¿Por qué México vuelve a mirar al suelo cada 19 de septiembre?
CdMx | 20 de septiembre de 2026 | Joaquín Rodríguez | Enviado Especial
Hay fechas que el calendario no logra convertir en pasado y una de ellas, de manera reiterada. es el 19 de septiembre.
A las 13:14:40 horas de aquel martes de 2017, la Ciudad de México acababa de participar en el simulacro que cada año recuerda el terremoto de 1985, como también lo hará hoy en todo el territorio nacional. Habían sonado las alarmas, la gente había salido de oficinas y escuelas, se habían repetido las instrucciones de siempre. Después, cuando muchos apenas regresaban a sus escritorios, la tierra volvió a moverse.
El sismo tuvo magnitud 7.1 y su epicentro se localizó a 12 kilómetros al sureste de Axochiapan, Morelos, a unos 120 kilómetros de la capital. No fue el mismo fenómeno de 1985, ni geológicamente tenía por qué serlo. Pero ocurrió en la misma fecha, exactamente 32 años después, y esa coincidencia terminó convirtiéndose en una de las cicatrices que una sociedad aprende a reconocer sin necesidad de explicaciones.
La ciudad no recibió el golpe de la misma manera en todas partes. Esa es una de las primeras lecciones que deja el 19 de septiembre: un terremoto no termina donde está el epicentro. También importa las características del suelo sobre el que una ciudad decidió fundar su gran ciudad.
En buena parte de la zona lacustre de la capital, los antiguos depósitos de arcilla amplifican el movimiento sísmico. La UNAM ha documentado que, en determinados sectores de suelo blando, la intensidad puede multiplicarse de manera considerable respecto de terrenos más firmes. Por eso la ciudad puede estar relativamente lejos del origen del movimiento y, aun así, recibir una sacudida capaz de convertir una estructura en un problema de segundos.
Ese día volvieron los sonidos que México conoce demasiado bien: vidrios que revientan, alarmas, motores detenidos, sirenas, concreto que cae. Y después, el silencio.
Porque debajo de los edificios derrumbados el silencio no era ausencia de ruido. Era una herramienta de rescate. Los voluntarios y rescatistas levantaban el puño para pedir que todos callaran. Se apagaban motores, se detenían herramientas, la ciudad contenía la respiración. Había que escuchar si alguien seguía vivo debajo de las toneladas de concreto. La escena quedó incorporada a la memoria nacional como uno de los símbolos de aquel día.

Y otra vez la calle hizo lo que tantas veces ha hecho cuando las instituciones tardan en reaccionar: organizarse.
Estudiantes, vecinos, trabajadores, comerciantes, médicos, ingenieros y ciudadanos que nunca se habían visto comenzaron a formar cadenas humanas. Llegaron agua, comida, herramientas, medicamentos. La tragedia, que había roto edificios, suspendió durante unas horas muchas de las pequeñas fronteras sociales con las que funciona una metrópoli.
El terremoto había recordado algo elemental: debajo del concreto todos somos vecinos.
Batalla contra el subsuelo
La historia sísmica de la Ciudad de México también es una historia de cómo se ha aprendido —a veces a golpes— a construir sobre un territorio difícil.
El antiguo lago no desapareció simplemente porque encima se levantaran calles, edificios y avenidas. El subsuelo sigue ahí, con sus diferentes capas, sus hundimientos y sus propiedades físicas. La modernidad construyó sobre ese territorio; la ingeniería tuvo que aprender a convivir con él.
Eso explica una paradoja que aparece después de cada gran terremoto: edificios muy antiguos sobreviven junto a construcciones relativamente recientes que resultan gravemente dañadas. Pero esa comparación, por sí sola, no permite decir que una época construía bien y otra mal. Cada edificio tiene su propia historia: diseño, materiales, mantenimiento, modificaciones, suelo y cumplimiento de las normas.

