CULTURA

La piel que escribe y recuerda | Crónica de Margarita Ebanogorrea

Por Margarita Ebanogorrea* | Especial

La piel también recuerda.

No como recuerda la historia —con fechas, nombres y mármoles—, sino como recuerda el cuerpo: con una vibración mínima, con una cicatriz que vuelve a doler cuando cambia el clima, con una música que se cuela sin pedir permiso.

Anoche, Mazatlán veló con arte a una piel colectiva.

Un teatro respirando al mismo tiempo, una ciudad que se miró a sí misma sin maquillaje, sin prisa, con la calma antigua de quien sabe que la palabra también puede bailar.

Cuando una escritora habla de la piel como territorio, no habla del límite, sino del umbral. La piel es frontera y es casa; es memoria y es riesgo. Es donde empieza el mundo y donde termina la inocencia. Tal vez por eso la literatura —cuando es verdadera— no se escribe con la cabeza, sino con el cuerpo entero. Ese es el lienzo de Ana Clavel, Premio Mazatlán de Literatura 2026.

No hubo solemnidad excesiva. Hubo gratitud.

No hubo discursos altisonantes. Hubo confesión.

Esa clase de confesión que no busca aplauso, sino silencio: el silencio que se necesita para escuchar la primera frase antes de escribirla:

Los libros los escribo antes de empezar a escribirlos… poco a poco, la tentación de sentarse a escribir comienza a ser insoportable. Pero no cedo, no puedo empezar si no doy con la primera frase”,

Después, la música.

La música como herencia que no pide permiso para seguir viva. Voces que cargan generaciones, pasos que dibujan en el aire lo que no cabe en un archivo. El escenario se volvió altar laico: ahí convivieron el cine, la canción ranchera, el bolero, la danza; ahí se abrazaron el duelo y la fiesta, como ocurre siempre en esta tierra.

Sinaloa no se explicó. Se cantó.

Y en ese canto apareció algo raro y necesario: el orgullo sin estridencia. El orgullo que no presume, que no grita, que simplemente es.

Hubo también un gesto de memoria. De esas memorias que no buscan estatua, sino gratitud. Un nombre pronunciado con respeto, con afecto, con la conciencia de que la cultura no se sostiene sola: la sostienen personas que creen en ella cuando no es rentable, cuando no es cómoda, cuando no da likes.

El cierre fue inevitable y perfecto: la tambora.

Ese latido que no se puede traducir. Ese sonido que no se aprende, se hereda. El cuerpo entiende antes que la razón. Los pies saben lo que la cabeza todavía duda.

Y entonces todo tuvo sentido: la piel, la letra, la música.

No como eventos separados, sino como una misma materia viva.

Porque al final —y esto lo sabe cualquier dramaturga, cualquier escritora, cualquier espectadora atenta— el arte no ocurre en el escenario ni en el libro.

Ocurre en la piel de quien lo recibe.

Y anoche, Mazatlán, la recibió abierta.

• Margarita Ebanogorrea | Dramaturga | Inviernos en Mazatlán