Por Por Margarita Ebanogorrea* | P23
La noche del 12 de febrero el Estadio Teodoro Mariscal dejó de ser graderío y cemento para convertirse en caja de resonancia. Allí, donde otras veces manda el rey de los deportes, mandó la tambora. Y el puerto —que sabe de mareas y regresos— volvió a demostrar que su vocación más antigua es festiva.
La primera coronación del calendario carnestolendo abrió el telón de “Arriba la Tambora”, con un concepto que parecía latir desde antes de encender las luces: Ecos de Tambora y Tradición. No era una consigna, era una declaración de pertenencia.
La ceremonia, coordinada por la maestra cubana Zoila Fernández, enredada en historias fascinantes de la revolución cubana, hoy en crisis energética, avanzó como una obra en actos. El despertar del puerto fue coreografiado por el Ballet Folclórico del Instituto de Cultura y los bailarines de Astros Academy: cuerpos que simulaban oleaje, brazos que eran redes, pasos que repetían la memoria del trabajo diario frente al Pacífico. La escena no representaba al mar; lo respiraba.
La música hizo lo que mejor sabe hacer en Mazatlán: unir. “Mi Diana”, “El Manicero”, “Pachuca”, “Cinco de chicle”, “Estereofónica”, “El Pato Asado” no sonaron como piezas aisladas, sino como estaciones de un mismo viaje. Cada redoble recordaba que aquí, en efecto, la vida se pasa sin llorar, y ese sonido es identidad.
Hubo memoria antes que corona. Daniel Osuna volvió al centro del escenario a 25 años de haber sido Rey de la Alegría. El aplauso que recibió no fue nostalgia, fue continuidad. Y también hubo despedida: Brayan Durán entregó el reinado 2025 como quien pasa la estafeta de una risa que no se apaga.
Entonces llegó el instante que la multitud aguardaba.
Entre redobles firmes y aplausos compactos, Javier Osuna, arrastrando al “chiras” en su cauda, avanzó hacia el centro del escenario. No caminaba solo: lo precedían los ecos y lo seguía el cortejo real —Guillermo Orrante, Víctor Joel García y Romeo Martínez— como si cada título nobiliario fuera una pieza más de esta liturgia popular.

La imposición de la corona no fue gesto ornamental. Fue un pacto tácito. En ese acto, Javier I no recibió un objeto: asumió la custodia de la risa colectiva, del desenfado que equilibra los días difíciles, del derecho a celebrar.
El cielo del estadio respondió con Papaquis. El estruendo no fue pirotecnia; fue confirmación. La fiesta estaba oficialmente en marcha.
Y cuando parecía que la solemnidad había dicho su última palabra, la noche giró hacia el festejo abierto. Edén Muñoz tomó el escenario y la ceremonia se volvió verbena. Las gradas cantaron, los celulares iluminaron, la tambora cedió espacio al regional contemporáneo, y Mazatlán —como si no hubiera transición entre rito y baile— se dejó ir.
Desde lejos, alguien podría pensar que el Carnaval es espectáculo. Pero desde dentro se entiende otra cosa: es un espejo donde el puerto se mira y se reconoce.
Mazatlán abrió su Carnaval 2026 no como quien inaugura una agenda, sino como quien afirma una identidad.
La fiesta aquí no se contempla.
Se habita.
* Dramaturga del Cantábrico | Especial para Paralelo 23
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