Cuando ser chino en Sinaloa se convirtió en delito
• La crisis económica, el nacionalismo y el racismo abrieron paso a una campaña que terminó con cientos de familias expulsadas, negocios confiscados y una de las mayores injusticias de la historia contemporánea del estado.
Mazatlán, Sinaloa | Agosto de 2026 | Mario Martini | Especial P23 | Parte II
La prosperidad alcanzada por la comunidad china terminó despertando el resentimiento de quienes durante décadas -históricamente desde 1828 cuando Mazatlán cobró carácter de puerto de altura– habían dominado el comercio sinaloense.
La Gran Depresión de 1929 en Estados Unidos agravó el desempleo y la crisis económica en México, pero, en lugar de atender sus causas estructurales, los grupos políticos y empresariales de la época encontraron un enemigo conveniente: los inmigrantes chinos que crecían por todas partes y eran muy competitivos en lo que emprendían.
Entre 1900 y 1910 surgieron pocos negocios nuevos en Mazatlán. Sin embargo, durante el periodo revolucionario, comerciantes chinos y judíos -siempre atentos a las oportunidades que ofrecen las crisis- incrementaron de manera geométrica su presencia económica.
Aunque algunos historiadores han minimizado la influencia del comercio chino, entre 1910 y 1940 quedaron registrados oficialmente en Mazatlán establecimientos como Quang Fo Hing y Cía., On Fo Long y Cía., Hon Yuen y Cía., Nam San Chung y Cía., Kane y Sloan, Yuen Yuen Hermanos, Man San Chong y Cía., Hop León y Cía., Arturo y Alfonso Cuan, Antonio San y Hermano y Fo On Fay y Cía. La magnitud de esa presencia explica, en buena medida, la reacción que provocó entre sus competidores, principalmente mexicanos y algunos europeos que los secundaron.
La rivalidad comercial pronto dejó de ser económica, pues en medio de una guerra empresarial soterrada, los comerciantes orientales recurrieron incluso a la ironía. El 27 de julio de 1907, Ramón Kooe abrió un establecimiento de importaciones de lencería y abarrotes al que llamó La Competencia, nombre que fue interpretado como una provocación por comerciantes alemanes, españoles, norteamericanos y nacionales que desde 1846 controlaban la actividad mercantil del puerto.
Como la humedad
El censo del Distrito de Mazatlán levantado en marzo de 1891 ofrece una fotografía reveladora de la composición demográfica del puerto. Sin considerar a la población mexicana, la comunidad china ya figuraba como la tercera colonia extranjera más numerosa, con 19 personas registradas oficialmente, solo por debajo de los españoles (59), estadounidenses (40) y alemanes (34), pero por encima de franceses e italianos (11 cada uno), ingleses (6) y el resto de las nacionalidades presentes. Para una migración que apenas comenzaba a consolidarse, aquella presencia era significativa y anunciaba el papel que desempeñaría pocos años después en la economía regional.
Más que una cifra estadística, el censo anticipaba un cambio profundo en la vida comercial de Mazatlán. En las décadas siguientes, esa pequeña colonia multiplicaría su presencia mediante el trabajo, el ahorro y las redes familiares, hasta convertirse en uno de los motores del comercio local. Paradójicamente, el mismo éxito económico que la llevó a ocupar un lugar protagónico también alimentó el resentimiento de sus competidores y sirvió de pretexto para la campaña de persecución, despojo y expulsión que marcaría una de las páginas más oscuras de la historia de Sinaloa.

Envidia que da tiña
Los comerciantes chinos concentraron entonces la atención de sus poderosos competidores extranjeros, grupos que ya habían demostrado su capacidad de influencia política. De la poderosa Cámara de Comercio, fundada por los vascos Echeguren y de la Quintana, saldrían los gobernantes municipales del puerto durante varias décadas. Aquella ironía de Kooe terminaría cobrándose con intereses desde el poder político.
Con el tiempo, muchos de los espacios comerciales abandonados por los chinos y por empresarios alemanes perseguidos durante la Primera Guerra Mundial fueron ocupados por comerciantes de origen judío, quienes también habían encontrado en Mazatlán un lugar para reconstruir su patrimonio tras la expulsión histórica de Europa. El judío sefardí Isaac Kopel, polón, seria uno de los que ocuparía el espacio dejado por los chinos.
