambora.
Al grito tribal de “¡Que lo quemen, que lo quemen!”, el monigote de Nawat Itsaragrisil ardió en la tradicional Quema del Mal Humor, ese rito pagano que inaugura —con pólvora y sarcasmo— la tercera noche del Carnaval Internacional de Mazatlán 2026, bautizado este año como “Arriba la Tambora”.
No fue una hoguera improvisada. Fue una sentencia popular.
El personaje —acusado por los propios “Bolcheviques” del Carnaval de actitudes prepotentes y retrógradas contra Fátima Bosch, representante de México en Miss Universo— fue llevado a la pira como quien lleva un pecado colectivo a purificación pública. Porque el Carnaval también es eso: sátira, ajuste simbólico y catarsis con banda sinaloense de fondo.
La caminata del escarnio
A las ocho en punto, el primer cohetón rasgó el cielo desde el cruce de Ignacio Zaragoza y Aquiles Serdán. El cortejo avanzó por Mariano Escobedo hasta desembocar en Olas Altas, donde la noche ya olía a pólvora fresca y cerveza abierta.
El monigote caminó escoltado por verdugos festivos, por la comparsa de Idance bajo la batuta del coach José Ramírez y por los metales vibrantes de Banda La Innovadora, que hicieron lo que mejor sabe hacer Mazatlán cuando algo le arde: convertirlo en baile.

Niños, abuelos, turistas, locales.
Fotos, gritos, insultos rituales.
Una ciudad entera descargando la bilis acumulada.
Y entonces, frente al Venadito —el pequeño centinela de Olas Altas que ha visto más carnavales que cualquier cronista—, el fuego hizo su trabajo. Las llamas consumieron al muñeco entre aplausos, celulares en alto y tambora desatada.
No era odio. Era teatro social.
No era venganza. Era tradición.
Cuando arde el mal humor
La Quema del Mal Humor es el acto inaugural del Carnaval desde hace más de un siglo: se incinera al villano simbólico del año, se purga la mala vibra y se abre espacio a la fiesta.
Este 2026, el artista José Guzmán dio forma al monigote, mientras que los especialistas de Arte y Pirotecnia añadieron casi dos kilos de material explosivo para garantizar que el fuego tuviera narrativa propia.

Los rescatistas apagaron los restos con disciplina. La ciudad, en cambio, siguió encendida.
Porque en Mazatlán el fuego no termina con las brasas.
Empieza con la tambora.
Y mientras el muñeco se volvía ceniza, la multitud ya bailaba la siguiente canción.