Vuelve el mar por lo que le pertenece
• Y viene armado con El Superniño, calentamiento oceánico, pérdida de playas en el Pacífico y miles de advertimos ignoradas.-
Mazatlán, Sinaloa | 02 de octubre de 2026 | Especial P23
MARIO MARTINI
Como la nuestra, hay ciudades que crecen mirando al mar y otras -también como la. nuestra- que crecen encima del océano con escrituras, predial y toneladas de pilotes profundos y cemento que sostienen malecones panorámicos, hoteles, restaurantes, estacionamientos, condominios y palapas en las que uno puede remojarse los pies mientras disfruta de un aguachile con una media de Pacífico.
El único problema es que el mar nunca otorgó permiso para tan devastadora invasión y ahora, en olas encabritadas, está regresando por lo que siempre fue suyo. U, además, hoy no viene solo.
Trae consigo un océano más caliente, al Superniño recargado que los organismos meteorológicos internacionales anticipan como excepcionalmente fuerte -algunos lo llaman Godzilla- y una costa que durante décadas fue perdiendo, metro a metro, la arena que funcionaba como defensa natural, al funcionar como esponja que absorbe la energía de los huracanes.
La NOAA reportó en septiembre que El Niño se encontraba en fortalecimiento, con anomalías superiores a +3 °C en el Pacífico ecuatorial oriental, y estimó una probabilidad superior al 90% de que el fenómeno alcanzara una intensidad muy fuerte durante el otoño e invierno de 2026-2027. Para octubre-diciembre, el organismo calculó 75% de probabilidad de un episodio histórico bajo su criterio de intensidad.

Mientras tanto, aquí abajo, en la escala doméstica de banquetas, restaurantes y estacionamientos, el problema se traduce en algo bastante menos científico: agua salina donde antes había calle.
Y cuando el agua empieza a entrar por la puerta, deja de ser una discusión sobre cambio climático y se convierte en una conversación familiar sobre quién va a pagar la reparación.
Era de monstruos climáticos
Durante mucho tiempo aprendimos que un huracán era una especie de visitante anunciado. Llegaba el aviso, después la tormenta, luego el huracán y finalmente el recuento de daños. Había tiempo para cerrar ventanas, levantar muebles, retirar anuncios y sacar la lancha del agua, pero el océano fue cambiando las reglas del juego a partir de un agravio que los políticos inauguraron con bombo y platillo como “terrenos ganados al mar” sobre los que construyeron viviendas, vialidades y negocios.
Otro invitado: el calor
El Niño es un fenómeno natural del sistema océano-atmósfera del Pacífico, pero su intensidad prevista para este ciclo ha llamado particularmente la atención de los especialistas. La NOAA ha documentado temperaturas oceánicas anómalamente elevadas y un importante calentamiento subsuperficial en el Pacífico ecuatorial.
Para los ciclones tropicales, el agua caliente funciona como combustible, no exactamente como gasolina —aunque la comparación resulta bastante útil—, sino como una fuente de energía que puede favorecer la intensificación de los sistemas cuando coinciden otras condiciones atmosféricas. Y entonces sucede lo que hemos comenzado a observar con mayor frecuencia: el monstruo meteorológico crece mientras todavía estamos tratando de decidir si realmente viene.
Polo fue un sistema que pasó de amenaza meteorológica a protagonista nacional en cuestión de horas y que dejó una lección incómoda: la naturaleza acelera mucho más rápido que la burocracia. En menos de 24 horas brincó de simple tormenta tropical a huracán categoría 5. ¿Por qué?
El combustible
Polo encontró en el Pacífico un océano particularmente caliente. La anomalía térmica registrada en su trayectoria llegó, según los datos de agencias especializadas, hasta 1.8 °C por encima de lo normal.
Para cualquier mortal, 1.8 grados puede parecer poca cosa. Uno lo resuelve abriendo el refrigerador, tomando agua fría y problema resuelto, pero para el océano la historia es distinta.
Un cambio de esa magnitud representa una enorme cantidad de energía acumulada, puesto que el agua caliente incrementa la evaporación; la evaporación alimenta la convección; la convección puede fortalecer al sistema; y el sistema, si encuentra condiciones atmosféricas favorables, puede convertirse en una maquinaria meteorológica capaz de liberar una cantidad extraordinaria de energía. Y, aunque muchos lo ignoren o evadan, la naturaleza no necesita pedir permiso para reclamar lo que le pertenece.