Competencia desleal
Bajo la influencia política del Maximato encabezado por Plutarco Elías Calles comenzaron a multiplicarse en Sonora y Sinaloa los llamados Comités Antichinos. Su discurso sostenía que los comerciantes asiáticos representaban una “competencia desleal”, acaparaban la economía local y desplazaban a los comerciantes mexicanos. La propaganda mezcló argumentos morales y económicos con teorías raciales que hoy serían abiertamente discriminatorias.
El movimiento encontró pronto respaldo en gobiernos estatales y municipales. Se impulsaron leyes que prohibían los matrimonios entre mujeres mexicanas y hombres chinos, restricciones laborales que imponían porcentajes imposibles de contratación de empleados mexicanos y diversas disposiciones administrativas destinadas a provocar la quiebra de pequeños negocios familiares. Lo que comenzó como una campaña política terminó convertido en una verdadera cacería pública de exclusión.
Mazatlán fue uno de los escenarios más dolorosos. Entre 1931 y 1933 numerosas familias fueron obligadas a vender comercios, viviendas y patrimonio por cantidades irrisorias.
En aquella época el sistema bancario aún era incipiente y el acceso al crédito institucional era prácticamente inexistente, así es que al desarrollo bancario siguieron creciendo los grandes prestamistas particulares que tenían liquidez.

A través de hipotecas, préstamos con altos intereses y contratos de compraventa con pacto de retroventa, financiaban a comerciantes y propietarios, pero también estaban en condiciones de apropiarse de bienes cuando los deudores no podían cumplir.
Años después, durante la expulsión de la comunidad china, esa estructura financiera -integrada por antiguos prestamistas, sus sucesores y nuevos agiotistas- facilitó que numerosas viviendas, comercios, huertas y propiedades fueran adquiridos a precios de remate o mediante operaciones forzadas, en uno de los mayores procesos de transferencia patrimonial registrados en la historia de Mazatlán.
El embarque
Muchas familias fueron conducidas bajo vigilancia policial hasta el puerto para ser embarcadas rumbo a Estados Unidos o directamente hacia China. Entre ellas viajaban mujeres mexicanas y niños nacidos en territorio nacional que jamás habían conocido otro país.
La expulsión marítima tenía un ingrediente criminal, pues no pocos consideraban que morirían en las aguas del Golfo de California. Sin embargo, la resilencia y estulticia chinas superaron la adversidad e incluso hicieron florecer las áridas tierras de Mexicali, donde hasta la fecha hay varios descendientes de aquellas familias.
La colonia china había desplazado a numerosos comerciantes locales y extranjeros desde la década de 1920. Sus integrantes realizaron gestiones ante autoridades municipales, estatales y federales para permanecer en México e incluso intentaron obtener respaldo político mediante regalos y obsequios. Pero la decisión de expulsarlos ya estaba tomada desde el centro del país.
El libro Grandeza Mazatleca recoge uno de esos episodios:
Los comerciantes chinos regalaron una pianola y un automóvil al presidente municipal Ramón J. Álvarez. El funcionario recibió los presentes, pero no intervino para impedir la expulsión. La competencia comercial se había convertido ya en una campaña política de exclusión
No valieron razones, sobornos ni influencias. Los chinos fueron expulsados con la venia del régimen callista a través de los comités antichinos que operaban en distintas regiones del país”.
En Mazatlán, el comité antichino fue encabezado por José O. González, conocido popularmente como el güero Eliso y padre de Rodolfo González Burgueño, de acuerdo con el testimonio citado en Grandeza Mazatleca:

Respaldado por influyentes sectores comerciales, aquel grupo encabezó una de las campañas de exclusión más severas e injustas registradas en la historia de Sinaloa”.
El nombramiento de González fue estratégico para sacar del radar público a los comerciantes extranjeros que estaban detrás de este humilde fabricante de huaraches, a quien el comercio chino lo tenía sin cuidado, pero aportaba el sentido social a la lucha antichinos.
De esta manera, la competencia comercial terminó convertida en argumento político. Lo que había comenzado como una disputa por el mercado derivó en un discurso que presentó a los comerciantes chinos como una amenaza para la economía local. A esa narrativa se sumaron acusaciones sobre supuestos fumaderos de opio y otras campañas de desprestigio que alimentaron el rechazo social.
