OPINIÓN

Marina del Pilar y el FBI: la realidad que parece ficción

Por Úrsula Viridiana Córdova Morales

La columna de hoy es sobre Marina del Pilar, la gobernadora de Baja California, quien desde hace unos días se encuentra envuelta en una serie de escándalos derivados de la filtración de audios en los que se le escucha la aparente intención de aceptar tratos o negociaciones para mejorar su situación migratoria y política con Estados Unidos a cambio de información de las mesas de seguridad en las que participa.

Resulta sorprendente escuchar que una mandataria de este nivel pareciera otorgarle más importancia a sus intereses personales que a temas de seguridad nacional; mayor prioridad a su visa cancelada o a una posible extradición que al resguardo de la soberanía nacional y al derecho interno de la nación.

Ella argumenta, en su conferencia de prensa, que fue víctima de una trampa política, de una emboscada perpetrada por su “archienemigo”, Jaime Bonilla, exgobernador de Baja California, quien le aconsejó seguir la ruta de una reunión con quienes supuestamente podían arreglar su situación migratoria.

Pero ¿qué es lo que no explica Marina del Pilar?

1. ¿Por qué una gobernadora —con la investidura que ello implica— decide reunirse con supuestos intermediarios del FBI (Buró Federal de Investigaciones) sin notificarlo al Gobierno Federal?

De acuerdo con sus declaraciones, ella no sabía exactamente quiénes eran esas personas y, a juzgar por los audios, pareciera pecar de una ingenuidad difícil de imaginar. Quizá un ciudadano común, como usted o como yo, pudiera caer en una estafa telefónica, ¿pero la máxima representante del Poder Ejecutivo de un estado?

En un momento de la llamada filtrada el pasado 16 de julio, el interlocutor —presunto intermediario— le dice que tendría que celebrarse una reunión en Panamá. Ante ello, ella responde con sorpresa: “Ah, caray”, y pregunta: ”¿Pueden ir mis abogados conmigo o cómo sería la dinámica?”

Y yo agregaría otra pregunta: ¿cómo es posible que una gobernadora siquiera contemple acudir a una reunión con personas cuya identidad no tiene plenamente acreditada, representantes o supuestos representantes de un gobierno extranjero, en un tercer país y, además, sin la certeza de contar con asesoría jurídica?

Toda la historia parece la trama de una ficción mal escrita. Pero, si se le añade el contexto político de los últimos meses, el asunto adquiere una dimensión mucho más delicada.

Tenemos a la presidenta Claudia Sheinbaum, quien ha sostenido durante meses una confrontación política con el gobierno estadounidense por lo que considera una política injerencista en materia de seguridad nacional. Primero fue el caso de Chihuahua y los presuntos agentes de la CIA; después, el caso del gobernador de Sinaloa. Discursos en la conferencia matutina, posicionamientos durante sus giras, debates nacionales con la oposición y con funcionarios estadounidenses, así como una defensa reiterada de la soberanía nacional.

Todo ello para que, al final, sea una integrante de su propio partido quien, por razones que sólo pueden explicarse por un bajo nivel de profesionalismo, superficialidad ideológica o escaso compromiso con la responsabilidad del cargo, termine debilitando la credibilidad del Gobierno de México, de la propia Presidenta y de Morena frente a Estados Unidos.

Por otro lado, la respuesta presidencial fue breve y poco contundente, especialmente si se compara con la firmeza mostrada en otros episodios similares. Sheinbaum enfrenta una situación compleja: debe enviar un mensaje hacia el interior de su partido y otro hacia el exterior. Sin embargo, en comunicación política, la coherencia suele ser el activo más valioso. Si oscila de un extremo a otro —como reza el dicho: candil de la calle, oscuridad de su casa— corre el riesgo de debilitar su propia posición política e ideológica.

La Presidenta ha mostrado una tendencia a no sancionar públicamente las conductas de integrantes de su partido o de funcionarios cercanos. Generalmente deja que el tiempo transcurra y, cuando menos se espera, aparecen las consecuencias políticas.

Habrá que esperar cuál será el desenlace para Marina del Pilar, porque difícilmente puede sostenerse que la Presidenta no haya observado lo mismo que vio buena parte del país: una gobernadora de su partido colocó en entredicho el discurso oficial sobre la no injerencia extranjera y el principio de la libre autodeterminación de los pueblos, uno de los pilares históricos de la política exterior mexicana.

En política, las contradicciones rara vez permanecen ocultas. Y cuando el discurso y los hechos dejan de caminar en la misma dirección, la realidad termina imponiéndose sobre cualquier narrativa.