Mariana I es coronada Reina de los Juegos Florales 2026 en una noche histórica para la poesía y la tambora
El Estadio Teodoro Mariscal fue escenario de una ceremonia que rindió homenaje a Germán Lizárraga por 75 años de trayectoria y celebró la tradición literaria del Carnaval Internacional Mazatlán 2026.
Por Margarita Ebanogorrea* | P23
El Estadio Teodoro Mariscal se transformó en un recinto de solemnidad y fiesta durante la coronación de Mariana I como Reina de los Juegos Florales del Carnaval Internacional Mazatlán 2026, bajo el lema tronador ¡Arriba la Tambora!.
El Estadio dejó de ser estadio para convertirse en templo. No de piedra, sino de tambora. Allí, fue coronada Mariana I, Reina de los Juegos Florales, en una ceremonia donde la poesía y la música se miraron de frente como dos viejos amantes que nunca se han traicionado.

La ceremonia incluyó la entrega del Premio Clemencia Isaura de Poesía a Ricardo Venegas Pérez por su obra “Nada en un verso me es ajeno”, reafirmando el vínculo histórico entre literatura y carnaval en el puerto.
El aire olía a pólvora festiva y a papel recién escrito. El título bien pudo haber sido la consigna de la noche: nada fue ajeno al verso, ni el clarinete, ni la tuba, ni la memoria.
Uno de los momentos más significativos fue el homenaje a Germán Lizárraga, quien recibió reconocimiento por 75 años de trayectoria artística. El músico, fundador de Estrellas de Sinaloa, participó activamente en la velada interpretando el clarinete.

El gobierno de Mazatlán y el Instituto Municipal de Cultura, Turismo y Arte lo honraron, pero fue el público quien lo consagró. Entró vestido de gala, con el clarinete entre las manos, y el estadio se puso de pie como si reconociera a un capitán que vuelve a puerto.
La Orquesta Sinfónica Sinaloa de las Artes acompañó la producción musical junto con Estrellas de Sinaloa y el Ballet Folclórico de Cultura.
No fue fusión, fue conversación: la solemnidad europea y la raíz sinaloense enlazadas como dos corrientes que desembocan en el mismo delta. El Ballet Folclórico de Cultura bordó la escena con pasos que parecían escritos sobre el aire.
Sonaron Los Papaquis, De Mazatlán a Acaponeta, Cinco de Chicle, El Niño Perdido, Mambo 8, Toro Mambo. Cada pieza era una carta abierta al puerto. En cada compás latía esa certeza de que la tambora no sólo se escucha: se hereda.
Hubo un momento suspendido en el tiempo: el homenaje a Karina Dueñas Loubet, Reina de los Juegos Florales hace 25 años. Su hijo, Joel Álvarez Dueñas, inclinó el cuerpo ante ella en reverencia limpia. No fue protocolo, fue gratitud. En el gesto cabía la genealogía entera de una tradición que se escribe con nombres propios.

Cuando Mariana I ascendió al trono, lo hizo acompañada de danza y metales. Fue coronada por el poeta ganador, como dicta la antigua liturgia de los Juegos Florales: la poesía entrega la corona y la reina devuelve la Flor Natural. Es un pacto simbólico que Mazatlán custodia con celo marinero.
La noche también contó con la participación de invitados especiales como Edén Muñoz, Julio Preciado, Pancho Barraza y El Mimoso, quienes se sumaron al homenaje musical.

Si hoy estuviera en el Cantábrico, diría:
que hay noches que no pertenecen al calendario sino a la memoria. Esta fue una de ellas.
Mazatlán coronó a su reina, celebró a su poeta y abrazó a su músico mayor. Y mientras los fuegos artificiales bordaban el cielo, la tambora confirmó lo que el mar sabe desde siempre: la identidad no se declama, se acaricia…







