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Los Berdegué: herencia, cercanía, ruptura y poder

  • La cuarta transformación o 4T, pero particularmente el grupo que encabeza la presidenta Claudia Sheimbaum, reactivó el anhelo de Julio Berdegué Aznar, quien soñó que algún día sería posible fusionar en uno solo los poderes político y económico para, desde esa cúspide, controlarlo todo. Su primogénito, Julio Berdegué Sacristán, dio aliento a la posibilidad de un legado con la segunda oportunidad que le brindó la coyuntura para escalar al tercer piso del palacio de gobierno de Sinaloa.

Mazatlán, Sinaloa | 24 agosto 2026 | Mario Martini | P23

Durante buena parte de los siglos XIX y XX, Mazatlán fue un enclave donde el poder económico y el político caminaron tomados de la mano en la misma dirección. La clase empresarial no solo producía riqueza, también influía de manera definitiva en la designación de autoridades estatales y municipales.

Desde finales del siglo XIX y hasta los años ochenta, los presidentes municipales surgían de ese círculo o de la Cámara de Comercio. Eran perfiles cercanos, “defactores” (gerentes) les llamaban, confiables, alineados a los intereses de un grupo que entendía el poder como extensión natural de las empresas.

En ese contexto se inscribe la figura de Julio Berdegué Aznar, empresario pesquero que alcanzó un lugar central en la economía del Pacífico mexicano.

Su influencia no se limitó a la actividad productiva. Formó parte de una generación que incidió en decisiones públicas y que asumió un papel activo en la definición del rumbo local. Cuando el control de las candidaturas regresó al PRI, Berdegué fue uno de los críticos más visibles de aquel reacomodo. Su postura fue firme directa y constante.

Los dioses del Olimpo nos han castigado”, decía al conocer el nombre del candidato priista (o panista)

Largo trayecto

De acuerdo con la semblanza no autorizada, publicada en el libro La Patria Íntima de Mario Martini, el trayecto de los Berdegué-Sacristán fue épico:

La guerra los expulsó de España y los arrojó, siendo niño, a los campos de concentración en Francia. De ahí, con su familia y miles de refugiados más, encontró en México un punto de partida. Nunca olvidó que su vida comenzó de nuevo en un país que no era el suyo, pero que decidió hacerlo propio.

Estudio biología marina en El Instituto Politécnico Nacional, donde refrendó su devoción y gratitud por Lázaro Cárdenas

En el corazón del fraccionamiento El Cid, desarrollado por la familia Berdegué, el circuito principal lleva su nombre y remata en un busto del general. No es un gesto ornamental, es una declaración permanente de origen y lealtad.

España-Francia-Morelia-CdMx-Escuinapa

Su historia en Sinaloa comienza en Escuinapa, en la empacadora de camarón del gobierno federal. Ahí se asentó profesionalmente y ahí nació su primer hijo: Julio Berdegué Sacristán.

El entorno era el del trabajo operativo, la industria en formación, el contacto directo con la materia prima y con una economía que apenas consolidaba sus cadenas de valor. Ese origen marcaría el desarrollo posterior de su trayectoria empresarial.

Con el tiempo, Berdegué Aznar construyó uno de los complejos pesqueros más importantes del país. Expandió operaciones, integró procesos y posicionó su actividad camaronera en mercados internacionales.

Su nombre quedó asociado a una etapa de crecimiento sostenido del sector. También a una forma de hacer empresa con fuerte presencia pública y con disposición a confrontar decisiones gubernamentales cuando las consideraba adversas a sus intereses.

Mientras ese proceso se consolidaba, su hijo Julio tomó una ruta totalmente distinta. Fue el único de los tres hermanos que no permaneció bajo el ala del negocio familiar. Fernando y Carlos continuaron en la estructura empresarial de la familia, mientras el mayor de los tres eligió construir un camino propio, alejado de la operación directa de las empresas. La decisión implicó distancia, pero también definió un perfil distinto desde etapas tempranas.

Expulsión del camarón y giro al turismo

Cuando el padre alcanzaba su punto más alto como empresario pesquero en el Pacífico, el hijo ya se desarrollaba en otro ámbito, orientado hacia la formación académica, el análisis y el diseño de políticas públicas. Fue una separación clara respecto al origen empresarial o tal vez premonitoria sobre lo que vendría.

julio Berdegué Aznar, hotelero.

La decisión del gobierno de excluir a la iniciativa privada de la captura de camarón en 1972 redefinió su trayectoria. Lejos de retirarse, Berdegué transformó el golpe en oportunidad y volcó su inversión al turismo. Así comenzó el desarrollo de El Cid, uno de los complejos que marcaron el crecimiento de Mazatlán” (La Patria Íntima/MM)

  • La historia completa de Julio Berdegué Aznar, de la guerra civil en España al desarrollo turístico de Mazatlán, a la posibilidad de instalarse por segunda vez en la silla más importante dal gobierno de Sinaloa.