Ni las gestiones diplomáticas, ni los recursos económicos acumulados durante décadas, ni las relaciones construidas con autoridades evitaron el desenlace. La expulsión se ejecutó con el respaldo del régimen callista y de los comités locales, dejando a cientos de familias sin patrimonio y sin país.
En Mazatlán, el movimiento antichino encontró respaldo entre sectores políticos y comerciales que veían en aquella comunidad un competidor imposible de enfrentar en igualdad de condiciones. La presión organizada terminó convirtiendo el rechazo social en decisiones de gobierno.
La salida forzada de los comerciantes chinos no solo alteró la vida de cientos de familias. También modificó el rumbo económico de Mazatlán al desaparecer una red comercial que durante décadas había dinamizado el puerto, ampliado la oferta de productos y fortalecido la competencia.
El despojo marcó el final de una etapa. Tras la expulsión, el comercio local se reconfiguró y comenzó un nuevo ciclo económico, aunque el vacío dejado por quienes habían impulsado buena parte de la actividad mercantil que no tardó muchos años en ser llenado.
El éxito empresarial de la colonia china fue reinterpretado como sinónimo de competencia desleal. Esa narrativa terminó legitimando medidas que hoy los historiadores consideran uno de los episodios de xenofobia y racismo institucional más graves ocurridos en el noroeste de México.
Las páginas de Grandeza Mazatleca muestran que la persecución contra la comunidad china no fue un hecho aislado:
Fue el resultado de un proceso donde convergieron intereses económicos, nacionalismo, prejuicios raciales y decisiones políticas que terminaron por borrar una parte esencial de la historia de Sinaloa”.
Las familias chinas tuvieron que abandonarlo todo. Viviendas, vehículos, comercios, huertas y patrimonio construido durante décadas quedaron en manos de terceros, muchas veces mediante remates, confiscaciones o apropiaciones favorecidas por el clima político de la época. Varias fortunas locales actuales tuvieron su origen en aquel proceso de despojo.
Testimonios de una expulsión
Los archivos históricos, periódicos de la época y memorias familiares describen escenas difíciles de imaginar. Comerciantes obligados a cerrar sus negocios de un día para otro; familias separadas; niños mexicanos desterrados junto con sus padres; mujeres que perdieron derechos civiles por permanecer al lado de sus esposos chinos.
Décadas después, los descendientes de aquellas familias recordarían que muchos nunca recuperaron sus propiedades ni recibieron indemnización alguna. Lo perdido no fue únicamente el patrimonio material, sino una parte de la diversidad económica, social y cultural que distinguió durante décadas al puerto de Mazatlán.
Contexto
Los primeros registros documentan la llegada de inmigrantes chinos a Sinaloa a mediados del siglo XIX. Uno de los pioneros fue José Wong Song, quien estableció una sastrería en Mazatlán en 1841. El flujo migratorio más importante comenzó a partir de 1870, impulsado por embarcaciones procedentes de San Francisco y de la provincia china de Cantón.
Sin capital al llegar, muchos trabajaron como sirvientes domésticos, cocineros, lavanderos, zapateros, sastres y agricultores. Más tarde se asentaron en el Barrio Chino, en las inmediaciones del centro histórico, así como en Urías y la colonia Reforma, donde desarrollaron las famosas huertas que abastecían de verduras frescas al puerto.
Con el inicio del siglo XX, gracias a redes comunitarias de apoyo mutuo y una fuerte cultura del ahorro, pasaron del trabajo asalariado a consolidar comercios, restaurantes, zapaterías, tiendas de abarrotes y actividades agrícolas que llegaron a dominar buena parte de la economía local. El mandarín llegó a escucharse cotidianamente en las calles comerciales de Mazatlán.
Antes de ser embarcados, el patrimonio construido durante décadas fue saqueado, confiscado o vendido a precios de remate. Diversos testimonios sostienen que parte de las fortunas surgidas en aquellos años tuvo origen en ese proceso de despojo.
Editorial P23
La historia demuestra que las crisis económicas suelen fabricar culpables antes que soluciones. En los años treinta fueron los inmigrantes chinos. Noventa años después, revisar aquellos hechos con rigor histórico permite distinguir entre la aplicación de la ley y la persecución basada en el origen de las personas. La memoria también es una forma de limpiar un poco una de las historias más vergonzosas de nuestro estado.
Tu opinión importa.
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