Un super-El Niño para hervir la Tierra*
• El calentamiento extraordinario del Pacífico podría elevar las temperaturas globales y alterar las lluvias durante 2027.-
• México enfrenta riesgos de sequía, calor extremo e incendios, pero los pronósticos ofrecen meses cruciales para prepararse.-
Nov 3, 2026

A las personas nos encanta el agua caliente. La usamos para preparar té y café, para cocinar y, sobre todo, para esos baños que empiezan con la firme intención de durar cinco minutos y terminan en largas y profundas meditaciones metafísicas. Incluso pagamos por meternos en albercas, jacuzzis y aguas termales. Y no es una afición reciente: lo hacían los griegos y los romanos en sus famosos baños; los japoneses llevan siglos disfrutando de los onsen y los nahuas acudían a lugares como Atotonilco, cuyo nombre significa, literalmente, “lugar del agua caliente”.
Parece que, sin importar la época o el lugar, unos cuantos grados de más en el agua nos resultan una excelente noticia. Pero todo depende de cuánta agua calentemos. Una taza, una tina o una alberca suenan bastante bien. Pero, ¿qué pasa cuando calentamos una buena parte de un océano? ¿Seguimos disfrutando esos grados de más?
La respuesta corta es: ¡para nada! La empezamos a pasar bastante mal. Sobre todo si ese calentamiento ocurre en el océano Pacífico (el más grande de todos)… y aquí comienza nuestra historia. Sucede que cada pocos años una enorme porción de este océano se calienta más de lo normal, y aunque un par de grados adicionales pueden parecer poca cosa, cuando hablamos de varios millones de kilómetros cuadrados de océano se crea un caos de nivel planetario. Toda esa agua caliente interactúa con la atmósfera y puede alterar el clima a miles de kilómetros de distancia: cambiar las lluvias en México, favorecer sequías en Australia, modificar los monzones en Asia, alterar la temporada de huracanes del Atlántico e incluso elevar la temperatura promedio de todo el planeta. Este gigantesco calentamiento del Pacífico tropical tiene un nombre bastante inocente para semejante capacidad de desastre: El Niño.
Aquí te voy a platicar un poco sobre qué es El Niño (si quieres saber más puedes consultar otro artículo que escribí… ¡hace más de una década! en “Vuelve El Niño”, ¿Cómo ves?, núm. 190), pero sobre todo te contaré qué es este super-Niño, que la comunidad meteorológica ya comienza a llamar Niño Godzilla por lo titánico de sus efectos.
Y es que durante 2026 las temperaturas del Pacífico ecuatorial comenzaron a aumentar rápidamente y, para agosto, la Administración Nacional Oceánica y Atmosférica de Estados Unidos (NOAA, por sus siglas en inglés) estimaba una probabilidad superior al 90 % de que El Niño alcance una gran intensidad durante el otoño y el invierno de 2026-2027 y una de 69 % de que llegue a niveles históricos hacia finales de año. En otras palabras, tal vez se venga El Niño más fuerte jamás registrado, y eso podría convertir a 2027 en un año climáticamente muy preocupante.
De agua, aire y tormentas
El nombre completo del fenómeno es El Niño-Oscilación del Sur, o ENSO, por sus siglas en inglés. El fenómeno tiene dos fases famosas: El Niño, que sucede cuando una extensa región del Pacífico tropical se vuelve anormalmente cálida, y La Niña, que aparece cuando el océano se enfría. Entre ambos tenemos condiciones neutrales, esos breves periodos en los que el océano decide comportarse como un angelito.