Mazatlán y su propia advertencia
Lo verdaderamente preocupante es que no necesitamos mirar al otro lado del planeta para encontrar señales de alerta. La advertencia la tenemos frente a nosotros, en la Bahía de Mazatlán.
Un estudio del Instituto de Ciencias del Mar y Limnología de la UNAM encontró que la temperatura del agua en la zona ha aumentado, en promedio, 0.57 °C por década durante los últimos 40 años. La cifra es superior al promedio global de calentamiento oceánico considerado en ese estudio.
Dicho de otra manera: mientras nosotros discutimos si hace más calor que el año pasado, el mar lleva décadas acumulando su propio expediente. Y no se trata de un expediente pequeño.
Los investigadores de la UNAM señalaron que, si esa tendencia se mantuviera, la temperatura del agua de la bahía podría aumentar hasta siete grados hacia 2100, con consecuencias fatales para el ecosistema. La cifra parece lejana, más para los políticos de corta visión, pero el proceso no lo es tanto.
Sin playas ni dunas
Aquí comienza la segunda parte de la historia. El calor explica una parte y la costa explica otra.
Durante años hemos tratado las playas como si fueran decoración: una franja bonita para poner sombrillas, restaurantes, hoteles y tomar fotografías para presumir el viaje de de vacaciones.
Pero una playa también es infraestructura y, además es gratis porque la arena funciona como una enorme zona de amortiguamiento frente a la energía del oleaje. Las dunas y los manglares hacen algo parecido.
La vegetación costera estabiliza sedimentos y ayuda a absorber la energía del agua, pero el problema fue que los humanos descubrieron una solución mucho más moderna: enterrarla bajo concreto.
Donde había arena, pusieron pilotes y muros; donde había dunas, construyeron malecones y estacionamientos; y donde había vegetación, pusieron edificios. Y después nos sorprendimos todos cuando el agua decidió volver.
Cuando el mar salta a la banqueta
En Altata, Las Aguamitas y otras comunidades costeras de Navolato, el agua salada ha demostrado que las fronteras administrativas son bastante menos importantes para ella que para nosotros.
No sabe dónde termina el municipio. No conoce límites catastrales. No respeta banquetas. Y mucho menos reconoce la palabra “prohibido pasar”.
Cuando coinciden marejada ciclónica, oleaje elevado y pérdida de protección natural, el agua encuentra los puntos débiles. Y entra, el problema no es únicamente la cantidad de agua sino la energía que genera.
Una ola que llega a una playa amplia puede perder parte de su fuerza antes de alcanzar la infraestructura, pero una ola que llega directamente contra una estructura rígida tiene otro comportamiento.
• Golpea.
• Rebota.
• Desplaza sedimentos.
• Y vuelve a golpear.
La costa comienza entonces a perder arena precisamente donde más la necesita.

Malecón y efecto rebote
Mazatlán conoce perfectamente esta historia.
• Zona Dorada.
• Olas Altas.
• Malecón.
Los nombres cambian, pero el problema es parecido: el océano llega, encuentra concreto que no retrocede y entonces el agua busca otra salida.
Así ocurre la erosión que empieza a llevarse el sedimento hacia zonas más profundas y la playa pierde capacidad de amortiguación.
Es un mal negocio en el que solamente hay un cliente y siempre termina cobrando: el mar que nunca pierde.
Y mientras esto ocurre entre la naturaleza y la estulticia humana, desde el poder anuncian más proyectos inmobiliarios sobre la franja costera como si nada estuviera ocurriendo. Es lo que se llama en política pragmatismo y rendimiento electoral inmediato al costo que sea.
No invade, recupera
Existe una diferencia importante entre decir que “el mar está invadiendo la ciudad” y entender lo que realmente ocurre.
En muchos puntos, el océano no está creando territorio nuevo. Está ocupando espacios costeros que históricamente formaban parte de su dinámica natural.
El problema es que los paladines de la modernidad convirtieron esa zona de transición en suelo urbano: le pusieron escrituras, banquetas, drenaje, iluminación, estacionamientos y hasta nombres comerciales. Por supuesto, el océano no participó en esta siniestra consulta pública.

Cuenta pendiente
El fenómeno climático y el crecimiento urbano se están encontrando en el peor lugar posible: una costa cada vez más vulnerable porque la temperatura aumenta y el nivel del mar responde a múltiples procesos, entre ellos la expansión térmica del agua que es una condición favorables para que los ciclones cobren fuerza.
