Observatorio/Durmiendo con el enemigo/Por Mario Martini

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  • ¿Qué falta cometen las madres que buscan a sus hijos?

A María Isabel Cruz Bernal y a las rastreadoras de Sinaloa con respeto y admiración

Por Mario Martini

¿A quiénes no conviene que las madres de Sinaloa busquen a sus hijos? ¿Afectan a grupos criminales al descubrir escondrijos donde tiran los cuerpos de sus víctimas? ¿Molestan a las autoridades con su insolencia?

En cualquier otro país medianamente humanitario, toda la comunidad y su gobierno saldrían con antorcha en mano a buscar de día y noche a sus niños perdidos.

Ismeña ella, bajita, pelo entrecano ensortijado, siempre con algún adorno oaxaqueño que lleva su origen como la custodia lleva la ostia, la boca bien pintada, risueña y alegre -estado de ánimo que esconde la pena que lleva adentro-, María Isabel es sería, firme e intransigente a la hora de exigir a las autoridades que cumplan con su responsabilidad constitucional.

Hace más de 5 años su hijo policía Yosimar García Cruz fue sacado de la vivienda familiar y desaparecido desde entonces. ¿Su pecado? Haber cumplido con la obligación de responder al llamado de auxilio de fuerzas militares emboscadas por el crimen organizado.

Cuatro madres más hicieron alianza con ella para sumar esfuerzos y buscar también a parientes desaparecidos. En poco más de un lustro el número aumentó geométricamente: mil 020 mujeres organizaron el Grupo Sabuesos Guerreras y salieron a seguir el rastro de padres, madres, esposos, hijos, hijas, que no regresaron a casa. Es decir, en Culiacán desaparecieron en los últimos 5 años un promedio de 264 personas al año y Mazatlán fue el puerto turístico del país donde más personas no regresaron a sus hogares o destinos de origen.

Según datos de la Comisión Nacional de Búsqueda de Personas, el Sistema Único del Registro Nacional de Personas Desaparecidas y No Localizadas, Carga Masiva, Web Service y el Portal Web de reportes de personas desaparecidas y no localizadas, del 1 de noviembre de 2018 al 6 de junio de 2022, desaparecieron en el principal puerto sinaloense 547 personas que permanecen sin ser localizadas, superando a Culiacán que en el mismo período registró 508 y Ahome 381. O sea, desde hace más de 3 años debieron prenderse las alarmas en Mazatlán, pero nada ocurrió y el disimulo de las autoridades locales propició que el problema aumentara.

De las personas desaparecidas en Mazatlán, el 89.2 por ciento fueron hombres y el 10.8 por ciento mujeres. 97 personas tienen edades entre 30 a 34 años; 86 de 20 a 24 años; 73 de 25 a 29 años; y 53 de 35 a 39. Es decir, la mayoría son personas que deberían estar estudiando o trabajando.

Rastreadoras en El Fuerte, Sinaloa. Foto: Al Día News.

Los desaparecidos en Mazatlán representa el 26.6 por ciento del total estatal que fue de 2 mil 103 casos del 1 de noviembre de 2018 al 31 de mayo de 2022.

Solamente en 2019, el primer año de la administración de Luis Guillermo Benítez Torres, alias “el químico”, Mazatlán registró la mayor incidencia de desaparecidos en toda la historia del municipio con 223, cifra que incluyó a turistas nacionales.

Regreso a la pregunta del título: ¿Qué falta cometen las madres que buscan a sus hijos?

Uno pensaría que ninguna, que se trata de un acto de amor filial o la posibilidad de cancelar la esperanza de encontrarlos vivos o tener la oportunidad de cumplir con el sacramento religioso de dar cristiana sepultura a sus familiares o tener un lugar a donde llevarles flores. Suena sencillo ¿no?

Bajo esta errónea suposición, uno creería también que las autoridades de gobierno no tendrían límites para apoyarlas incondicionalmente en términos de cumplimiento constitucional, compromiso social y elemental humanismo. Pero inexplicablemente ocurre todo lo contrario.

María Isabel y su grupo salen a búsqueda casi todos los días como dios les da a entender, con sus propios recursos, apoyándose unas a otras, con bastimento suficiente preparado en la víspera, con la esperanza de cerrar ciclos por doloroso que esto sea, llevando como única protección algún santo de su devoción colgado al cuello. Todas visten camisetas y carteles tamaño carta en el pecho con la imagen de sus desaparecidos. ¿Y qué hacen las Comisiones de Búsqueda y Atención a Víctimas del estado que ellas mismas crearon con sus exigencias? Muchas veces las miran en lontananza, lejanas, escarbando con las uñas la tierra curtida por el sol.

¿Quiénes son los agresores? ¿Serán los sicarios que son afectados al descubrir fosas clandestinas que tendrán que cavar de nuevo en otros terrenos?

No es así. De acuerdo con la experiencia de las rastreadoras sinaloenses, los agresores están incrustados en instancias de seguridad pública y gobierno por un argumento inaudito: la afectación de la estadística criminal. Así como lo leen.

Encontrar cuerpos de personas asesinadas impacta en los índices de violencia e incrementa el número de homicidios que de cada en cuanto las autoridades presumen que van a la baja. Recientemente festinaron que Culiacán ya no está dentro de las 50 ciudades más violentas del mundo, pero esto sucede porque no están contabilizadas miles de posibles muertes de personas desaparecidas en los últimos años.

Encontrar los restos mortales sería un tiro de gracia para el discurso oficial, pues estaríamos regresando al top ten de los estados más violentos, lo que afectaría sin duda las actividades productivas, la atracción de inversiones, el arribo de turistas y la presumida tranquila vida social del estado. La ecuación política es sencilla: mientras no haya cuerpo, no hay delito ni estadística criminal.

Las rastreadoras de Sinaloa han sido amenazadas, perseguidas y balaceadas, pero no hay peligro por grave que sea que venza la firmeza de una madre que busca a su hijo como si fuera el tesoro que le devolverá la vida.

A todas ellas les viene bien el título de aquella famosa película “Durmiendo con el Enemigo” de 1991, dirigida por Joseph Ruben

Saludos cordiales

MM

 

 

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