Por Mario Martini
Periodismo Democrático y Tropical

Con Mario fue distinto.

Él no se me fue de golpe: se me fue yendo de a poquito, como se apaga la luz de un faro en la neblina —no porque deje de alumbrar, sino porque los hijos, tarde o temprano, toman su propio camino. Es ley.

Primero lo alejaron las canchas: su pasión por el básquetbol lo llevó a recorrer el país.

Un día lo llevé por carretera, rumbo a Ciudad Obregón, a la Universidad Lasalle; luego la Panamericana de Aguascalientes lo reclamó, y después la Universidad Anáhuac en Santa Fe. Becado, admirado, visto, zurdo-zurdisimo muy valorado. 

Jugaba con la misma lealtad en equipos profesionales que en la cancha humilde de cualquier municipio del sur de Sinaloa. La humildad  definió siempre su estatura.

Llamaba a veces para decirme que quería volver, que las enfermedades respiratorias, el frío capitalino o la falta de atención lo fastidiaban.

Yo lo escuchaba y sabía: volver es un acto de valentía tanto como lo es partir.

Así creció, así se hizo hombre.

Partiendo y regresando.

Puerta que se abre y puerta que nunca termina de cerrarse.

Por eso cuando él se iba, no me dolía igual.

Me enseñó a despedirlo en cuotas.

A ensayar su vuelo sin desfondar el pecho.

Pero hoy es distinto.

Hoy no se va él:

hoy se va ella.

Mi báculo, mi Secre, amor de mis amores, sangre de mi alma, pequeña gran brújula que desde bebé dormía sobre mi vientre como rana abierta, arrullada por el ronquido de mis tripas y mis miedos, como se arrullan las semilla en el surco tibio antes de romperse en luz.

No se va para siempre —lo sé.

Pero se va de golpe, sin dosificar el adiós, sin escalas, sin el entrenamiento gradual que la vida me dio con su hermano.

Hoy arrancó un pedazo de mi y lo lleva dentro hacia su propio sueño.

Que sea feliz, que sea libre, que sea grande.

Yo me quedo recogiendo la ausencia que no es pérdida: es orgullo que duele sin anestesia .

Y aquí estamos.

Ella subiendo a la vida.

Y yo quedándome en la pista, viéndola perderse en la contraluz del horizonte, envuelta en acero.

Desando mis pasos, doy media vuelta…

y regreso como quien se desangra.

—MM

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