OBSERVATORIO

Conversaciones en El Hueso*

A don Mario

Por Mario Martini

Mi padre fue un hombre sabio. Y como sabio, incomprendido y solitario. Conmigo fue diferente: amoroso, cercano, generoso y paciente.

Me enseñaba en silencio, entre cucharadas de frijoles negros con huevos revueltos en chile pasilla que desayunamos muchas mañanas en la fonda El Hueso*, a unos metros de Novedades donde trabajábamos, él en la coordinación del suplemento México en la Cultura y yo como oficie boy del Diario de la Tarde.

Bastaba una mirada, una anécdota bien contada o una frase soltada con descuido para trazar mi destino:

encuentra tu voz, tu estilo…” 

No enseñaba periodismo. Enseñaba a mirar. De sus crónicas orales tomé el gusto por la historia. Me contó más de una vez su intrépido escape de las Tinajas de San Juan de Ulúa con Chucho el Roto o la Toma de Torreón a un lado  al general Sóstenes Rocha, en su calidad de Capitán Primero de artillería montada.

Sus relatos tenían la precisión del dato y la magia del cine. Me llevaban de la mano por revoluciones, guerras y desiertos sin levantarnos de la mesa. Entre el olor de los frijoles y el café entendí que la historia no vive solamente en los libros sino principalmente en las voces que saben contarla.

Don Mario encontraba diálogo vivo en cualquier rincón. Lo mismo en una batalla decisiva de la Revolución que en una conversación distraída. Y mientras pedía una garnacha con salsa verde, dejaba caer dardos certeros:

busca las fuentes primarias de la vida: la gente.

Algunas mañanas todavía reinvento aquellos desayunos en El Hueso. Veo llegar a los reporteros cargando prisas y resaca; escucho el golpeteo de las tazas y vuelvo a encontrarlo, desmenuzando el mundo con la misma naturalidad con la que partía la garnacha con el tenedor. 

Cambió la farándula por los libros, los reflectores por las historias y los aplausos por la felicidad de escribir. Nada lo detenía cuando una idea lo tomaba por asalto. Su verdadera patria era una cuartilla en blanco y su equipaje estaba cargado de jazz, novelas, cartas de amor y personajes fantásticos, como El Mayor y La Venada, que siguen respirando en sus páginas.

Murió hace décadas, pero nunca se fue del todo. Lo encuentro en una frase bien construida, en Te me olvidas de Vicente Garrido, Día sin huella, el Salario del Miedo en blanco y negro o en un buen caldo de habas con chipotle.

Aquellos desayunos en el santuario de periodistas trasnochados por las guardias de redacción o tertulias extendidas en El Negresco, eran mucho más que huevos caldudos con epazote. Eran trozos de intimidad por goteo: 

fui peón de vía a los 14 años…”.  

La revelación tuvo sentido años después: su ruda experiencia juvenil terminó en la cinta Viento Negro, una de las 100 mejores de la cinematografía nacional, que narra la trágica construcción del ferrocarril Sonora-Baja Californiaa a finales de la década de 1930

Detrás de aquellas palabras sueltas había décadas de oficio, derrotas, triunfos discretos y largas conversaciones con la página en blanco.

Nunca intentó que me pareciera a él ni que copiara su estilo que era magnífico por sencillo. Al contrario, me empujó a encontrar mi propio camino. Una palabra lo describe como hombre y escritor: sencillez. Ese fue su mayor legado: encontrar lo bello sin florituras ni ínfulas de grandeza al escribir.

Todavía hoy, cuando me siento frente al teclado y las palabras se esconden, vuelvo a aquellas mañanas en El Hueso. Escucho el ruido de tazas y cucharas, el rumor de los reporteros, el aroma intenso del café y su voz tranquila atravesando el vapor de los frijoles.

Entonces entiendo que sigue en la fonda de Morelos y también aquí, no en las fotografías ni en los recuerdos solemnes. Sigue vivo en cada historia que cuento. En cada duda que me obliga a mirar dos veces. En el compromiso de mi propia voz.

Mi padre -con todos los atributos del seductor- eligió ser un hombre sabio y como sabio, vivió fuera de su tiempo…Y lo sigue haciendo…

Saludos cordiales

MM

*En la jerga periodística de los antiguos talleres tipográficos de la Ciudad de México, el término hueso se refería a las notas de los reporteros, escritas a máquina, para teclearlas en linotipos o fotocomponedoras. “¡Hueso cabrones”!, gritaban los linotipistas o el jefe del taller para apurar a la redacción. El nombre de la fonda era un homenaje directo al lenguaje gremial de la época.