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Hijos del Poder | La austeridad como escenografía | Parte I

Sinaloa | 13 mayo 2026 | Por Valentina Ramírez | Parte I

Andrés Manuel López Obrador entendió antes que muchos que en política no basta con gobernar: había que construir un personaje y un mito que perduraran por lo menos dos sexenios.

El suyo fue el del hombre sobrio, casi asceta, franciscano, inmune a las tentaciones del poder y del mundo. El lider que convirtió la austeridad en virtud, credencial moral y dardo envenenado contra el lujo. Durante años fue dando forma a este evangelio político: un líder que viajaba en auto compacto, desconfiaba de la opulencia y hablaba con desprecio de las élites económicas que, según su diagnóstico, habían secuestrado al país. No estaba equivocado: lo escuchaba una audiencia cautiva de por lo menos 50 millones de fieles dispuestos a seguirlo hasta la ignominia. Así, la caracterización del “salvador” fue eficaz porque se mimetizó como uno más de esa marabunta de pobres hartos de la desigualdad promovida por los gobiernos revolucionarios.

Después de décadas de presidentes asociados al  exceso, familias llenas de privilegios y juniors que los heredaban como si fueran bienes inmuebles, el mensaje encontró terreno fértil. México estaba fatigado de una clase política que parecía vivir en una dimensión paralela. La promesa de austeridad no era solo una propuesta administrativa. era una revancha emocional y la ruta hacia el rito.

La Cuarta Transformación se presentó como una poda mayor del viejo bosque de privilegios. Se acabarían los abusos, las frivolidades del poder y esa vieja aristocracia política que veía el presupuesto público como extensión del patrimonio familiar. La escenografía estaba bien montada.

Solo que el poder mexicano tiene una vieja costumbre: cambia de discurso con notable facilidad, pero rara vez abandona sus hábitos escondidos cuando está en la cima del poder.

Los Juniors

Los hijos del presidencialismo mexicano fueron durante décadas una caricatura del privilegio. Apellidos que abrían puertas sin tocar, trayectorias lubricadas por el parentesco, influencias que se movían con la discreción de quienes jamás necesitaban pedir favores porque el sistema ya trabajaba para ellos, negocios a la medida.

Los Díaz Ordaz -que simularon navegar sobre aguas de austeridad, heredadas por Ruiz Cortines- rompieron con el bajo perfil de la vida íntima presidencial. Desde el padre con sus relaciones prohibidas hasta el primogénito, inicio y retorno de los desenfrenos rocanroleros de la época. Luego conocimos las frivolidades de López Portillo y Peña Nieto que fueron zanjando el camino hacia el mito redentor: “Morena es el camino”.

Pero el tiempo tiene una virtud brutal: tarde o temprano regresar a cobrar facturas. Porque mientras desde Palacio, López Obrador condenaba el “aspiracionismo”, arremetía contra la élite neoliberal y las universidades privadas como fábricas de una casta privilegiada, alrededor del nuevo poder empezó a dibujarse un paisaje menos austero que el de los discursos.

No se trata de criminalizar a hijos por llevar el apellido correcto. Porque si un proyecto político denuncia privilegios estructurales, pero sus entornos íntimos reproducen los mismos patrones de acceso, la contradicción deja de ser anecdótica y se vuelve práctica política y ahí es donde aparece el corazón de esta historia.

Mientras millones de familias mexicanas sobreviven dentro de un sistema educativo público que acumula rezagos, infraestructura precaria y resultados persistentemente mediocres en evaluaciones internacionales, una parte de la élite gobernante parece haber encontrado rutas bastante más cómoda para su descendencia: hasta una embajada en Europa a disposición del ministro de Relaciones Exteriores para hospedar a su hijo.

México ante el mundo

La OCDE lleva años publicando el tamaño del problema. Mientras países como Corea del Sur convirtieron la educación en política de Estado, disciplina nacional y plataforma de competitividad global, México sigue administrando el rezago con una mezcla de retórica ideológica, ocurrencias burocráticas y reformas que cambian de nombre con puntualidad sexenal.

  • En la prueba PISA 2022, México obtuvo 126 puntos menos que Japón, el país mejor evaluado.
  • México es el tercer país peor evaluado de la OCDE en Matemáticas y Comprensión Lectora, y el país con el peor puntaje en Ciencia. 
  • En Matemáticas, México retrocedió a niveles similares a los de 2003.

Si la educación fuera una carrera náutica, Corea del Sur enviaría a sus estudiantes en embarcaciones de alta competencia fabricadas con materiales de alta tecnología, navegación satelital y potentes motores de última generación. México, en cambio, suele subir a los suyos a una trajinera remendada, que hace agua por todos lados, donde cada secretario promete cambiar el rumbo para dejar todo igual o…peor.

Y en ese contexto cobra otra dimensión revisar dónde estudian -o estudiaron- los hijos del poder que prometió redención franciscana. Porque es probable que la austeridad nunca fue una política cultural del régimen sino una extraordinaria pieza de utilería electoral que dio vida al personaje y al mito.

Este ESPECIAL P23 no trata sobre hijos incómodos. Trata sobre privilegios familiares de quienes prometieron acabar con los excesos del neoliberalismo y terminaron sucumbiendo ante las veleidades del poder absoluto con impunidad absoluta.

CONTINUARÁ.