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Calor, humedad, canícula y comida de Oxxo: el otro frente de la tropa

• Altas temperaturas, humedad y canícula puede convertir el equipo táctico en una trampa mortal para el organismo.

• Casi 5 mil militares comisionados en Mazatlán deben arreglárselas con entre 150 y 250 pesos diarios para comidas y pernoctar en condiciones de hacinamiento.-

Mazatlán, Sinaloa | 14 agosto 2026 | Joaquín Rodríguez | P23

En la guerra contra el crimen organizado, los soldados del Ejército Mexicano y los infantes de Marina están entrenados para enfrentar emboscadas, rastrear campamentos clandestinos, destruir laboratorios, desarticular arsenales, desactivar explosivos y operar tecnología de vigilancia.

Pero en las costas y zonas tropicales del país enfrentan a otro enemigo que no porta armas, no se esconde y no puede ser detenido con una operación militar: es la combinación casi letal de altas temperaturas, humedad y canícula que puede convertir el equipo táctico en una trampa mortal.

En ciudades costeras como Mazatlán, donde el termómetro supera los 33 grados, el cuerpo de los elementos queda sometido durante horas a condiciones que dificultan su propia capacidad de enfriamiento.

Mientras desde afuera se observan patrullajes, operativos y despliegues de seguridad, dentro del uniforme ocurre otra batalla: la del organismo contra la deshidratación.

Al fondo se observa un par de
garrafones de agua.

Efecto sartén

La propia ciudad puede agravar el problema. Pavimento y concreto absorben la radiación solar durante el día y devuelven parte de ese calor hacia el entorno. Las construcciones bloquean las corrientes de aire y generan zonas donde la temperatura se acumula. Es el llamado efecto sartén.

A eso se suma el patrullaje en camionetas pick-up y hummers que no tienen, por razones operativas, aire acondicionado. Las carrocerías metálicas expuestas al sol se convierten en superficies que acumulan calor, mientras los elementos que viajan en las bateas reciben directamente el viento y lejos de refrescar, esas ráfagas pueden acelerar la pérdida de líquidos.

Efecto sauna

El calor, sin embargo, no es el único problema, pues combinado con la humedad es el factor que puede llevar la situación al límite.

Con temperaturas de 33 a 34 grados y humedad superior al 70 por ciento, el sistema natural de enfriamiento del cuerpo pierde eficacia. El sudor necesita evaporarse para ayudar a disminuir la temperatura corporal. Cuando el aire está saturado de humedad, esa evaporación se vuelve mucho más difícil.

Al no haber evaporación, la temperatura interna del cuerpo se dispara. El chaleco balístico con placas cerámicas (que pesa entre 8 y 11 kilos) actúa como un aislante térmico perfecto, atrapando el calor del torso y creando un microclima interno que puede rebasar los 45 °C. Bajo estas condiciones, el uniforme textil se empapa por completo en menos de 20 minutos, sumando hasta 1.5 kilos de peso muerto de puro líquido retenido.

De acuerdo con el pronóstico meteorológico a 96 horas cpara Mazatlán, las temperaturas podrían alcanzar hasta 35 grados, con niveles de humedad cercanos al 80 por ciento.

El deber bajo el sol

El desgaste puede verse también en la báscula. Durante jornadas operativas prolongadas bajo el sol, un elemento puede registrar pérdidas de entre cuatro y cinco kilos de peso corporal, según fuentes consultadas..

No se trata de grasa. Es, principalmente, pérdida de líquidos y electrolitos. Y la exigencia aumenta cuando el militar marcha con entre 15 y 28 kilos de equipo: chaleco, casco, armamento y sistema de hidratación.

El calor también puede reducir el apetito. Así, mientras aumenta el gasto físico, disminuye la ingesta de alimentos, dando como resultado una combinación peligrosa: deshidratación, fatiga y déficit energético.

Durante jornadas operativas continuas bajo el sol tropical, un elemento puede registrar una pérdida de entre 4 y 5 kilogramos de peso corporal. Esta reducción no corresponde a una quema de grasa, sino a una deshidratación masiva de líquidos y pérdida severa de electrolitos.

El gasto energético de marchar cargando un peso total de 15 a 28 kilos (distribuidos entre el chaleco, el casco de Kevlar, el fusil de cargo FX-05 y el sistema de hidratación) supera las 5,000 calorías diarias. Paradójicamente, el calor extremo suprime el apetito, provocando un déficit calórico forzado. Los médicos militares advierten que perder más del 4% del peso corporal en agua reduce los reflejos, disminuye la fuerza muscular y nubla la capacidad de toma de decisiones en fracciones de segundo.