Lo que sí ha quedado documentado es que los daños no dependen únicamente de la fuerza del terremoto. La calidad de la construcción, las condiciones del terreno y el cumplimiento de las especificaciones estructurales pueden marcar la diferencia.
El edificio Nuevo León, en Tlatelolco, se convirtió en uno de los símbolos del desastre de 1985. Las imágenes de sus departamentos reducidos a pisos superpuestos forman parte de la memoria fotográfica de aquel terremoto.

En 2017 apareció otro símbolo: el Colegio Enrique Rébsamen. La escuela colapsó parcialmente y murieron 19 niños y siete adultos. Posteriormente, peritajes citados en procesos judiciales señalaron que una carga adicional sobre la estructura tuvo un papel decisivo en el colapso.
Ahí está una de las lecciones incómodas del 19 de septiembre: la naturaleza desencadena el movimiento, pero el tamaño de la tragedia también depende de las decisiones humanas que existieron antes de que la tierra tiemble.
- Un reglamento ignorado.
- Una modificación estructural.
- Un dictamen que no se revisó.
- Una obra levantada donde no debía.
- Una construcción que envejeció sin mantenimiento.
El terremoto no firma ninguno de esos documentos. Pero cuando llega, los pone a prueba todos.
Lo que queda cuando se acaba el escombro
El daño visible tiene una ventaja: puede medirse. Se cuentan edificios, viviendas, escuelas, hospitales. Se revisan columnas, grietas, instalaciones. Se calcula cuánto cuesta reconstruir.
Pero el daño invisible es más complicado. Después de un terremoto, la ciudad conserva durante mucho tiempo una especie de oído abierto. Una puerta que golpea puede parecer una alarma. Un camión pesado que pasa por la calle hace mirar el techo. Una vibración en el teléfono interrumpe la conversación. Una noche de septiembre puede devolver, sin pedir permiso, imágenes que parecían archivadas.

No todos viven el trauma de la misma manera ni durante el mismo tiempo. Pero la memoria sísmica existe y puede prolongarse mucho después de que desaparecen las máquinas de rescate.
Eso explica también por qué el 19 de septiembre tiene una particularidad que otras fechas no poseen. No es solamente una conmemoración. Es un ejercicio colectivo de memoria, una catarsis masiva.
En 1985 no existían los protocolos de protección civil que hoy forman parte de la vida cotidiana. El terremoto de aquel año ocurrió a las 7:19 de la mañana, tuvo magnitud 8.1 y su epicentro estuvo frente a las costas de Michoacán. La ruptura de aquella falla provocó daños enormes en la Ciudad de México y modificó para siempre la manera en que el país entiende el riesgo sísmico.
Treinta y dos años después, el sismo de 2017 encontró una ciudad distinta: con alerta sísmica, simulacros, protocolos y una sociedad que ya sabía algo que en 1985 había aprendido de la peor manera.
Aun así, volvió a doler.
No es una maldición
Quizá por eso la pregunta aparece cada año: ¿por qué otra vez el 19 de septiembre?
La respuesta científica es menos literaria y mucho más contundente: no existe una relación causal entre ambas fechas. Especialistas de la UNAM han explicado que la coincidencia de 1985 y 2017 fue eso, una coincidencia. México es un país sísmicamente activo y no existe método científico que permita predecir con exactitud el día, la hora o la magnitud de un terremoto porque simple y sencillamente la tierra no tiene calendario ni palabra de honor.
Nosotros, por sentido de sobrevivencia, sí. Y quizá esa sea la razón por la que septiembre pesa tanto en la memoria mexicana. Porque mientras la geología no recuerda fechas, las personas sí recuerdan lugares: la escuela donde estaba un hijo, la oficina donde quedó un compañero, la esquina donde comenzó una búsqueda, el edificio que ya no volvió a levantarse.
El 19 de septiembre no es una maldición. Es un recordatorio. La tierra seguirá moviéndose. No sabemos cuándo ni dónde ocurrirá el próximo terremoto. Lo que sí podemos decidir —y ahí está la diferencia entre memoria y superstición— es qué tan preparada estará la ciudad cuando suceda.
Porque al final el verdadero examen no lo presenta el terremoto. Lo presenta la resistencia de la ciudad. .
Y cada 19 de septiembre, México vuelve a sentarse frente a ese examen.


