Observatorio | El Cielito vs. Oxxos
Mario Martini
- Mi primera gran aventura, a los seis años de edad, fue ir solo al estanquillo de la esquina. Fue un desafío, empezando porque haría el temerario trayecto en ridículos pantaloncitos cortos, botines ortopédicos, tirantes, con los pelos rabiosos amansados con goma de tragacanto y, lo peor, una bolsa de yute que mi madre usaba para ir los domingos al mercado.
Cruzar la calle no era el verdadero desafío, sino pasar por un lado del grupo de rebeldes sin causa, estilo Elvis, que fumaban en la esquina, chuleaban a las quinceañeras y se burlaban de niños y ancianos. Llegar a la tiendita era una hazaña solo comparable con la misión suicida del capitán Keith Mallory —Gregory Peck— para destruir los cañones de Navarone.
Otro gran momento de aquella primera expedición fue cuando, con la bolsa llena, dije con autoridad:
—Don Pepe, anótelo en nuestra cuenta.
Aunque era muy pequeño para mear como los perros grandes, en términos del valor del dinero conocí algo superior: el poder de la confianza.
Durante casi siete décadas, las tiendas de barrio han sido mi remanso, como lo son para cientos de familias. Todo empezó con aquella primera expedición que terminó exitosamente en la mesa familiar con un Orange Crush de dos litros, un pan Bimbo y doce huevos.
Cuando aparecieron las llamadas tiendas de conveniencia, imaginé que los días de los estanquillos de barrio —como el de Abraham, en Olas Altas— estaban contados. Olvidé por completo que su mayor virtud no estaba solamente en fiar, sino en establecer un vínculo íntimo de confianza mutua.
Actualmente, en 2026, las tiendas de barrio están más vigorosas que nunca por efecto de una economía llena de sobresaltos inflacionarios. Porque, aunque la tiendita venda más caro, puede ser más competitiva que una cadena como Sam’s Club, que ofrece precios más bajos gracias a su sistema de medio mayoreo. Y aunque también fía a través de su tarjeta de crédito, los intereses pueden terminar superando el sobreprecio de los pequeños negocios y, además, dejan fuera a muchos que están en el Buró de Crédito.
Hace varios años, en el trayecto libre Tepotzotlán-CDMX, los pintores morelenses Isaac Ambriz, Carlos Bueno, mi mujer y yo hicimos una parada técnica en un tendajón revolucionario a pie de carretera.
Era un galerón enorme, pintado de azul cielo por completo: fachada, paredes, piso y techo. El nombre era un pleonasmo: El Cielito. Un set perfecto para una película de Luis Estrada.
En una gran barra de madera avejentada, con varias vitrinas pequeñas, exhibía pan dulce, gelatinas, cintas para el pelo, cocadas… En la contrabarra, un mueble con repisas y gavetas guardaba todo lo que un hombre o una mujer pueden necesitar en toda su vida: agujas, botones, cierres, pasadores, peinetas, vaselina y un largo etcétera.
Pero nuestro objetivo estaba en un rincón, al fondo a la derecha: el “bar”, escrito a mano sobre la pared, con algunas botellas de tequila, mezcal, aguardiente y una providencial “pata de elefante” de Bacardí blanco.
No habíamos desayunado, así que ordenamos unas tortas de queso de puerco, queso fresco, aguacate, chiles en vinagre y unas cubas de ron con Coca-Cola. Nos sentamos en unas banquetas de cemento al otro lado de la barra, desde donde se podía observar todo.
Los pintores se quedaron por horas admirando cada detalle y el trajín de hombres, mujeres y niños que entraban y salían con envoltorios envueltos en papel de estraza, mientras mi mujer, unos lugareños y yo cantábamos a Chelo Silva, decorando el lugar en cantina como Dios manda.
Ya eran horas de la tarde cuando nos fuimos cascabeleando a la Ciudad de México en el Vocho de Isaac Ambriz, quien hizo unos dibujos fascinantes de aquel momento entrañable.
Hoy en día son los Oxxos —palíndromo que surgió del primer diseño de su logotipo— lo más parecido al tendajón barrial, pero sin muchas de sus virtudes y, en particular, sin una que me parece fundamental: la pertenencia a un barrio que todavía vive de fiado.
Porque la tiendita no es solamente un lugar donde se compra.
Es el sitio donde conocen tu nombre, saben qué pan llevas, cuánto debes y, a veces, hasta cuándo podrás pagar.
Eso no lo inventó ningún departamento de mercadotecnia.
Se llama confianza.
¡Larga vida a la tiendita de barrio!
Saludos cordiales.
MM

