OPINIÓN

Observatorio | Vida nada me debes

No soy hombre de arrepentimientos ni rencores. A veces, en noches largas, me pregunto: ¿valió la pena el viaje, qué cambiaría de mi vida?

Mazatlán, Sinaloa | 21 abril 2026 9: PM | Mario Martini

Tal vez un par de cosas que no resultaron afortunadas; pero, sin duda, volvería a cabalgar sobre verdes pastos, escanciaría vino con la misma gente, cantaría las canciones de siempre, yacería en el regazo de mujeres maternales y, en mi tiempo libre, hurgaría en los rincones de la vida para descubrir historias fascinantes.

Es verdad. Por un tiempo largo fui por la vida repitiendo a don César Vallejo:

…Yo nací un día que Dios estuvo enfermo, grave…”

.En cada despedida, después de extenuantes jornadas sin rumbo y sin fe, repetí a Ricardo Güiraldes hasta la obsesión:

…Me fui como quien se desangra…”

Pero hoy, al comenzar el tercer tiempo -ese del que habla mi admirada Jane-, entiendo con claridad a don Amado Nervo:

Vida, nada me debes; vida, estamos en paz…”

Y antes de dormir, ignorando si volveré a ver el sol o el rayo verde, recuerdo a Neruda: “confieso que he vivido…” Y remato con una paráfrasis de Nervo: “…y también fui amado; vida, estamos a mano…”. No cargo penas en el alma. Y en el entretiempo canto a Castro:

  • …Qué debo hacer, vida mía:
    no hay solución, no la encuentro;
    solo me queda el consuelo
    de llorar por dentro.

Me levanté temprano para recoger los resultados en el laboratorio del químico Benítez, que cada seis meses revisaba mis niveles (hasta antes de ser el presidente municipal de la historia de Mazatlán) . Iba prevenido: el análisis de antígeno prostático llevaba años rondándome la cabeza. Me armé de valor para el encuentro con el urólogo. No por molestias ni síntomas -tampoco por evocar versos sobre la vejez, sino porque en la ruleta de la vida algunos amigos cercanos ya habían sido diagnosticados, y porque en la mía mis padres sacaron el premio mayor: una metástasis devastadora y dolorosa en el sistema nervioso central y otra, fulminante, en el estómago. La herencia genética acecha.

En el trayecto, de mi chalet de Olas Altas a la Plazuela Zaragoza, recordé conversaciones con mi querido amigo Miguel “Mike” Mazemín Coppel, uno de los diagnosticados, a quien yo presionaba —con mi necia convicción de testigo de Jehová laico— para que aceptara la extirpación de todo el aparato reproductivo con la promesa de ganar quince o veinte años más de vida.

“Si María Luisa me trae Lázaro porque vuela la mosca, no me baja de viejo pendejo, necio, ideático, Coppel de segunda… Imagínate sin tiliche… No, Marito, olvídate que me lo quite… Me iré entero…”, razonaba con decisión. Y entero se fue.

En efecto, durante la larga convivencia en pareja se van fermentando agravios que la memoria no alcanza a disipar. Los muchos años del trato continuado mantienen vivos rencores que, en la vejez, saltan implacables al terreno del juego conyugal. Mike, quijotesco promotor de Mazatlán e incansable impulsor de la pesca deportiva, tenía razón a medias.

Mario González Ibarra, tío querido, hizo larga vida con la hermana menor de un ramillete de guapas jovencitas que desplazó a la mayor —el “target”, dirían hoy los milenials— desde la primera mirada. Tuvieron una bola de hijos y sostuvieron una relación complicada que, a pesar de todo, supo navegar con buen humor, humildad y una paciencia que también es una forma de amor.

Antes de llegar al consultorio redacté mentalmente —como ocurre con los buenos reportajes— una carta a mis amigos, pero sobre todo a mis enemigos, por si llegaba a tomar la decisión de aceptar la operación jarocha. En ella explicaba el motivo fundamental: el profundo amor por mis hijos y la necesidad de una prórroga para seguirlos conduciendo por los traperos caminos de la vida.

Cuando supe del cáncer de próstata, no vacilé en desmontar toda la artillería: “ahora orino como vieja”, me confié con ironía. La quise y la admiré más que nunca.

En una de las muchas corridas de su casa, don Mario —ya cerca de los cincuenta— se incorporó de tiempo completo al grupo de jóvenes que cabalgaba sin rienda a fines de los sesenta. Bajo su dirección hicimos expediciones punitivas a la zona de tolerancia de Pachuca cuando aún no cumplíamos los dieciocho; condujo recorridos épicos por el paradisíaco puerto de Acapulco; fumó marihuana en sesiones de rock y luz negra; fue confesor discreto de alguna que otra compañera que gravitaba alrededor de la troupe rocanrolera de The Illusion y Three Peoples, que rifaban en Tlatelolco, San Simón, Santa María, San Rafael, Lindavista, Peralvillo, Pro Hogar, Guerrero y anexas. Nos enseñó a bailar danzón y a jugar póker, herramientas de una educación integral. Fue inspiración paternal de comprensión y consejo para una generación rebelde y libertaria.

Así llegué al veredicto íntimo: entre el miedo y la lucidez, entre la biología y la memoria, uno aprende que la vida no se negocia con grandilocuencias, sino con decisiones concretas. Y que, a veces, salvar lo esencial exige desprenderse de lo accesorio.

Porque, al final, de eso se trata este tercer tiempo: de seguir en la partida, aun si el violín cambia de tono.

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