Para saber en qué fase estamos, científicos de muchas partes del mundo miden la temperatura del Pacífico ecuatorial. Lo hacen directamente con termómetros, con satélites, boyas, submarinos y de todas las formas que te imagines. Se mide en una región acordada internacionalmente (que es literalmente una enorme caja imaginaria dibujada sobre el océano). Lo interesante es que además se puede medir la temperatura de la corriente marina de la misma caja a varios metros de profundidad, lo que permite predecir lo que ocurrirá en algunos meses. Así, cuando esta caja y todo lo que tiene abajo permanece suficientemente caliente por varios meses tenemos un Niño; si está más fría de lo normal, una Niña. Pero El Niño no es solamente agua caliente: es una mudanza climática a escala planetaria. En condiciones normales el viento sopla de este a oeste sobre el Pacífico tropical y empuja el agua caliente hacia Indonesia y Australia, donde termina acumulándose. Es como si todo el océano hubiera decidido arrinconar el calor de ese lado del mundo. Mientras tanto, frente a las costas de América del Sur el agua superficial que se aleja es reemplazada por agua fría que asciende desde las profundidades, haciendo surgir millones de toneladas de nutrientes y con ello enormes bancos de peces y sus respectivas pesquerías. Pero durante El Niño los vientos alisios pierden fuerza (debido a cambios en la presión atmosférica causados por el cambio térmico del mar). El agua caliente, ahora con mayor libertad de movimiento, comienza a desplazarse hacia el centro y el este del Pacífico. Al extenderse por miles de kilómetros en la superficie el agua caliente queda en contacto directo con el aire, que absorbe todo este calor, calentando la atmósfera de manera extraordinaria. Pero la corriente no viaja sola: con ella se mueven las zonas en las que el aire asciende, donde se forman las nubes y cae la lluvia. El Pacífico tropical es uno de los grandes motores de la circulación atmosférica del planeta, y cuando redistribuimos todo ese calor la atmósfera también tiene que reacomodarse. Cambian los vientos, las tormentas y las lluvias a miles de kilómetros de distancia, y al transferir más calor del océano a la atmósfera, también se calienta nuestro planeta.
Cuando llega la cuenta
Hasta aquí todo podría parecer una interesante historia de física planetaria o de climatología: movemos agua caliente por el Pacífico, cambiamos algunos vientos, recorremos las nubes de lugar y vemos qué sucede. El gran inconveniente es que bajo las nubes vivimos 8 mil millones de personas que dependemos bastante de que llueva donde normalmente llueve, de que los ríos no se salgan de su cauce, de que los cultivos tengan agua y de que los peces permanezcan donde los pescadores esperan encontrarlos. Cuando El Niño cambia estas condiciones todas y todos pagamos la cuenta.
Cuando llega un Niño intenso se pierden cosechas, disminuyen las capturas de las pesquerías, se corta la producción de electricidad, se incendian bosques y las inundaciones destruyen casas, carreteras y puentes. Y la factura no termina cuando vuelve a portarse bien: una carretera tarda meses en reconstruirse y un agricultor puede necesitar años para recuperarse. De hecho, en un estudio de Christopher Callahan y Justin Manking publicado en la revista Science en 2023 los autores calcularon que los grandes eventos de El Niño de 1982-1983 y 1997-1998 provocaron pérdidas acumuladas para la economía mundial de 4.1 y 5.7 billones de dólares, respectivamente, y estimaron que los daños podrían ascender a 84 billones de dólares en el siglo XXI.
¿Dónde se pierde todo ese dinero? En una cosecha que no llegó al mercado, en un pescador que regresó con las redes vacías, en una fábrica que tuvo que detenerse porque faltó agua o electricidad, en una carretera que quedó bajo el agua o en miles de personas que no pudieron trabajar durante una ola de calor. Otro estudio, publicado por la revista Nature Communicationsen 2023, encontró que los efectos económicos de un Niño extremo pueden extenderse por tres años tras el evento. Entonces no se trata sólo de impactos instantáneos; cuando El Niño es muy intenso (como el que posiblemente veamos en 2027) genera una cadena de efectos que puede prolongarse por varios años.
ANTES DE QUE SE PRESENTE

Ante un episodio de El Niño, y en especial uno de las dimensiones godzillianas que se pronostican, lo mejor es prevenir, y existen diversas acciones tanto individuales como colectivas por las cuales podemos empezar.
- En casa conviene revisar techos, canaletas y coladeras antes de las lluvias, así como reparar filtraciones y ubicar los sitios que podrían inundarse tras una lluvia intensa.
- Si tienes la posibilidad de adquirir un ventilador o un enfriador de aire es un buen momento para hacerlo. Si no, durante el calor, cierra cortinas o persianas cuando el sol sea más intenso y ventila cuando refresque.