La comparación entre ambos no puede ser lineal, pero sí reveladora. Berdegué Aznar ejerció influencia desde el poder económico en un momento en que ese poder tenía capacidad directa de incidir en la política local. Su hijo ha construido presencia desde el ámbito técnico y ha transitado hacia la esfera pública por una puerta distinta. No hay continuidad en el método, aunque sí en la determinación.

Hoy, ese trayecto individual coloca al hijo -por segunda ocasión en el lapso de unos cuantos meses- en una posición inédita dentro de la historia familiar. Está nuevamente en la antesala de asumir la gubernatura de Sinaloa que él se ha adelantado a descartar.

Llega a esta posición por un proceso propio, desvinculado desde hace años de los negocios que dieron origen al apellido en la entidad, pero en una coyuntura de cisma político entre las facciones al interior del partido Morena. Su perfil, en este escenario, responde a otra lógica de formación y de inserción en la vida pública. Y aunque es la mejor carta del grupo presidencial, la situación de Sinaloa lo aleja de manera instintiva del poder político.

La historia de los Julios permite observar el cambio de época. De un modelo donde la empresa definía candidaturas y decisiones políticas, a otro donde el acceso al poder se construye desde trayectorias técnicas, estructuras institucionales, lealtades, rupturas y traiciones.

En ese tránsito, la figura de Berdegué Aznar permanece como referencia de una etapa, mientras que la de su hijo representa la adaptación a un contexto en llamas.

No se trata de una sucesión, sino de una transición. Padre e hijo comparten origen, pero no caminos. Uno consolidó el poder desde la empresa en un entorno donde esa influencia era determinante. El otro ha llegado al umbral del poder político a partir de una trayectoria independiente, detrás de bambalinas, construyendo los hilos del titiritero. En esa diferencia se explica buena parte del momento actual.

Julio Berdegué Sacristán: del campo al centro del poder

En un país donde el campo ha sido históricamente relegado a la retórica política, la figura de Julio Berdegué Sacristán emerge como una excepción: un técnico con peso internacional que ha logrado insertar la agenda rural en los más altos niveles de decisión pública.

Ingeniero agrónomo de formación, no es un político tradicional. Su trayectoria se ha construido en la intersección entre la investigación, la política pública y los organismos multilaterales. Durante años, fue una de las voces más influyentes en América Latina en temas de desarrollo rural, desigualdad territorial y seguridad alimentaria, particularmente desde el Centro Latinoamericano para el Desarrollo Rural (RIMISP), institución que dirigió y desde la cual impulsó un enfoque que rompía con la visión asistencialista del campo.

Su apuesta ha sido clara: entender el desarrollo rural no como un problema sectorial, sino como un fenómeno estructural vinculado a la pobreza, la desigualdad y la falta de oportunidades en los territorios. Bajo esa lógica, promovió políticas basadas en evidencia, con énfasis en productividad, inclusión y sostenibilidad.

El reconocimiento internacional no tardó en llegar. Su trabajo lo llevó a colaborar estrechamente con organismos como la FAO, donde consolidó una visión regional sobre los sistemas agroalimentarios, en momentos en que América Latina enfrentaba tensiones entre crecimiento agrícola, cambio climático y seguridad alimentaria.

Sin embargo, su llegada al centro del poder en México marcó un punto de inflexión. Pasar del diseño de políticas a su ejecución implica no solo conocimiento técnico, sino capacidad política. Y ahí es donde su perfil enfrentó el mayor desafío: traducir diagnósticos complejos en decisiones concretas dentro de un entorno marcado por presiones sociales, intereses económicos y urgencias presupuestales.

Berdegué representa, en ese sentido, una apuesta poco común: la de incorporar perfiles técnicos de alto nivel en un ámbito donde suele predominar la lógica política. Su desempeño, no solo por la solidez de sus ideas, sino por su capacidad para operar dentro de un sistema que rara vez concede tiempo para la gradualidad, se estrelló contra un muro infranqueable: la práctica, a veces soez e indolente, de la política (a la) mexicana.

En un país atravesado por la desigualdad territorial, el reto es mayúsculo. El campo mexicano no solo demanda productividad, sino justicia social, resiliencia climática y acceso real a mercados.

Un perfil como el de Julio suena bien, pero Sinaloa no está más para programas, evaluaciones o reuniones técnicas de planeación. Le urge un político de polendas que pacifique lo que algunas llaman el caldero del diablo. Y Julio, así sea una de las pocas cartas bajo la manga de Sheimbaum, no es quien pueda remendar la profunda abierta por el regreso y salida de Rubén Rocha Moya.

El anhelo de Julio Berdegué Aznar tendrá que esperar.

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