La lección que Sinaloa no debería olvidar: más música, menos armas
• En la Isla de la Piedra, la música se ha convertido en refugio, oficio y esperanza para decenas de jóvenes que encontraron en una banda sinaloense una alternativa de vida
Mazatlán, Sinaloa | 26 junio 2026 | Redacción P23
En los espacios culturales de Sinaloa circula desde hace años una frase que resume una verdad sencilla pero poderosa:
Quien pulsa un instrumento, difícilmente empuñará un cuerno de chivo”.
No aparece en ningún libro ni forma parte de los programas oficiales de prevención del delito, pero basta escuchar las historias de Juan Darío Sánchez y Brian Alejandro Baltazar para entender por qué muchos la consideran una ley no escrita de la comunidad.
La música llegó a la vida de Juan Darío cuando apenas tenía once años. Primero fue una flauta regalada. Después vinieron las horas de ensayo, la curiosidad de aprender por cuenta propia y la admiración por un primo que tocaba teclado y piano.
Más tarde apareció un personaje clave en su historia: El Ñaca, quien le consiguió un clarinete por apenas doscientos pesos. Era un instrumento viejo, remendado y caprichoso. Durante los ensayos las piezas se desprendían constantemente. Juan Darío las recogía, las acomodaba de nuevo y seguía tocando. Nunca dejó de hacerlo.
Con aquel clarinete maltrecho comenzó una trayectoria que hoy suma más de dieciséis años de trabajo musical. A sus 27 años se desempeña como saxofonista solista en bodas, quinceañeras y eventos sociales, además de haber formado parte de agrupaciones reconocidas como Estrellas de Sinaloa de Germán Lizárraga, donde inició profesionalmente siendo apenas un adolescente.
Jamás renuncié a mis sueños”, resume.
La historia de Brian Alejandro guarda similitudes.
En su caso, la música también apareció en medio de limitaciones económicas. Los instrumentos que utilizaba no eran propios; sus maestros, Santiago Rosas y Ricardo Díaz, se los prestaban para que pudiera practicar. Aquellos préstamos terminaron convirtiéndose en oportunidades.
Con disciplina y perseverancia, Brian logró abrirse camino en diversas bandas locales, encontrando en la música no sólo una vocación, sino una herramienta para construir un proyecto de vida.
Hoy, cuando mira hacia atrás, entiende que aquel clarinete fue mucho más que un instrumento: fue una puerta.
Refugio frente a tentaciones
En una época donde las pantallas ocupan gran parte del tiempo de niñas, niños y adolescentes, los talleres de música del Centro Municipal de las Artes en la Isla de la Piedra representan algo más profundo que clases de solfeo o práctica instrumental.
Son espacios de convivencia, disciplina y pertenencia. Lugares donde los jóvenes aprenden que la constancia también tiene ritmo.
Juan Darío lo explica con la sencillez de quien ha vivido la experiencia.
Que vengan a los talleres. Es mejor aprovechar el tiempo aprendiendo música que pasar horas en el celular. La música puede cambiar vidas”, afirma.
Y quizá tenga razón.
Porque detrás de cada saxofón, clarinete o trompeta que suena en una banda sinaloense hay historias de esfuerzo, familias que hicieron sacrificios para comprar un instrumento, maestros que prestaron equipo cuando no había dinero y jóvenes que eligieron un escenario en lugar de una esquina.
La otra escuela
En Sinaloa suele hablarse mucho de los riesgos que enfrentan los jóvenes. Menos frecuente es hablar de las oportunidades que logran alejarlos de ellos. La música es una de esas oportunidades.
No garantiza el éxito ni resuelve todos los problemas, pero ofrece algo que muchas veces resulta decisivo: una razón para seguir adelante.
En la Isla de la Piedra, frente al puerto de Mazatlán, cada tarde que un niño toma un clarinete, una trompeta o un saxofón ocurre una pequeña victoria silenciosa que difícilmente aparecerá en las estadísticas, pero que puede cambiar una vida para siempre.
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