- Ten a la mano una mochila de emergencia con agua, alimentos no perecederos (enlatados con abrefácil), botiquín y medicamentos de uso frecuente, repelente para mosquitos, copias de documentos importantes, un silbato y una linterna. así como rutas de evacuación y refugios cercanos identificados.
- Las consecuencias de El Niño no afectan igual a todxs. Personas mayores, bebés, trabajadorxs al aire libre, personas con discapacidad o personas y animales en situación de calle pueden enfrentar más riesgos. Por lo que una llamada, un poco de agua, comida o ayuda para llegar a un lugar fresco también son medidas correctivas de mitigación.
- Si tienes perros, gatos u otros animales asegúrate de que tengan agua y lugares frescos de descanso.
- También te invitamos a instalar bebederos para aves e insectos en recipientes poco profundos. Si tienen piedritas dentro para que puedan posarse, aún mejor. Pero recuerda cambiar el agua a diario para evitar mosquitos.
- Pregunta a tus autoridades locales por sus planes de prevención.
El fantasma de 1998
El Niño de 1997-1998 fue uno de los más intensos que se han registrado. Durante 1998 las lluvias torrenciales en América del Sur causaron inundaciones y deslaves en Perú y Ecuador y las alteraciones en la temperatura del océano impactaron algunas de las pesquerías más importantes del continente. Al otro lado del Pacífico, Indonesia sufrió una intensa sequía que contribuyó a provocar gigantescos incendios forestales. Además, El Niño liberó una enorme cantidad de calor del océano hacia la atmósfera: 1998 fue el año más caliente desde que existen registros instrumentales (y ya hemos roto ese récord muchas veces).
México tampoco salió bien librado. Tras un invierno con lluvias, bajas temperaturas y heladas en distintas regiones llegó una primavera extraordinariamente seca y caliente. Y entonces ardió el país. Durante 1998 se registraron más de 14 mil incendios forestales y cerca de 850 mil hectáreas fueron afectadas por el fuego, una superficie equivalente a casi seis veces Ciudad de México. El fuego fue tan generalizado que combatirlo requirió la participación de miles de brigadistas, voluntarios y miembros del ejército, y el humo producido por los incendios llegó a Estados Unidos. Lo más extraordinario, sin embargo, no fue solamente cuánto se quemó, sino qué se quemó.
En el sureste el fuego penetró incluso en ecosistemas que rara vez imaginamos ardiendo: selvas tropicales húmedas y bosques mesófilos de montaña, caracterizados por abundantes lluvias, humedad y neblina. Es difícil encontrar una imagen más clara de lo excepcional del clima de ese año, y de lo terrible que fue aquella sequía, que un bosque que crece entre nubes convertido en combustible.
Por eso 1998 sigue siendo una referencia importante en los registros climáticos y en nuestras predicciones. Nos mostró la magnitud que pueden alcanzar los impactos de un Niño muy fuerte. También nos dejó dos lecciones importantes: El Niño no produce un solo tipo de desastre ni afecta igual todos los lugares. Puede significar inundaciones en una región y sequías a miles de kilómetros de distancia. Y sus consecuencias tampoco desaparecen cuando las aguas del Pacífico vuelven a enfriarse. El Niño puede durar unos cuantos meses; sus huellas, bastante más.
Pero 2027 no es 1998: Ahora tiene fiebre
Hay una diferencia fundamental entre aquel Niño de 1997-1998 y el que estamos observando ahora: han pasado casi tres décadas y el planeta es considerablemente más caliente, y con ello también el mar. Desde esos años hemos seguido acumulando gases de efecto invernadero en la atmósfera, y como consecuencia la temperatura media global ha aumentado y los océanos han almacenado una enorme cantidad de energía adicional. Esto tiene un efecto sinérgico muy preocupante. El calor adicional que va a transferir El Niño a la atmósfera se suma a un planeta de por sí caliente.
¿Entonces es inevitable que 2027 sea el año más caliente de la historia, que México vuelva a arder o que tengamos una colección de catástrofes? No necesariamente. Quienes estudiamos el clima trabajamos con probabilidades, no con profecías. Pero sí podemos reconocer cuándo los dados empiezan a cargarse y mirar al pasado para saber qué puede ocurrir. Lo que sabemos con mucha mayor certeza es que 2027 tiene todos los ingredientes para ser un año excepcionalmente caliente. De hecho, algunos de los efectos ya se están viendo: Europa, por ejemplo, acaba de atravesar olas de calor extraordinarias, alrededor de 3.5 °C más altas de lo que habrían sido hace 50 años, y esto gracias al cambio climático. México tampoco queda fuera de esta historia.
