Observatorio
Por Mario Martini

Claudia Sheinbaum enfrenta su primera gran prueba política con el mismo peso simbólico que tuvieron los “manazos” de autoridad que dieron sus antecesores, por lo menos desde Luis Echeverría quien puso de moda aquella frase: “no se mueve una sola hoja de los árboles del país sin la voluntad presidencial”.

También fue célebre la narrativa popular que partía de un diálogo entre el presidente y un miembro del Estado Mayor Presidencial a quien preguntó la hora: “la que usted disponga, señor presídente, respondía el militar. Y, en efecto, así era: el poder y control presidencial eran absolutos; hoy la pregunta es simple: ¿se atreverá la presidenta a dar un golpe de timón para ir tras los corruptos de su propio movimiento, o preferirá mantener intacta la impunidad que garantice una provisional unidad? El dilema no es menor.

Si decide castigar, capitaliza su altísima aprobación ciudadana actual -superior a la de su mentor en el primer año- y reorientaría el rumbo de la 4T hacia sus justificaciones existenciales. Pero si decide dejar pasar, sufrirá desgaste acelerado y escepticismo popular que cobrará factura a su movimiento en las próximas elecciones. Está parada frente a un gran dilema: los notables del régimen aplauden con disimulo, algunos cargan pesados expedientes, otros se sienten intocables (Adán Augusto dixit) y algunos más esperan el vendaval confiados en que la disciplina y sumisión partidista los mantendrán a flote.

Aunque el dilema de Sheinbaum es compartido por muchos, el reducido margen de maniobra político que tiene y las arcas vacías la están acorralando en fastrack para tomar la decisión inevitable de romper con su antecesor como lo hizo Tata Lázaro Cárdenas para alejarse de la sombra del caudillo.

Saludos cordiales MM

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