¿No tendrá un peso para una tortilla?
Lo pedía un hombre que ronda la tercera edad, vestido decorosamente, fuerte y sonriente.
La modestia de la petición me motivó a hurgar en los bolsillos, le entregué casi todo mi cambio cuando completaba su parlamento:”…para una tortilla, aguacate y cebolla”
-No amigo, eso ya es muy caro, no le alcanza lo que traigo-.
Cuando era chico, mi madre solía platicarme sobre la vida en El Rosario, durante su infancia. Una de sus anécdotas trataba sobre un pordiosero que de repente aparecía en las puertas justo cuando las amas de casa preparaban la comida, y lanzaba una petición ingeniosa:
Tía ¿no me regala una tortilla pura con carn
Los tiempos eran duros en El Rosario de 1940. No cualquiera podía comer carne y mucho menos disponía de un sobrante qué regalar, pero el hombre conseguía siempre algo más para la tortilla.
Muchos años después llegó a mis manos un ejemplar del libro Mi barrio del 22 de Don Carlos Hubbard, que entre muchos gozosos relatos, traía el de ese pedigüeño, a quien incluso identificaba por un sobrenombre.
Ese día no fui a comer en casa ni adelanté trabajo en la redacción de El Sol. Me fui a mostrarle el libro a mi madre, empezando con esa pequeña historia. Le brotaron las lágrimas, transportada a aquellos viejos tiempos en su pueblo natal.
Ella se quedó con el libro y como desde chica padeció por la mala vista, ponía a sus hijas o hijos a que se lo leyeran. Recibía cada sesión como si fuese nueva. Pese a mis recomendaciones de cuidar el libro porque no era una edición comercial y no se podría reponer, se lo soltó al Chito, mi hermano. Por supuesto, no lo regresó.
Un día mi amigo Armando Montalvo me confesó que había sido beneficiado por un pleito doméstico entre el Chito y Lourdes, quien entonces era su esposa. “Le sacó a la calle un montón de cosas, discos, ropa, algunos libros. Yo me llevé unos discos bien chingones de rock”.
Siempre tuve la idea de buscar a Enrique Hubbard, hijo de dos Carlos, para motivarlo a que sacaran una nueva edición de los dos o tres libros de relatos que dibujaban al Rosario del siglo pasado, con las historias de su gente, no la de sus supuestos próceres.

Nunca lo hice, y hoy que Enrique ha fallecido, veo que tuve al menos una oportunidad: el homenaje que se rindió a otro grande de nuestra región, Don Dámaso Murúa, en el Centro Cultural Multiversidad. Ahí participamos con Enrique y con Yuri Murúa, con Faustino López Osuna, Polo García y Joaquín Hernández.
La partida del embajador Enrique Hubbard nos ha consternado a muchos, porque su desempeño como activo agente social dejó huella, y está vinculado a muchas historias y anécdotas, como la del pedigüeño que esta mañana pedía un peso para una tortilla, aguacate y cebolla, y la de aquel que hace unos 85 años recorría las casas de Rosario pidiendo “una tortilla pura con carne”,


