OPINIÓN

Ve en paz, amigo César Carvajal

Por Mario Martini

Conocí a César Carvajal Espinoza de los Monteros allá por los años setenta, cuando iba a entrevistar al licenciado Emilio Goicoechea Luna en uno de sus supermercados Maz Descuento de la calle Zaragoza.

César era entonces el contador y como todo buen contador mantenía bajo perfil, silencioso y muy eficaz. Tenía una apariencia que imponía respeto: piel tersa y rosada, lentes redondos de erudito y una calva prematura. Si le hubieran puesto un alzacuello con camisa negra, pasaba por sacerdote.

Debajo de aquella solemnidad había un hombre culto, estudioso al detalle, observador, sensible, de ironía fina, sagaz y certero: lo mismo daba un consejo con toda seriedad que soltaba una picardía o se iba directo al descabelle sin misericordia.

Me reuní con él un par de veces en su oficina de la Rio Baluarte y luego en el confortable estudio de su casa en La Marina Mazatlán, rodeado de libros encuadernados a todo lujo. César, sentado en mullidos sillones de piel negra, escanciaba buenos vinos rojos, fumaba cigarros con boquilla, escuchaba a los clásicos y daba cátedra con la pierna cruzada, en pose de Agustín Lara.

Lo mismo citaba de memoria una disposición fiscal que conversaba sobre las banalidades de la vida. Hablaba rápido, atropellado, con sarcasmo muy suyo. Alguna vez me soltó a bote pronto –no te miré– expresión rupestre que obligaba a estar atento para seguir la velocidad y profundidad de sus decires.

La amistad se fue haciendo con los años. Nos encontramos en celebraciones de la Talacha, Semanario Democrático y Tropical, hijo legítimo de Paralelo 23, o en algunas tertulias en el legendario 30-60-90, donde hablábamos de injusticias fiscales, de las trapacerías de la política y de las maneras de defenderse de un gobierno corrupto, pero también cantábamos a Chabela Vargas y Fernando Valadés.

Volvimos a encontrarnos de manera más cercana en 2011, cuando pusimos en marcha Todos Somos Sinaloa, asociación destinada a apoyar a niños de escuelas públicas primarias en zonas de marginación, pobreza y violencia. César no dudó en firmar el acta constitutiva como secretario de Finanzas. Su conocimiento fue fundamental para conseguir la deducibilidad fiscal que permitió a la organización avanzar en su propósito social. Era así: cuando se trataba de ayudar, no necesitaba explicaciones.

Después vino su paso por el servicio público como síndico procurador durante el gobierno de Jorge Abel López Sánchez. Ahí puso su rigor profesional por delante de cualquier tentación.

Recuerdo el juicio contra una empresa que pretendía obtener condiciones muy favorables para administrar la basura y demandó AL Ayuntamiento de Mazatlán. César ganó el litigio y recibió amenazas de muerte. A partir de entonces se alejó todavía más de la escena pública. Se refugió en su casa llena de libros que no estaban ahí para adornar los libreros: todos tenían separadores, anotaciones y señales de haber sido estudiados.

Ya mayor decidió estudiar Derecho porque entendió que ser contador y fiscalista no bastaba para enfrentar ciertas injusticias; había que conocer también las artes jurídicas para defenderse en el terreno donde se libraban las grandes batallas.

Hace unos días, una querida amiga me contó que había saludado a César por WhatsApp y que él le respondió enviándole tres enlaces de canciones que olían a despedida.

Entre ella, Me olvidé de vivir, de Julio Iglesias, una catarsis sincera;.

  • De tanto correr por la vida sin freno
    Me olvidé que la vida se vive un momento
    De tanto querer ser en todo el primero
    Me olvidé de vivir los detalles pequeños

    De tanto ocultar la verdad con mentiras
    Me engañé sin saber que era yo quien perdía
    De tanto esperar, yo que nunca ofrecía
    Hoy me toca llorar
    Yo que siempre reía
  • Me olvidé de vivir

Hoy vuelvo a escucharla y pienso que estaba diciendo lo que no quiso reconocer con palabras.

La otra era Time to Say Goodbye, de Andrea Bocelli y Sarah Brightman. Y la tercera, seguramente elegida por su devoción mariana y por esa fe suya en que la muerte no es el final del camino, es un lamento de gaitas y cascos de caballos que acompañan a un hombre en su nuevo camino.

César fue contador, fiscalista, abogado, servidor público y consejero. Pero para quienes tuvimos la fortuna de tratarlo, fue algo más sencillo y más importante: un amigo verdadero, uno que no necesitan estar todos los días para dejar una marca, de los que aparecen en la memoria cuando una conversación toca la inteligencia, los libros, Bach o acaricia los vientos suaves del Mazatlán en calma.

Ve en paz, querido hermano. Te lo digo seguro de que volveremos a escanciar una copa de buen vino.

Mario Martini
Paralelo 23