La pérdida importante de agua corporal puede afectar los reflejos, la fuerza muscular y la capacidad para tomar decisiones. En un operativo, emboscada o reacción, una fracción de segundo puede ser determinante.

Fatiga acumulada

Las jornadas tampoco se ajustan a un horario de oficina. Un turno de vigilancia o patrullaje puede extenderse entre ocho y 12 horas. Las misiones de seguridad y los despliegues de emergencia pueden prolongarse hasta alcanzar jornadas de 18 o 24 horas continuas.

El problema no termina cuando baja el sol. En los campamentos provisionales, las altas temperaturas nocturnas de la costa pueden impedir un descanso profundo y favorecer la acumulación de fatiga.

Parientes incómodos

El masivo despliegue de seguridad para blindar a Mazatlán durante esta temporada vacacional expone una realidad logística tan incómoda como evidente: el puerto no tiene espacio físico para albergar a su propio ejército de protectores.

Con la llegada de los miles de efectivos de refuerzo, las tropas comisionadas se han convertido, de cierta forma, en los parientes incómodos de la infraestructura pública; se les necesita con urgencia en las calles, pero no caben en ningún lugar a la hora de dormir.

La capacidad de las bases fijas tradicionales —las instalaciones navales y los cuarteles generales estables de la región— se saturó en las primeras horas, obligando al personal restante a una dispersión habitacional que roza el hacinamiento y pone en jaque su descanso térmico.

Un tercio de los elementos de refuerzo ha tenido que ser absorbido de manera improvisada en las áreas comunes y canchas de las unidades habitacionales institucionales. Otro porcentaje considerable pernocta en campamentos provisionales levantados con carpas tácticas en terrenos de la periferia, donde el bochorno nocturno es implacable.

Sin embargo, el grueso de la fuerza de infantería encontró refugio en la infraestructura civil: auditorios municipales y, principalmente, salones de clase de escuelas públicas que el Ayuntamiento tuvo que habilitar de emergencia como cuarteles temporales.

Allí, alineados en literas de campaña y colchonetas sobre el piso, los soldados intentan conciliar el sueño combatiendo a los mosquitos y mitigando el sofoco con apenas unos ventiladores comerciales.

Con el inminente regreso a clases, los planteles educativos deberán volver a su función original, despojando a las tropas de sus improvisados espacios de descanso.

El dilema para los mandos es crítico: en un puerto que hierve a más de 33 °C, mantener blindadas las calles requerirá encontrar un nuevo techo para miles de hombres, antes de que el cansancio y el calor terminen por desarmar a la tropa.


Alimentar a más de 5 mil tropas

La presencia de fuerzas federales en las calles de Mazatlán implica una operación logística de grandes dimensiones.

La investigación de P23, basada en anuncios oficiales recientes sobre arribo de tropas, estima entre 4 y 5 mil elementos comisionados de Ejército, Marina y Guardia Nacional movilizados desde otros estados para reforzar la seguridad en el puerto.

Mantener ese despliegue no sólo requiere vehículos, combustible, armamento y alojamiento. También hay que alimentar a la tropa.

Lejos de las cocinas de los cuarteles, los elementos reciben una asignación diaria para alimentación que, según la información recabada oscila entre 150 y 250 pesos, según el grado.

Fraccionado en tres comidas, el presupuesto deja alrededor de 50 a 80 pesos por alimento y en una ciudad turística como Mazatlán, donde los precios pueden estar condicionados por la actividad turística del puerto, el margen es reducido.

La comida debe cumplir tres condiciones: ser accesible, aportar energía y estar disponible de inmediato porque el patrullaje no espera.

Un desayuno puede quedar interrumpido por una llamada, una comida puede terminar de golpe ante una emergencia y entonces la logística alimentaria pasa a ser forma parte de la operación.

El Servicio de Sanidad Militar y Naval tiene lineamientos muy claros para evitar que el personal caiga por golpe de calor o deshidratación masiva:

  • La regla del «No esperar a tener sed»: Los comandantes de sección tienen la obligación de ordenar pausas de hidratación cada 30 o 45 minutos durante marchas o patrullajes a pie bajo el sol. La sed ya se considera un síntoma de deshidratación de primer grado.
  • El reabastecimiento del Camelbak: Cada elemento porta un sistema de hidratación flexible en la espalda (de 2 a 3 litros). El protocolo dicta que el agua debe estar complementada con sales de rehidratación oral (electrolitos en polvo proporcionados por la misma institución, similares al Vida Suero Oral).
  • Tabla de Consumo: En climas húmedos arriba de 33 °C, el manual estipula que un soldado debe consumir entre 750 ml y 1 litro de líquidos por cada hora de esfuerzo físico continuo.