El Servicio Meteorológico Nacional señala que El Niño del próximo año puede favorecer temperaturas anormalmente altas durante la primavera y el verano, particularmente en meses que coinciden con poca lluvia y suelos secos. Es muy probable que el próximo mayo y abril veamos récords de calor en todas nuestras urbes y muy posiblemente incendios a nivel nacional. Si bien no conocemos todavía el tamaño del fuego, ya podemos ver cómo se acomoda la leña.
¿Y ahora qué hacemos?
La buena noticia es que El Niño no llega sin avisar. A diferencia de lo que ocurre con un terremoto podemos observar cómo se acumula el agua caliente bajo la superficie del Pacífico, seguir su desplazamiento con boyas y satélites y utilizar modelos climáticos para estimar su evolución con varios meses de anticipación. No podemos saber exactamente cuánto lloverá en una ciudad determinada dentro de seis meses, pero sí podemos identificar regiones donde aumentan las probabilidades de sequía, calor extremo, incendios o lluvias intensas. Esto lo podemos hacer al analizar los eventos pasados de El Niño, o gracias a nuestros modelos de predicción climática, que han mejorado muchísimo en los últimos 30 años. Y esta información vale oro, porque unos meses de anticipación pueden ser la diferencia entre reaccionar ante un desastre y prepararnos para él.
Quizá esa sea la parte más importante de toda esta historia. Hace apenas una década buena parte de estos fenómenos simplemente nos tomaban por sorpresa; hoy tenemos miles de instrumentos observando el océano (cruceros midiendo en tiempo real la temperatura, boyas náuticas permanentes), satélites mirando la atmósfera y supercomputadoras calculando continuamente lo que podría suceder. El pronóstico nunca será perfecto, pero tampoco necesitamos conocer con total exactitud el futuro para tomar mejores decisiones. El Pacífico nos está avisando con meses de anticipación lo que está por venir. Tenemos la oportunidad de escuchar y hacer algo.

En México, por ejemplo, saber que aumenta el riesgo de una primavera caliente y seca nos permite cambiar muchas cosas cotidianas, así como hacer frente como nación a la posible sequía e incendios. Podemos ir preparando a nuestros brigadistas desde ahora, eliminando exceso de combustible en muchos ecosistemas en riesgo y capacitando a los agricultores para que tengan especial cuidado con las quemas agrícolas. También podemos comenzar con presupuestos para el uso de agua en regiones críticas y campañas de educación y prevención frente a la escasez hídrica para la población.
De manera individual, podemos ir pensando que entre marzo y junio debemos evitar hacer ejercicio al mediodía (y solicitar en las escuelas que los niños y jóvenes tampoco lo hagan), llevar siempre agua, usar ropa ligera, no dejar jamás a una persona o una mascota dentro de un automóvil estacionado y aprender a reconocer las señales de agotamiento y golpe de calor. También podemos preparar nuestras viviendas antes de que llegue el calor: mejorar la ventilación, generar sombra y reducir la entrada directa del sol, o hasta comprar un ventilador como una inversión de salud. Al final el pronóstico de El Niño no sirve para saber qué temperatura tendremos a las tres de la tarde de un martes cualquiera de abril sino para algo mucho más importante: estar preparados cuando llegue ese martes. Por más que nos guste el agua caliente es muy probable que la próxima primavera necesitemos muchos baños de agua fría.
*este texto se publica en la edición de noviembre de la revista ¿cómo ves?, editada por la dirección general de divulgación de la ciencia de la unam, y se puede leer completo en el siguiente enlace: https://www.comoves.unam.mx/

texto
Guillermo N. Murray Tortarolo es investigador en el Instituto de Investigaciones en Ecosistemas y Sustentabilidad de la UNAM, campus Morelia. Su investigación se centra en entender la dinámica socioecológica global y cómo la hemos alterado los seres humanos.
ilustraciones
Equipo de ¿Cómo ves?

