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La factura que debe pagar una ciudad que quiso domar al mar

• El socavón que partió el malecón no apareció de la nada: detrás están décadas de erosión, pérdida de playa y decisiones urbanas que ahora obligan a Mazatlán a discutir qué ciudad quiere construir frente a un clima que ya cambió.

Mazatlán, Sinaloa | 18 de septiembre 2026 | Valentina Ramírez | P23

Hay socavones que se reparan con concreto y otros que conviene mirar con detenimiento antes de que llegue la revolvedora a esconder con mezcla la culpa que los políticos le atribuyen al “temible” mar de fondo.

El que apareció en el malecu de Mazatlán puede taparse, pavimentarse y volver a formar parte del paisaje urbano, pero debajo del enjarre quedará una pregunta incómoda: ¿qué fue lo que realmente se rompió y cuándo volverá a abrirse?

Conselva, Costas y Comunidades sostiene que el socavón registrado en el paseo costero no puede entenderse solamente como consecuencia del fuerte oleaje o del mar de fondo. Su diagnóstico apunta hacia un problema acumulado durante décadas: la pérdida de la playa que funcionaba como barrera natural frente a la energía del mar. La organización recuerda que un estudio de vulnerabilidad realizado desde 2014 ya advertía de la pérdida promedio de 1.08 metros de arena por año en diversas playas de Mazatlán. 

Y aquí empieza el verdadero asunto porque una playa no es solamente ese lugar donde uno se quita los zapatos, mira el atardecer y se toma una fotografía. Es infraestructura natural. La arena absorbe, desplaza y disipa parte de la energía del oleaje. Cuando esa defensa desaparece, el mar no se vuelve más agresivo: simplemente encuentra menos cosas entre él y el concreto.

El estudio realizado por investigadores de la Facultad de Ingeniería de la UAS, mediante el análisis de imágenes de la costa entre 2004 y 2022, encontró un retroceso promedio de 23.52 metros en las playas de la Zona Dorada, en el tramo entre Punta Camarón y Punta Sábalo. En algunos puntos, la pérdida llegó a 40 metros y la velocidad de erosión alcanzó 2.5 metros por año. 

Veintitrés metros parecen poca cosa cuando se miran desde una oficina, pero vistos desde la playa son otra historia. Son metros que dejan de estar entre los edificios y el oleaje. Son metros que desaparecen antes de que alguien tenga que explicar por qué desaparecieron. Y cuando llega una marejada, una tormenta tropical o un huracán, esa diferencia deja de ser geografía para convertirse en riesgo.

Pago de facturas

No necesariamente porque una administración determinada haya inventado el problema —la erosión viene de mucho antes—, sino porque cada gobierno recibe una ciudad que también recibe las consecuencias de las decisiones anteriores. Y ahí está uno de los exámenes más serios para la política urbana de la llamada Cuarta Transformación: qué hará con un problema que no comenzó con ella, pero que tampoco puede seguir heredándose como si fuera inevitable.

La discusión no debería reducirse a quién autorizó qué ayer. Tampoco a quién pondrá concreto mañana. Debería comenzar por reconocer que Mazatlán está creciendo sobre un territorio que tiene límites físicos.

El estudio de vulnerabilidad socioambiental coordinado por Conselva, IMPLAN y Paisajes y Personas Resilientes identifica 102 mil 377 habitantes distribuidos en 2 mil 349 manzanas expuestos a peligros relacionados con el clima. Entre los riesgos identificados aparecen la inundación fluvial y costera, la inestabilidad de laderas y la erosión costera. 

Es decir: el problema dejó hace tiempo de ser exclusivamente ambiental. Ya es urbano. Ya es económico. Ya es social. Y también es político, en el sentido más elemental de la palabra: cómo decide una ciudad dónde construir, qué proteger, cuánto riesgo está dispuesta a asumir y quién paga cuando el riesgo finalmente se convierte en desastre.

Precio del “progreso”

Durante años, la idea de progreso en muchas ciudades costeras tuvo una traducción bastante sencilla: más hoteles, más condominios, más vialidades, más concreto. El paisaje se convirtió en mercancía y la playa, en un argumento de venta. El problema es que el mar nunca firmó ese contrato. Ahora la naturaleza está pasando la cuenta.

Conselva ha planteado que la respuesta no debería descansar exclusivamente en muros, escolleras y otras estructuras rígidas. Propone avanzar hacia Soluciones Basadas en la Naturaleza, incluyendo la restauración de dunas y la recuperación de ecosistemas costeros, además de pasar de la reparación de emergencia a una planeación climática de largo plazo. 

La discusión merece, por supuesto, algo más que consignas. Una moratoria urbana, restricciones a nuevas construcciones en zonas vulnerables, restauración de dunas, estudios del subsuelo, monitoreo permanente de la línea costera y participación de especialistas son propuestas que deben ser evaluadas técnicamente, con información pública y criterios verificables.

Eso es precisamente lo que Mazatlán necesita menos ocurrencias y más ciencia. El estudio de vulnerabilidad proyecta que, de continuar determinadas tendencias de crecimiento urbano, para 2030 podrían perderse 21 mil 241 hectáreas de cobertura vegetal, principalmente selva baja caducifolia, mientras la población expuesta a niveles altos y muy altos de vulnerabilidad podría llegar a 144 mil 307 personas. 

Una ciudad puede tardar décadas en destruir una barrera natural y solamente unas horas en descubrir que la necesitaba.

Eso es lo que hizo el socavón. Abrió un hoyo en el malecón, sí, pero también abrió una ventana para mirar debajo del modelo de ciudad que hemos construido.

Ya no debemos preguntar cuánto costará reparar el pavimento sino cuánto costará seguir haciendo lo mismo y cuándo se abrirá nuevamente el pavimento de la majestuosa avenida del Mar..

Porque si después del socavón volvemos a levantar el concreto exactamente como estaba, habremos reparado la avenida, pero no necesariamente habremos resuelto el problema.

Y quizá ésa sea la verdadera factura del desarrollo: descubrir, cuando el mar toca la puerta, que durante años confundimos crecimiento con seguridad.

Mazatlán todavía tiene tiempo para escoger otra ruta, pero el tiempo, como la arena, tampoco es infinito.