Las Fuerzas Armadas manejan dos vertientes de alimentación según el lugar donde se encuentren: 

  1. En el Cuartel o Base de Operaciones: La alimentación está controlada por nutriólogos militares. Se diseñan menús de alta energía (entre 3,500 y 4,500 calorías diarias) ricos en carbohidratos complejos, proteínas y verduras para soportar el desgaste.
  2. En la Selva o Sierra (Raciones de Combate): Se utilizan cajas de raciones individuales selladas al vacío. Incluyen alimentos listos para comer (guisados precocidos, barras energéticas, frutos secos y galletas saladas) diseñados para aportar energía inmediata sin necesidad de refrigeración.

Comer en la calle puede costar un arresto

Aquí aparece otra paradoja. Los elementos tienen restringido el consumo de alimentos en puestos ambulantes.

Un puesto de tacos, una carreta o un negocio informal pueden representar una alternativa económica y rápida para cualquier persona, pero para un militar en servicio, esta situación es distinta.

El argumento institucional es sanitario y operativo: una intoxicación o infección gastrointestinal podría afectar simultáneamente a varios elementos y reducir la capacidad de respuesta de una unidad.

Las consecuencias para el militar que sea sorprendido infringiendo esta norma por los inspectores de la Policía Militar o sus propios mandos son severas.

Las sanciones van desde amonestaciones en su expediente hasta arrestos disciplinarios de 24 a 72 horas en las instalaciones militares, obligando al elemento a cumplir sus horas de castigo sin derecho a salir de la base, perdiendo sus días de franquicia (descanso) y sentando un precedente que frena sus posibilidades de ascenso. 

El deber bajo el sol

La seguridad en las calles de México suele medirse en el despliegue de tecnología, el calibre de las armas o el impacto de los operativos de inteligencia. Sin embargo, la realidad diaria de las tropas comisionadas en puertos como Mazatlán demuestra que la mayor batalla no solo se libra contra la delincuencia, sino contra el desgaste biológico que impone el territorio.

Hombres y mujeres cargan de 15 a 28 kilos de equipo táctico dentro de un auténtico «sauna urbano» donde la sensación térmica roza los 44 °C, atrapados en uniformes empapados que anulan el sistema de enfriamiento natural del cuerpo. Esta fricción constante entre las necesidades tácticas y los límites de la resistencia humana expone una de las facetas más crudas y menos visibles del servicio militar en zonas tropicales.

Esta paradoja operativa se hace evidente en las esquinas de las tiendas de conveniencia, donde la rigidez de los manuales de sanidad militar se rinde ante la urgencia de la inmediatez civil.

El soldado que busca calorías rápidas o un sorbo de agua helada en ruta no comete una indisciplina; ejecuta un acto de supervivencia en un entorno donde consumir en el ambulantaje es una falta castigada con el calabozo.

Con un salario base que apenas ronda los $19,000 pesos mensuales netos para los rangos más bajos de la tropa, estos elementos operan al límite de sus capacidades físicas bajo jornadas extenuantes que ignoran los relojes de oficina.

En el trópico caliente, el termómetro es un rival invicto que demanda tanto coraje como cualquier estrategia enemiga.


Las tiendas de conveniencia terminan convirtiéndose en una solución práctica para esa ecuación.

Vietnam: cuando el clima derrota ejércitos

La historia militar ofrece un antecedente que ayuda a entender la dimensión del problema.

Durante la Guerra de Vietnam, las fuerzas estadounidenses tuvieron que combatir en un ambiente tropical para el que buena parte de su equipamiento y logística no estaba diseñado.

Calor, humedad, enfermedades, lodo y agotamiento formaron parte de la guerra cotidiana.

Mientras las fuerzas de Vietnam del Norte utilizaban la extensa red de túneles de Củ Chi como refugio y espacio de descanso, los soldados estadounidenses enfrentaban durante largas jornadas las inclemencias de una selva hostil.

Quedó claro que el clima no disparaba, pero desgastaba. La experiencia de Vietnam dejó una lección que décadas después conserva vigencia: la adaptación al terreno y al clima puede ser tan importante como la tecnología, el armamento, la estrategia o la inteligencia militar.

En las calles pavimentadas y bajo el sol de Mazatlán, esa premisa adquiere otra dimensión: el enemigo no siempre está enfrente, a veces está en el termómetro.

Próxima entrega: el costo de blindar Mazatlan;


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