Entonces, las marejadas elevan temporalmente el nivel del mar, las dunas desaparecen, las playas se estrechan y finalmente el agua tiene paso libre para llegar hasta donde antes llegaba menos.
No hace falta imaginar el futuro.
Factura de la infraestructuras gris
Durante décadas, la receta urbana fue relativamente sencilla: si el agua llega, construimos un muro; si el muro falla, construimos otro; si la arena desaparece, ponemos concreto; si el oleaje aumenta, reforzamos el concreto. Y si el concreto termina convertido en escombro, hacemos un estudio para explicar por qué y aplicamos presupuestos millonarios para iniciar el mismo ciclo de nuevo y las veces que sean necesarias.
Es momento de aceptar que la costa no funciona como una carretera, que no todo se arregla agregando cemento porque la naturaleza tiene memoria física y facturas por cobrar.
¿Y ahora qué?
La salida no consiste en abandonar Mazatlán ni Navolato. Tampoco en declarar enemigo al océano. Más bien se trata de aprender algo que las playas llevan siglos tratando de explicarnos: la costa necesita espacio para moverse.
Eso significa recuperar dunas, proteger manglares, conservar los sistemas de arena y dejar de considerar cada metro de playa como una oportunidad inmobiliaria.
También significa estudiar dónde tiene sentido utilizar infraestructura de protección y dónde esa misma infraestructura puede agravar la erosión.
Existen alternativas utilizadas internacionalmente que van desde la restauración de dunas y la alimentación artificial de playas hasta estructuras sumergidas para disipar energía del oleaje, pero ninguna funciona como receta universal porque cada costa tiene su propia dinámica.
Y la primera regla debería ser bastante sencilla: antes de construirle una solución al mar, hay que entender el problema.
Las dunas que nadie insugura
Una duna no tiene placa ni nombre. No hay gobernador para cortar el listón ni tampoco hay discurso celebratorio porque no es un estacionamiento ni una vialidad pública y tampoco aparece en una fotografía de campaña.
Pero hace algo mucho más importante: protege.
La vegetación fija la arena, la arena absorbe parte de la energía del oleaje, una playa amplia ofrece espacio para que esa energía se disipe y todo ocurre sin motores, sin combustible y sin mantenimiento de maquinaria pesada. Es la misma naturaleza trabajando para proteger a las comunidades costeras.
Mangle, otro guardián inmovilizado
En Navolato, los manglares forman otra línea de defensa. Sus raíces estabilizan sedimentos y sus ecosistemas pueden reducir parte de los efectos de las inundaciones costeras.
Destruirlos para después intentar sustituirlos con concreto es, cuando menos, una operación suicida. Es como cortar el árbol que da sombra y después comprar una sombrilla para protegerse del sol.
No hay negociación posible
La gran discusión que viene para Mazatlán, Navolato y todo el litoral sinaloense no será si el cambio climático existe.
Será mucho más profunda: ¿qué vamos a hacer con una costa que ya no se comporta como hace 30 o 40 años?
Porque las reglas cambiaron. Y seguir construyendo bajo las reglas antiguas no las hará desaparecer.
El calentamiento de la Bahía de Mazatlán está documentado por investigadores de la UNAM; el fortalecimiento extraordinario de El Niño está siendo observado y pronosticado por la NOAA; y la vulnerabilidad física de las costas se vuelve evidente cada vez que una marejada encuentra una playa reducida y una ciudad construida demasiado cerca del agua.
La discusión, entonces, ya no debería limitarse a la categoría del siguiente huracán. También deberíamos estar midiendo la distancia entre el mar y las decisiones políticas e inmobiliarias.
La factura del océano bajo presión
Polo fue un aviso. El calentamiento de la Bahía de Mazatlán es una señal de largo plazo y la pérdida de playas es otra.
Y las inundaciones de Navolato y los daños recurrentes en Mazatlán son la parte que podemos tocar con la mirada.
No estamos ante un solo problema, estamos ante la coincidencia de varios: más calor en el océano, ciclones capaces de intensificarse rápidamente, aumento del nivel del mar, erosión costera y urbanización sobre espacios que alguna vez pertenecieron a la dinámica natural de la costa.
El resultado no necesita demasiada explicación. Y quizá esa sea la parte más ilustrativa de esta historia: durante mucho tiempo creímos que habíamos conquistado la costa porque conseguimos construir sobre ella, pero en realidad le estábamos pidiendo prestado territorio al océano y hoy el mar está regresando por lo que le pertenece.


