Cónica de Esteban Flores | Baile de Fantasía 1900

NOTA DEL EDITOR:

En 1996, a dos años de cimentarse el primer centenario del Carnaval de Mazatlán (1898–1998), Paralelo 23 recuperó esta crónica firmada por Esteban Flores, Director de El Correo de la Tarde, como parte de un esfuerzo por reconstruir la memoria festiva del puerto.

La pieza —publicada originalmente a inicios del siglo XX— no sólo documenta el esplendor social del carnaval de 1900, sino que revela el lenguaje, las aspiraciones culturales y el imaginario cosmopolita de una Mazatlán que se sabía puerto abierto al mundo.

Esta transcripción forma parte de nuestra Serie Centenario 1898–1998, disponible en paralelo-23.com, donde exploramos el primer siglo del Carnaval con documentos, imágenes y crónicas originales. (Paralelo 23, edición especial 1996).

“Este baile fue, en nuestro concepto, la nota sobresaliente de los festejos del carnaval. Los corredores del Casino fueron convertidos en un hermoso salón decorado con guirnaldas de flores, en forma de artísticos lazos y coronas, espejos, banderas y máscaras. Las concurrencias fueron tan numerosas que llenó por completo todos los departamentos del casino y se tuvo que poner doble fila de asientos para las familias invitadas. A las once de la noche, ya estaban reunidas todas las personas que vistieron de fantasía. Haremos una reseña de los trajes: Rosalía Levín lucía una espléndida veste de Hija del Faraón. Era el fragmento de un celaje escarchado de plata, que lucía esculturales las formas de su dueña, esa hermosura soberana, en que el color y la línea han hecho derroche de seducciones. Celia Retes vestía de aldeana romana y su traje, primorosamente acabado, daba mayor realce a su belleza apacible y casta. Oh tú, caballero del misterioso andar que cruzas la serena onda del lago en que buscas de un ideal sublime, acerca a la playa tu poética navecilla, que pliegue sus alas el cisne blanco, llega Lohengrin, y dobla rodilla ante la mágica beldad de tu prometida, de esa divina Elsa (Catalina Koerdell) para cuyas sienes se han hecho todas las coronas. Una guitarra cruzaba el salón cautivando corazones y conquistando afectos: María Bustamante, hermosa niña de mirar serenamente encantador, trasunto real de la fantasía hugoniana de Esmeralda. Entre los trajes más apropiados debemos citar los de las bellas señoritas Laura Hidalgo, María y Emilia Ferreira y Virginia Muro, representando las cuatro estaciones. Romana de la Peña vestía de Cleopatra. Su lujoso traje llamaba la atención de los inteligentes por sus semejanzas, hasta en los menores detalles, con el modelo que nos pinta la leyenda. Romanita tenía toda la distinción y la majestad del personaje que representaba. Aurelia Cardinault era una espiritual marquesa, escapada de la corte del Rey Luis XIV para venir a evocar en las memorias la vestal de pastora;”

“Imposible sería consignar en esta crónica los nombres de todas las personas que concurrieron a la fiesta, imposibilidad que se comprenderá fácilmente si se tiene en cuenta que había reunidas en el local más de 500 personas.

Honró también con su presencia el señor Gobernador del estado quien permaneció hasta horas avanzadas de la noche. Poco después de las 12 el conocido fotógrafo Donnel sacó varias negativas haciendo uso de la luz de magnesio.”

“¡Pero qué pastora más linda! Bajo las alas del blanco sombrero que cubría su cabeza simulando su cabellera oscura, su dulce faz resplandecía iluminada por la radiación. Pastora es una flor que oculta su belleza en su modestia para que no llegue a ella las miradas de la admiración.

Las trágicas leyendas de Shakespeare tuvieron digna remembranza en el suntuoso festival. Vimos a Desdémona encarnada en Elvira Rivas, cuyo rostro de inmaculada blancura, circulado por la abundosa y blonda cabellera, hacía más interesante el tipo que representaba. Hortensia Paredes llevaba el traje de Julieta Capuleto y Marina Cardinault el de la dulce Ofelia.

Rosario Shober surgió del mundo halagador de la quimera convertida en hada, en risueña maga auguradora de las venturas; Concha Shober, una espiritual diablesa, hizo caer en tentación a muchos admiradores que no pudieron menos que rendirle homenaje.

Se destaca entre todos la Soberana del carnaval, S.M. Wilfrida Farmer con su rico traje de Catalina Médicis. Los jóvenes que concurrieron vestidos con trajes de fantasía, son los siguientes:

José Luis Reynaud y Jorge Hidalgo de Increíbles, Eugenio Hidalgo de Dido Calabrés, Benjamín Retes de Mefistófeles, Genaro Norris de Rey Lorde, J.C. Jesse de cazador antiguo, José Antonio Gaxiola de cortesano de Luis XIV. Genaro Farber de Pierrot, Miguel Esquerro de Payaso, Antonio Híjar de Príncipe Chantuy, Enrique Rousse y Josefina de Cima de etiqueta inglesa, Ignacio L. Portillo de diplomático mexicano; Miguel Esquerra, payaso; Guillermo O’Con, diablo; Daniel Shober, comendador; Gustavo Padrón, alférez de lanceros del Rey; Jesús Escobar, Frégoli; Fernando Montaño, capricho; Cecilio O’Con, etiqueta; Alfredo Esquerra, Cervantes; Alfredo Gorosiza, tipo jerezano; Rafael Oropeza, payaso; Bernardo González, payaso; Ignacio Galván, payaso; Manuel L. Rodríguez, Pierrot; Federico Unger, caballero de la Edad Media; Enrique Cullinan y Enrique Hagens, Lansquenetes; Alfonso Meléndez, turco.

S.M. Wilfrida Farmer

Visieron también de fantasía Lucas Anaya, Antonio de León y los jóvenes Bermúdez.

“Imposible sería consignar en esta crónica los nombres de todas las personas que concurrieron a la fiesta, imposibilidad que se comprenderá fácilmente si se tiene en cuenta que había reunidas en el local más de 500 personas.

Honró también con su presencia el señor Gobernador del estado quien permaneció hasta horas avanzadas de la noche. Poco después de las 12 el conocido fotógrafo Donnel sacó varias negativas haciendo uso de la luz de magnesio.”

Nota contextual

La luz de magnesio: el relámpago químico del Carnaval de 1900

Cuando Esteban Flores menciona que el fotógrafo Donnel “sacó varias negativas haciendo uso de la luz de magnesio”, está registrando un detalle técnico extraordinario para la época.

A finales del siglo XIX y principios del XX, la fotografía nocturna dependía de un recurso casi teatral: la combustión de polvo o cinta de magnesio. Al encenderse, el magnesio producía un destello intensísimo, blanco y breve, capaz de iluminar grandes salones durante una fracción de segundo. Era, literalmente, un relámpago químico.

El procedimiento implicaba riesgo. El fotógrafo debía preparar la mezcla en una pequeña bandeja o dispositivo especial y prenderla en el momento exacto de la exposición. El fogonazo generaba humo espeso y un olor metálico característico. Después del destello, el salón quedaba envuelto en una nube blanca mientras el operador protegía la placa fotográfica de vidrio.

Que en el Carnaval de Mazatlán de 1900 se utilizaran estas técnicas habla de un puerto moderno, conectado con avances tecnológicos europeos y estadounidenses. No era sólo una fiesta: era también un escenario donde la modernidad hacía su aparición con chispas, humo y memoria fija en negativo.

En términos históricos, ese fogonazo de magnesio no sólo iluminó los trajes de fantasía; iluminó también la transición de Mazatlán hacia el siglo XX.