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Memorias del Jegro: Los chinos en Mazatlán

Todavía espero que el municipio de Mazatlán, por no hablar del gobierno federal, reconozca que aquello fue una salvaje injusticia y exprese su mea culpa con algunos gestos sencillos, que prácticamente no les costaría nada: arreglar la fosa común en el panteón, colocar una placa en honor de los caídos. Simplemente, como ya lo he mencionado, enviarles flores el 2 de noviembre, con eso bastaría.Jehro
Mazatlán, Sinaloa | 9 agosto 2026 | Jesús Ernesto Gómez Rubio | Memorias del Jegro

Una de las actitudes más absurdas e irracionales que ha tenido el mazatleco en su historia es el trato inhumano que se les dio a los chinos. Cabeza de esa cruzada xenofóbica fue el General Zertuche, que desde 1921 se dedicó a extorsionar a los asiáticos, cuyo gran agravio a las costumbres nacionales consistía en ser muy trabajadores y levantarse antes que toda su competencia para comprar en el Mercado Municipal, en ese tiempo muy moderno y limpio. Ya le habían cambiado el nombre de Manuel Romero Rubio, el cual llevaba como una forma de homenaje para el suegro de Don Porfirio, por el de Pino Suárez, con el que hasta hoy lo conocemos; sucio y lleno de ratas, pero atractivo para el turismo.


MI VIEJO MAZATLÁN

Creo que me fui por la tangente, regreso al tema de los chinos: los historiadores comunmente (y cómodamente) ligan a Mazatlán con la influencia, a veces perversa, de comerciantes alemanes y españoles, y con nombres como Bartning, Melchers y Echeguren.

A simple vista, es difícil convencerse de lo contrario; sin embargo, en lo que respecta a principios del siglo xx, siempre he sostenido que los chinos tenían un peso enorme en las actividades comerciales del puerto, pero dado el carácter tímido e introvertido de los asiáticos, y a la negra historia que de ellos se cuenta, su presencia e influencia se minimiza.

Reproduzco un dato del Departamento de la Estadística Nacional en su trabajo Sonora, Sinaloa, Nayarit, para el año de 1926, con el que queda claro lo que significaban en la vida comercial los chinos.

Se trata de una investigación de todos los capitales iguales o mayores a 5,000 pesos invertidos en giros comerciales. Estos totalizaban $9’770, 000. De ellos, el 29.8% correspondía a chinos y japoneses, 28% a los alemanes, 20.2% a mexicanos, el 12.1% a norteamericanos, el 7% a españoles y el 2.9% a sirio libaneses, el resto a diversos.

Por otra parte, la gente los odiaba porque eran muy disciplinados y con eso se adueñaron del comercio. En sus estanquillos, por madrugadores, tenían los mejores productos, frescos y limpios. Fueron ellos los que introdujeron la verdura a Mazatlán, la traían desde sus huertas en Urías.

Al finalizar el gobierno de Obregón aumentaron en todo el país las ligas y comités antichinos, para atacar tanto a chinos como chineros, como eran llamados los que los ayudaban. A los primeros debería combatírseles mediante el boicot, negándoles toda clase de ayuda y el voto en la política, expulsándolos de los centros sociales a los que pertenecieran: anulándoles completamente, en pocas palabras.

COMITÉ ANTICHINOS

El Comité Antichino de Mazatlán, al amparo de sus 20,000 socios, pidió la expulsión definitiva de los chinos residentes en el país. Pero Mazatlán no era la única ciudad con sentimientos antichinos. En la República había 215 organizaciones antichinas, la mayoría asentadas en el norte del país.

Finalmente, en 1929, terminó la prórroga al tratado chino-mexicano, lo cual representaba el inicio de la expulsión de chinos. Las miserias no acababan ahí. Al ser expulsados se fueron con mujeres e hijos. Con el tiempo, muchas madres mexicanas se quejaron con el viceconsul de Shangai, Don Mariano Fresco, entre ellasuna mexicana casada con chino y residente en Nanking, que vivía en un cuarto de ¡dos metros cuadrados!, imposibilitada a salir a la calle por su desconocimiento del idioma.

Otra se quejó de que su marido la obligaba a servirle de criada a su nueva esposa china. Según cifras de Juan Puig en su libro Entre el río Perla y el Nazas, en los días de mayo de 1933 llegaron a China 650 expulsados de México con no menos de 100 mujeres y niños mexicanos.

El 20 de junio de 1933 llegó la información acerca de un rumor que hablaba del envenenamiento de varias mexicanas, cosa difícil de comprobar, ya que esas mujeres eran en su mayoría ignorantes y vivían en el interior de China donde se odiaba al extranjero, sobre todo, y en correspondencia, al mexicano.

En Mazatlán, Teodoro Cruz, Maestro de la Gran Logia del Noroeste, tuvo que intervenir ante el presidente a favor de miembros de la raza china que ya se habían nacionalizado mexicanos y que, por supuesto, pertenecían a la logia masónica. Cruz acusaba a los comerciantes porteños adinerados de querer eliminar a su competencia de esa ruin manera.

Finalmente la cruel persecución aminó. Sin embargo duele preguntarse ¿cuántos muertos cobraría esa inhumana cacería? ¿cuántas mazatlecas y niños mazatlecos tuvieron que sufrir el destierro en China? Con que me digan que uno ya es suficiente para sentirme indignado. Imagínese usted a uno de esos niños mazatlecos desterrado en aquel remoto país por la xenofobia. Hoy debe ser un hombre mayor, con hijos y nietos, que tal vez ni sepa que nació en nuestro puerto. Y si lo sabe, quizá hasta nos odie.

A muchos chinos los mataron, o las mandaron fuera de la ciudad en vagones del ferrocarril en los que los amontonaban como si fueran animales, después de despojarlos de sus bienes y haberlos hecho víctimas de estremecedoras torturas, y todo por el curioso delito de trabajar duro. Otros, con mejor suerte, consiguieron escapar a la irracional persecución para después volver a iniciar prósperos negocios, caso de Carlos Ley, entre los que recuerdo.

Además de ser los principales protagonistas de la vida comercial mazatleca, codo a codo con los alemanes, españoles y franceses, los chinos fundaron industrias. La jabonería San Vicente, por ejemplo, fue establecida por ellos y después vendida a Isaac Coppel.

Hoy existe, como mudo testigo de las atrocidades y vejaciones que se cometieron en contra de aquel pueblo que nos envió gente buena y trabajadora, una fosa común en el panteón Angela Peralta. Para ellos no hay una flor el día de muertos, a pesar de que lucharon sin descanso por mejorar nuestra ciudad.

Todavía espero que el municipio de Mazatlán, por no hablar del gobierno federal, reconozca que aquello fue una salvaje injusticia y exprese su mea culpa con algunos gestos sencillos, que prácticamente no les costaría nada: arreglar la fosa común en el panteón, colocar una placa en honor de los caídos. Simplemente, como ya lo he mencionado, enviarles flores el 2 de noviembre, con eso bastaría.

Texto tomado del libro Memorias del Jegro. Edición Sociedad Histórica Mazatleca | 1997

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