Por Margarit Ebanogorrea | Crítica literaria y polític
- El libro Ni venganza ni perdón, de Julio Scherer Ibarra y Jorge Fernández Menéndez, no es únicamente una crónica política ni un ajuste de cuentas testimonial: es, sobre todo, una disputa por el relato. Y en la era de la llamada Cuarta Transformación, el relato ha sido más poderoso que los hechos.
El volumen se inserta en una tradición mexicana de memorias políticas que buscan explicar el derrumbe interno del poder desde dentro. Sin embargo, aquí el eje no es la nostalgia ni la autocomplacencia, sino la construcción —y destrucción— de legitimidades. El título mismo, Ni venganza ni perdón, condensa una tensión moral: la promesa de justicia sin rencor, que en el ejercicio del poder se convierte en revancha discursiva permanente. Y el uso de la comunicación torcida como insumo de privilegios, poder y enriquecimiento ilícito.
El púlpito como dispositivo de poder
Uno de los méritos centrales del libro es exhibir cómo la comunicación presidencial se convirtió en instrumento de presión política y judicial. Los autores describen un modelo donde la palabra pública sustituye procedimientos institucionales; la acusación mediática antecede a la investigación; y la estigmatización se transforma en sentencia social.
No estamos ante una simple crítica coyuntural. El texto dibuja una arquitectura del poder basada en la narrativa: el “púlpito presidencial” como tribunal simbólico, sus hilos movidos por un Fouché tropical, el “genio tenebroso”. La conferencia matutina —no mencionada como anécdota, sino como estructura— aparece como una plataforma de disciplinamiento político y administrativo.

En ese sentido, el libro aporta algo más que denuncia: muestra el desplazamiento de la legalidad hacia la performatividad. Se gobierna hablando. Se condena señalando. Se absuelve callando.
Drama interior del poder
Desde el punto de vista literario, el libro se construye en clave dramática. Hay personajes, tensiones, traiciones, silencios. La figura del consejero jurídico no aparece como héroe ni como villano, sino como operador atrapado entre la lealtad personal y la institucionalidad frágil.
El tono es sobrio, contenido, casi jurídico. No es una prosa incendiaria; es una prosa de expediente. Y ahí radica su fuerza: la frialdad narrativa contrasta con la intensidad política del trasfondo.
Sin embargo, esa sobriedad también limita el vuelo literario. El lector encuentra precisión, pero pocas veces lirismo; estructura, pero escasa introspección emocional. Es un libro más político que literario, más testimonial que novelístico.
Comunicación como insumo de corrupción
Desde una lectura política más amplia, Ni venganza ni perdón puede interpretarse como una pieza clave para entender cómo la comunicación se convierte en insumo de la corrupción contemporánea.
No corrupción entendida únicamente como desvío económico, sino como distorsión del espacio público. Cuando la narrativa oficial determina culpables antes que los tribunales; cuando la reputación se destruye desde la tribuna; cuando la justicia se administra simbólicamente antes que jurídicamente, el discurso deja de ser herramienta democrática y se transforma en mecanismo de control.

El libro sugiere que en la 4T el poder comunicacional no solo acompañó decisiones políticas, sino que las sustituyó. La palabra pública operó como advertencia, como castigo, como línea divisoria entre leales y traidores.
Entre memoria y ajuste de cuentas
¿Es un libro exculpatorio? ¿Es un ajuste de cuentas? ¿Es una advertencia? Probablemente sea las tres cosas. Pero más allá de las motivaciones personales, el texto abre una discusión necesaria sobre la fragilidad institucional en un régimen que prometió regeneración moral.
Lo más perturbador del libro no es lo que revela, sino lo que confirma: que el poder en México sigue orbitando alrededor de la figura presidencial y que el discurso puede convertirse en arma política cotidiana.
Valor y límites
Como obra literaria, el libro cumple con claridad narrativa y coherencia estructural, aunque carece de profundidad introspectiva.
Como documento político, es relevante para comprender la tensión entre legalidad y voluntad presidencial.
Como pieza histórica, será inevitablemente citado cuando se analice el uso del aparato comunicacional en el sexenio.
No es un libro neutro. Tampoco pretende serlo. Y quizá ahí radica su mayor honestidad.
En tiempos donde la palabra se volvió poder absoluto, este texto recuerda que la comunicación puede ser instrumento de transparencia… o herramienta de intimidación.
La pregunta que queda en el aire no es si hubo venganza o perdón.
La pregunta es si habrá justicia.
Margarita Ebanogorrea
Dramaturga | Especial para P23