Mario Martini | Especial P23
La administración de Claudia Sheinbaum presume hoy uno de sus mayores golpes simbólicos contra el crimen organizado: tres paquetes de extradiciones masivas a Estados Unidos, casi un centenar de capos, operadores y jefes regionales entregados de golpe al sistema judicial norteamericano. Las imágenes son potentes, las listas largas, los comunicados solemnes. México “coopera”, México “cumple”, México “limpia”.
Pero hay un dato incómodo que no aparece en los discursos oficiales ni en las conferencias de seguridad: ¿quién los capturó?
De los 92 extraditados en la era Sheinbaum (29 en febrero de 2025, 26 en agosto de 2025 y 37 en enero de 2026), la inmensa mayoría ya estaba presa desde antes. No cayeron en operativos recientes, no fueron producto de nuevas estrategias, ni de inteligencia de última generación. Estaban ahí, en penales federales, desde hace años, esperando que alguien firmara los papeles.

Los nombres más visibles lo confirman.
• Miguel Ángel Treviño, el Z-40, fue capturado en 2013.
• Omar Treviño, el Z-42, en 2015.
Varios operadores del CJNG, del Cártel del Golfo y del Cártel del Noreste fueron detenidos entre 2007 y 2018, en sexenios priistas y panistas.
El único trofeo real de la 4T en esa lista es Rafael Caro Quintero, recapturado en 2022, ya en tiempos de López Obrador. Uno. Tal vez dos casos más discutibles. El resto son herencias.
Es decir: la política de “abrazos, no balazos” no produjo capos; produjo trámites.
La 4T no construyó la cárcel, solo abrió la puerta. No hizo las detenciones, solo las entregó. No ganó la guerra, pero administró los prisioneros de guerras pasadas.
Y ahí está la paradoja: mientras el discurso oficial insiste en que el nuevo modelo de seguridad es más humano, más ético y menos violento, los mayores golpes contra el crimen organizado de esta administración no provienen de capturas, sino de expedientes viejos desempolvados.
La extradición se volvió política pública porque la detención dejó de serlo.

En los hechos, la estrategia no fue “abrazos, no balazos”, sino algo más honesto aunque menos épico:
“No los perseguimos, pero los mandamos.”
El problema es que eso no reduce la violencia, no debilita estructuras criminales y no construye Estado. Solo limpia bodegas judiciales. Es gestión de archivo, no política de seguridad.
Por eso las cifras engañan. Se puede presumir que se enviaron 92 criminales a Estados Unidos, pero lo que no se dice es que más del 85 % fueron capturados por gobiernos que la 4T llama “neoliberales, corruptos y fallidos”.
El régimen que prometió cambiar la historia terminó viviendo de las detenciones del pasado.
Y la estrategia que juró ser distinta acabó dependiendo, irónicamente, de los mismos métodos que decía rechazar.

La extradición masiva no es una victoria del presente: es el inventario de un Estado que dejó de capturar, pero aprendió a exportar.