OBSERVATORIO

Observatorio | Bailando con garotas | Mario Martini

Mazatlán, Sinaloa | 11 de junio de 2026 | Mario Martini | Paralelo 23

Te guste o no el fútbol, asistir a un Mundial es una experiencia religiosa. En sus tribunas convergen idiomas, etnias y tribus de todos los rincones del planeta, unidas por un deporte que ha logrado construir puentes donde la política ha fracasado. El balón hace lo que los gobiernos no pueden: reunir a millones en paz bajo una misma emoción.

En el Mundial de 1970, el primero organizado por México, me tocó cubrirlo como reportero de La Afición, decano de la prensa deportiva nacional bajo la firme dirección de don Toño Andere. Sin internet, sin teléfonos inteligentes y sin redes sociales, la fiesta ocurría en las calles. Bailar en las tribunas o en la Zona Rosa con impresionantes garotas brasileñas era lo más parecido a la aldea global que hoy está al alcance de un link.

Para un joven que apenas cumplía 18 años, aquella fue una experiencia que rozó lo divino. Los mexicanos de entonces fuimos los mejores brasileños del mundo. Devotos de San Pelé, el más grande futbolista que haya pisado una cancha.

Hoy, 56 años después, regreso como espectador a la inauguración del Mundial 2026. Lo hago con la mirada de un ciudadano que observa por televisión a un país atravesado por protestas sociales, tensiones políticas y una creciente percepción de desgaste institucional. Un gobierno encabezado por la primera mujer presidenta de la República, Claudia Sheinbaum, enfrenta presiones simultáneas provenientes de la inseguridad interna, acusaciones de narco gobierno y de una compleja relación con Donald Trump.

Viendo las transmisiones, la primera impresión que me queda es que el pueblo mexicano volverá a salvar el espectáculo. A pesar de la improvisación organizativa, la irritación social acumulada y los desacuerdos políticos, la gente salió a ocupar plazas, calles y espacios públicos con una natural vocación festiva. Como ocurrió tras los terremotos de 1985, cuando la sociedad reaccionó antes que las instituciones, los ciudadanos parecen decididos a apropiarse de la fiesta mundialista.

Las transmisiones televisivas mostraron un país en celebración. Poco o nada se vio en televisión de las manifestaciones anunciadas, ni de los reclamos de los maestros de la CNTE ni de las protestas de madres buscadoras que han ocupado espacios relevantes de la conversación pública durante los últimos meses. La imagen proyectada fue la de una normalidad cuidadosamente administrada. Sin embargo, la realidad mexicana, tarde o temprano, se abre paso por sus propias rendijas.

El Mundial de México 1970 permanece como una referencia imposible de ignorar. Fue el torneo que transformó para siempre al fútbol moderno. La televisión a color convirtió cada partido en un espectáculo planetario. Debutaron las tarjetas amarillas y rojas, las sustituciones reglamentarias y el legendario balón Telstar de Adidas. También nació Juanito, la mascota más recordada de los mundiales.

Aquel torneo produjo momentos inmortales. La semifinal entre Italia y Alemania Federal sigue siendo considerada “El Partido del Siglo”. La atajada imposible de Gordon Banks a un cabezazo de Pelé permanece como una de las imágenes más extraordinarias del deporte. Y la final entre Brasil e Italia terminó por consagrar al mejor equipo que muchos han visto jugar.

México fue entonces anfitrión de una celebración optimista. El país vivía otras tensiones, pero conservaba una narrativa de futuro. Hoy la realidad es distinta. La fiesta vuelve, pero llega acompañada de dudas económicas, inseguridad persistente, polarización política y un creciente desencanto ciudadano.

Sobre el México de 2026 gravita la vieja sentencia romana del poeta Juvenal de hace casi dos mil años: pan y circo. Con ella describía a una ciudadanía distraída con espectáculos mientras los asuntos fundamentales del poder seguían su curso. La frase puede resultar injusta para millones de aficionados honestos, pero también funciona como una advertencia para una nación que intenta sobrevivir entre la violencia, la incertidumbre económica y la polarización política.

Sin embargo, hay algo más profundo detrás de esta pasión colectiva. A este país desangrado le hace falta una alegría compartida. Un motivo para creer que todavía es posible ganar algo importante. Durante décadas los mexicanos hemos depositado en once jugadores una esperanza que rebasa por mucho al fútbol. No se trata únicamente de levantar una copa. Se trata de seguir soñando que algún día las cosas estarán mejor.

Quizá por eso los mundiales siguen siendo acontecimientos extraordinarios. Porque durante noventa minutos millones de personas olvidan quién gobierna, cuánto deben, qué desaparecido siguen buscando o qué problema los espera al salir del estadio. El balón ofrece una tregua emocional que ningún político ha sabido construir.

Mientras tanto, allá abajo, en la cancha, once muchachos persiguen una pelota. Y detrás de ellos corre un país entero buscando una pequeña victoria contra la realidad.

Y porque, al final, siempre aparece una garota bailando en algún rincón de la memoria.

Saludos cordiales

MM

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