La madrugada del 21 de febrero de 1944, el gobernador Rodolfo T. Loaiza fue asesinado en Mazatlán. Horas después, el Carnaval quedó oficialmente cancelado. La ciudad pasó de la música al luto.
Mario Martini | Especiales P23 | Parte I
Nota de Redacción: En febrero de 1981, cuando relanzamos Paralelo 23, escribimos estas líneas con la convicción de que el periodismo debía ser modesto, pero decente. Han pasado 45 años.
Hoy, al volver sobre el asesinato del gobernador Rodolfo T. Loaiza y las páginas que marcaron una época, reafirmamos aquella idea inicial: el periodismo no es espectáculo. Es servicio público.
Estas crónicas recuperan una memoria incómoda. No para alimentar morbo, sino para comprender el poder, sus disputas y sus sombras.
Seguimos aquí.
De nuevo.

Mazatlán no alcanzó a amanecer en paz.
La música todavía flotaba en el aire cuando dos disparos cambiaron la historia política de Sinaloa. Eran las 1: 45 de la madrugada del lunes de Carnaval. Afuera, la fiesta seguía encendida. Adentro, el gobernador Rodolfo T. Loaiza caía herido de muerte con dos balazos por la espalda en la cabeza, milimétricamente mortales: 5 centímetros separaban los orificios de entrada.
Al amanecer, la decisión fue inmediata: el Carnaval de 1944 quedó suspendido. No hubo festejo del Marido Oprimido. No hubo desfile el martes. La celebración se convirtió en duelo y en persecución de los asesinos.

Confeti en el suelo. Lágrimas en los balcones. Y una pregunta que ha sobrevivido ocho décadas: ¿quién ordenó el magnicidio?
La noche triste
Fue entre la noche y la madrugada cuando mataron al gobernador Rodolfo T. Loaiza
Mazatlán no dormía. Era febrero de 1944 y el Carnaval ardía en luces, música y pólvora.
Pero mientras la ciudad celebraba, alguien ya había decidido que esa fiesta terminaría en tragedia.
A la 1: 45 de la madrugada, el gobernador de Sinaloa, Rodolfo T. Loaiza, yacía muerto.
Dos disparos en la nuca.
Una ciudad en shock.
Circulaba ya el nombre que comenzaba a convertirse en leyenda: “El Gitano”
Yo asesiné al gobernador porque me lo ordenaron de la superioridá…, declaró tiempo después cuando el general Lázaro Cardenas prometió salvaguardar su vida
Esa frase —retomada años después en la revista Paralelo 23 de 1981- sacudió a todo el país.
El presunto autor material, Rodolfo Valdez Valdez, alias El Gitano, declaró que no actuó solo. Que obedecía órdenes. Que detrás del asesinato había poder, intriga y una disputa política feroz.
La versión incendió aún más el proceso judicial.
¿Fue un crimen personal?
¿Una venganza política de Maximino?
¿O disputa por el mercado negro de las drogas?
¿O el punto culminante de una lucha por el poder en Sinaloa?
El gobernador que incomodaba
Loaiza no era un político menor.
Representaba una corriente distinta dentro del grupo revolucionario dominante. Se decía “el agente del cardenismo en Sinaloa”. En 1943, la disputa por la sucesión estatal ya dividía a las élites.
El nombre que emergía con fuerza era el del general Pablo Macías Valenzuela que había reclamado al entonces candidato a la presidencia de la república Lázaro Cardenas, haberle ofrecido la gubernatura y luego haber impulsado a Loaiza.
Las declaraciones publicadas por Paralelo 23 rescataron testimonios explosivos: Macías habría sido señalado como autor intelectual. Él lo negó. Calificó el crimen como “asqueroso” y rechazó cualquier vínculo.
Pero la sospecha quedó sembrada en el expediente que anduvo del tingo al tango: primero en la prisión militar de Tlatelolco, luego en Lecumberri en el Distrito Federal hasta estacionarse en el Juzgado de Primera Instancia Penal de Mazatlán.

