San Valentín entre llovizna y tambora

Crónica exageradamente dulce del Cantábrico al Pacífico

Por Margarita Ebanogorrea*

En Pamplona el amor llega con paraguas compartido.

En Mazatlán, con cerveza fría y el viento del malecón despeinando promesas.

Pero en ambos lugares ocurre lo mismo: alguien camina más despacio porque no quiere que la noche termine.

San Valentín en el norte huele a tierra mojada, a pan caliente, a lana húmeda junto al radiador. El cielo suele estar gris, teatral, casi literario. Las parejas se refugian en cafés donde el cristal se empaña y el chocolate dibuja corazones involuntarios.

En Mazatlán, en cambio, el 14 de febrero huele a sal, a coco bronceador anticipado, a camarón que chisporrotea en mantequilla. El sol no se esconde: se luce. Y el amor no se susurra… se canta.

Si en el Cantábrico el beso ocurre bajo lluvia fina, en el Pacífico sucede bajo tambora.

Una banda improvisada puede aparecer en cualquier esquina del Centro Histórico. Los metales suben como declaración pública. La tuba no conoce discreción. El clarinete no sabe de timidez. Aquí el amor no se protege del frío: se expone al calor.

Y aun así —o quizá por eso— sigue siendo el mismo.

He visto en Pamplona a hombres de manos ásperas comprar tulipanes con torpeza adolescente. He visto en Mazatlán a pescadores de mirada curtida sostener un ramo de rosas como si cargaran porcelana.

He visto en el norte brindis de sidra en mesas pequeñas, con dos copas apenas tocándose.

He visto en el sur dos latas de cerveza Pacífico chocando frente al mar mientras el atardecer incendia el horizonte.

En ambos casos, el gesto es idéntico:

Estoy aquí contigo”.

El amor cantábrico es novela lenta. Se escribe con bufanda, paciencia y silencio. El amor mazatleco es crónica con banda sonora. Se escribe con salitre, carcajada y promesa repetida.

Pero los dos comparten algo esencial:

la necesidad de excusa.

San Valentín puede ser comercial, importado, exagerado. ¿Y qué?

Las fechas sirven para decir lo que dejamos pendiente. Para escribir un nombre en una tarjeta. Para caminar un poco más lento bajo lluvia o bajo sol. Para sostener una mano aunque no haga frío.

En Pamplona, esta noche, alguien besará bajo un balcón húmedo mientras el Cantábrico golpea la costa con paciencia milenaria.

En Mazatlán, alguien se detendrá frente al mar, con la camisa abierta al viento, mientras una tambora insiste en que el amor no debe susurrarse… debe celebrarse.

Y si es cursi, que lo sea.

Que el azúcar empape el café.

Que la espuma dibuje corazones exagerados.

Que la cerveza esté fría y la sidra burbujeante.

Que el beso llegue antes de que termine la canción.

Porque lo verdaderamente ridículo no es celebrar el amor.

Es dejarlo pasar por timidez.

Y en el norte o en el trópico, bajo lluvia fina o bajo sol descarado, alguien siempre está esperando que alguien se quede.

Brindemos por eso.

Con paraguas…

* Margarita Ebanogorrea, dramaturga del país Vasco