Echeverría, legado sin honra/Oscar Loza Ochoa

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La Montaña

Oscar Loza Ochoa

Hay tiempos para cubrirse de gloria

y hay tiempos para llenarse de vergüenza.

Fernando Benítez

Luis Echeverría ha muerto. Con él se va la esencia de lo que fue el régimen de un solo partido, el PRI. Su partida nos refresca la memoria de momentos que no pueden ser olvidados, porque las heridas que dejaron no tienen cura. Su arribo al poder tuvo como antecedentes la represión a los ferrocarrileros, a los maestros, a los médicos y a los que se mal llamó hijos predilectos del régimen: los campesinos. El asesinato de Rubén Jaramillo es una clara raya que definía la política oficial hacia un debilitado reparto agrario y de endurecimiento frente a quienes luchaban por la tierra.

En los tiempos en que fungía como secretario de gobernación, la embarcación del régimen hacía agua por encima de la línea de flotación. En 1965 se cruzaron dos curvas que daban rostro a un gobierno con serios problemas: la auto suficiencia alimentaria perdió pie, mientras la capacidad del Estado para mantener la gobernanza también fallaba. En Chihuahua y Guerrero las inquietudes sociales ante un régimen que seguía hablando de la revolución de 1910-17, pero que se alejó de las preocupaciones de ese movimiento armado, se asomaron algunos grupos que reivindicaban la lucha armada. Esas manifestaciones rebeldes tempranas de Arturo Gámiz, Pablo Gómez y otros en la entidad norteña y de Genaro Vázquez y Lucio Cabañas en el sur, no movieron a la sensibilidad sobre los rezagos sociales acumulados durante décadas.

La respuesta gubernamental fue violenta. El Estado (del que Echeverría era personero) sólo tenía un recurso supremo: la represión. Una guerra no declarada, pero efectiva contra los movimientos sociales, armados o no. El destino de esos movimientos delata la política del Estado que nunca buscó ni conciliación ni salida pacífica. ¿Qué decir sobre las acciones de la noche del 2 de octubre en la Plaza de las Tres Culturas? El diálogo solicitado por el movimiento estudiantil, exigido digamos, nunca tuvo otra respuesta que no fuera la llamada mano dura.

Echeverría quiso borrar la responsabilidad que le correspondía en la masacre del 2 de octubre, acercándose a las universidades durante su campaña para la presidencia de la República y buscando acercarse a intelectuales progresistas. Pero retomó a la senda represora el día 10 de junio de 1971 (Jueves de Corpus), chocando como lo hacen las dictaduras contra una manifestación pacífica de jóvenes en solidaridad con los estudiantes de la Universidad Autónoma de Nuevo León. Las raíces de la práctica de la desaparición forzada de personas hay que buscarlas en el entorno inmediato y en las políticas públicas que parten de este personaje.

Es tanto el daño en materia de delitos de lesa humanidad que no deben distraernos algunos pespuntes que Echeverría dio en política internacional y que pretendieron dar una pátina de tercermundista a su gobierno. Estamos ciertos que, siguiendo los pasos de Fidel Castro, se atrevió a cuestionar el repunte de la deuda externa de los países pobres y la necesidad de crear un pool de naciones deudoras, con el fin de negociar en otros términos el terrible fardo de créditos e intereses. Pero ni eso, ni la creación del Centro de Estudios del Tercer Mundo pueden borrar los dolores del 2 de octubre y del 10 de junio. Hay otros monstruos que hicieron de la tortura, la detención arbitraria, las ejecuciones extrajudiciales y mil atropellos más, su maldito oficio. Lo hicieron como funcionarios públicos y deben ser juzgados junto a Luis Echeverría.

En la llamada Guerra Sucia, Luis Echeverría alcanzará la cima de sus delitos de lesa humanidad. En el ataque frontal del Estado contra los activistas sociales, armados o no, no se declaró una guerra, pero la formación especializada de cuerpos policiales y la estrategia elaborada para abatir esos movimientos, contemplaba también la coordinación con instancias militares y de seguridad federal. La idea no apuntó a la pacificación del país por la vía de la negociación, el objetivo buscado era el exterminio del contrario.

¿Cabe alguna duda después de revisar los saldos de la Guerra Sucia? Pues allí están las víctimas de la Plaza de las Tres Culturas y del Jueves de Corpus. El control absoluto de la autoridad sobre instancias de gobierno y medios de comunicación no permitió contar las vidas perdidas; sin embargo, nos queda una referencia para imaginar parte del universo destruido: los presos, perseguidos, exiliados y desaparecidos por motivos políticos. Y la cifra mal recabada de las víctimas que perdieron la vida en la lucha.

Durante el presente siglo Echeverría compareció ante tribunales, al menos en dos procesos, para responder por las acusaciones acumuladas en torno a los acontecimientos señalados. Llegó a tener arresto domiciliario. Al final, por la edad y problemas de una supuesta enfermedad senil, el juzgador no lo perdonó, pero tampoco lo condenó. El Poder Judicial también se pintó de cuerpo entero ante ese juicio histórico. No hubo una sentencia condenatoria, que siempre será una advertencia para los gobernantes represores y una garantía para la no repetición de hechos. Pero por fortuna, la condena moral de la sociedad nunca tuvo que esperar por la vacilante posición del Poder Judicial. Esa está allí y es parte de una historia tan cara a los mexicanos.

Fotos de archivo con fines ilustrativos

www.oscarloza.com

[email protected]

Twitter @Oscar_Loza

 

 

 

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