Rodolfo sostuvo su declaración:
El general me dijo en su oficina que eran órdenes de la superioridá y me entregó la pistola izquierdilla .38 súper para hacer el trabajo…”
Escena del crimen
Las fotografías de Miguel Valadez Lejarza, reportero gráfico de El Correo de Occidente, —crudas, sin filtros— muestran el cuerpo del gobernador tendido, aún vestido de gala. Con la mano derecha en la bolsa trasera del pantalón, un ojo fuera de órbita y otra herida en el mentón.

El carnaval seguía afuera. La música no se detuvo de inmediato. Hasta que el grupo criminal salía apresurado del hotel Belmar, respondiendo al fuego de los guarda espaldas del gobernador. En esa refriega, un turista que tuvo la mala fortuna de entrar al hotel cayó mortalmente herido en el fuego cruzado. La prensa confirmó más tarde que era hermano del actor Claudio Brooks.

Ese contraste fue brutal.
Mientras la ciudad celebraba, el poder sangraba.
Los reportes forenses indicaron disparos directos. El impacto político fue inmediato. Militares, funcionarios y líderes regionales fueron implicados. El país entero volteó a ver a Mazatlán, no por su fiesta sino por el magnicidio.
El Gitano: ¿sicario o chivo expiatorio?
Después del asesinato, El Gitano anduvo a salto de mata y aseguró que jamás lo hubieran capturado porque “el monte es cantidá de amigo”. Circularon versiones de que el gatillero fue Felipe “el güerillo” Gil, asesinado una semana después del crimen en el Belmar.
Por gestiones de su compadre, el presidente municipal de Concordia, se entregó ante la promesa del general Lázaro Cardenas, entonces secretario de la Defensa Nacional de respetarle la vida. Viajó en un avión enviado de la CdMx con su amante la Chona Echegaray, sus pistolas al cinto y el director de El Correo de Occidente que fue en calidad de reportero.
Más tarde lo regresaron a Mazatlán, por competencia judicial, y encerrado en la prisión militar en el Cerro de Vigía, donde tuvo todas las facilidades para escapar:
Hasta me hicieron un mapa..”, confesó.
Se supo que fue rescatado por el gobernador Leopoldo Sánchez Celis que lo incorporó a su grupo de seguridad.
Murió años después por viejas heridas de un escopetazo en la espalda, descerrajado por un hijo de alguna de sus víctimas,
Nunca cambió su declaración. Y nadie supo dónde fue sepultado.
Una comisión de agricultores del sur, encabezada por don Germán Tirado, se entrevistó con el gobernador Sánchez Celis, a quien le pidieron les notificara cuando Rodolfo muriera para sepultarlo en Agua Caliente de Garate, su tierra natal.
El gobernador dio su palabra, pero prefirió callar para evitar “revueltas en el sur”. Solo él supo dónde enterró al Gitano, tal vez en los llanos del actual panteón Jardines del Humaya, propiedad del hombre del paliacate.
Lo que sí quedó claro es que el crimen dividió versiones.
Para unos, era un bandido.
Para otros, un instrumento del poder.
Para algunos más, la pieza sacrificable de un tablero mayor.
El país mirando a Sinaloa
Por supuesto, la muerte de Loaiza atrajo la atención nacional.
La prensa habló de conspiración.
Los militares se deslindaron.
Las declaraciones cruzadas dibujaron una trama digna de novela política.
Pero esto no era ficción.
Era el México de los años cuarenta, donde el poder se negociaba con lealtades… y con balas.
Continuará
- En la segunda entrega reconstruiremos la disputa política previa, las acusaciones formales contra Macías, el papel del general Rafael Cerón Medina y la teoría de que el crimen cerró una “secuela de violencia política” en Sinaloa.