Después de 30 largos años, el modelo, como sus fundadores, ya está agotado y corresponderá renovarlo a esta nueva generación de motociclistas”.

Mazatlán, Sinaloa | 9 abril 2026 | Mario Martini

Hubo un tiempo -no tan lejano- en que la Semana de la Moto intentaba justificar su estruendo con gestos de civilidad. Los organizadores incluían acciones de beneficio social: pintar albergues, visitar ancianos, reparar escuelas. Era una forma de equilibrar la balanza, de decir: sí, hay excesos, pero también comunidad.

Con los años, esa intención se fue diluyendo, desplazando o fue sustituida por la catarsis masiva que es más rentable. Cuatro días y sus noches donde Mazatlán se convierte en un escenario abierto de velocidad, música, drogas, alcohol y exceso. El puerto es una válvula de escape colectivo que libera presión, pero también deja estragos.

Sin embargo, sería simplista quedarse solo con este comentario porque hay un punto que no puede ignorarse y que seguramente incomoda a quienes quisieran cancelar el evento de un plumazo: la ciudad se llena, ocupa y mueve.

Hoteles, restaurantes, vendedores ambulantes, transportistas, músicos, técnicos, todos en acción, alientan la derrama que no se queda toda en los grandes consorcios sino que alcanza a sectores medios y populares que difícilmente ven ese flujo a lo largo del año. Hablan de 800 millones.

En un estado como Sinaloa, donde amplios sectores de la población han aprendido a replegarse por miedo a la violencia o por rutina, la ocupación del espacio público no es un dato menor. Es una importante contribución social -incluso en materia de seguridad- que gana las calles para los ciudadanos.

La Semana de la Moto, con todo su ruido, sus excesos y sus contradicciones, llena ese vacío durante unos días. Lo hace de forma imperfecta, desordenada, incómoda para muchos, pero lo llena.

Y ahí está el verdadero dilema: no se trata de defenderla sin matices ni de condenarla sin contexto. Se trata de entender que el problema no es su existencia, sino su arcaica y obsesiva forma de celebrarla durante 30 largos años. El modelo, como sus fundadores, ya está agotado y corresponderá renovarlo a esta nueva generación de motociclistas.

La discusión de fondo no es si debe continuar, sino cómo se regula, cómo se escala y cómo se mejora. Cómo se le vuelve a inyectar contenido social:

  • Cómo se ordena el uso del espacio público sin matar la energía que lo hace atractivo.
  • Cómo se transforma una fiesta en un fenómeno social más equilibrado.
  • Cómo atraer a las grandes empresas del motociclismo mundial para, simultáneamente, tener una gran feria industrial.

Debemos entender que entre el silencio y el caos, hay una tercera vía que no puede ignorarse: Mazatlán es una ciudad decimonónica habitada, no es un congal.

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MM