OPINIÓN

A Confesión de Parte | Doña Olga y cómo aprendimos a estar juntos de otra manera| Mario Martini

Mazatlán, Sinaloa | 10 mayo 2026 | Por Mario Martini

Hay dolores que no matan de inmediato. Primero van desmontando a la persona pieza por pieza, le arrancan el sueño, la dignidad física, la risa, el deseo de vivir. Y, al final, se dejan venir con todo sin misericordia.

A principios de 1973, mi madre, doña Olga Rivera Ibarra, tenía 46 años y la energía de quienes creen que el trabajo y la voluntad alcanzan para poner orden en el mundo. Mujer recia, disciplinada, de responsabilidades asumidas por herencia materna, comenzó con un dolor discreto en la parte baja de la espalda. Le echó la culpa a una corriente de aire que se colaba junto a su escritorio. Nada grave, pensó. Un malestar pasajero. No lo era, no lo fue.

La medicina de entonces, torpe, experimental y, por lo tanto, arrogante, tardó demasiado en entenderlo. Entre internamientos en el Hospital 20 de Noviembre, diagnósticos fallidos y médicos incapaces de leer el sufrimiento, el dolor fue ganando territorio hasta convertir su cuerpo en un campo de guerra.

Hubo incluso médicos que insinuaron simulación, exageración, para obtener incapacidades médicas sin tener idea de que esa mujer era Rivera.

Mi madre no conocía la autocompasión, enemiga natural de hospitales y de cualquier concesión a la debilidad. Pero el dolor no negocia con el carácter. Avanza.

Cuando finalmente decidieron intervenirla, ya era demasiado tarde. Un médico precipitado abrió la columna vertebral sin esperar estudios concluyentes ni la confirmación obligada de una biopsia. El tumor que abrazaba la columna encontró entonces el oxígeno para desatarse con furia. El incendio se esparció por todo el cuerpo. Lo que siguió fue la demolición y la derrota.

La escena era letal: vi cómo el cuerpo fuerte de mi madre se volvía territorio de agonía. La columna cediendo poco a poco. Los huesos derrotados. El chaleco ortopédico de fierros y correas que parecía castigo medieval. La morfina apenas ofreciendo treguas miserables al dolor intenso por unas cuantas horas.

Lee -como me decía- diles que me pongan otra inyección, ya no aguanto”

La sometieron a la brutalidad tecnológica experimental de la bomba de cobalto, radiaciones que destruían sin distinguir células enfermas y sanas, vómitos, náuseas, punzadas en la cabeza, un desgaste que la fue vaciando de carne, energía y esperanza.

Y entonces apareció la peregrinación universal de las familias que no aceptan perder: brebajes caseros, cápsulas de víbora de cascabel, acupuntura, santos milagrosos, brujos de madrugada en Texcoco. Cualquier referencia servía si prometía unas horas de alivio. La fe, dicen.

Nada alcanzó. La mujer alegre que fue doña Olga, la bailadora de pies ligeros, de carcajada pronta y abrazo de matriarca, fue desapareciendo dentro de un cuerpo castigado por un dolor puro. Murió el 30 de octubre de 1974.

Con los años entendí algo que me golpeó con furia retrospectiva y que es una idea que me asalta hoy en día: la marihuana que fumamos de muchachos en Avándaro para sentirnos modernos o rebeldes, habría podido aliviar el dolor que ni la morfina logró domesticar. Pero esta historia no se sostiene sólo sobre el sufrimiento.

Mi madre era mazatleca hasta el tuétano. Matriarcal, amorosa, voluntariosa, intensamente viva. Hija de una casa donde la disciplina convivía con la música, con el afecto severo, con esa forma sinaloense de amar mandando.

Durante mi adolescencia fuimos adversarios naturales. Yo quería cambiar el mundo; ella quería evitar que me destruyera antes de tiempo.

Al volver del Festival de Avándaro, al que asistí armado con una colección memorable de mentiras, me recibió sin estridencias. Preguntó simplemente si había fumado marihuana. Contesté con una mezcla de culpa y fanfarronería que sólo un adolescente conoce: si, fumé, confesé.

Y algo cambió en nuestra relación. Se abrió entre nosotros la cercanía anhelada por ambos. Más franca. Más cómplice. Más humana.

Vivimos entonces días luminosos: cine, sobremesas, conversaciones largas, música, comidas de cabrito en La Casa Noste, pequeños rituales domésticos que el tiempo van convirtiendo reliquias.

Hoy -10 de mayo de 2026- sigue apareciendo n Aretha Franklin, Lucho Gatica, en el sabor de un membrillo o en unas peladillas de Liverpool. En el pay de piña con queso que compramos en La Vaca Pinta frente al Centro Médico. En películas que vuelvo a mirar sabiendo exactamente qué escena le habría gustado. También la miro en las sábanas inmaculadas y en el abrazo de mis hijos.

En esa nostalgia que acompaña, confirmo que no se fue y que está en todos mis momentos. No tengo la menor duda: aprendimos a quedarnos juntos de otra manera.

Saludos cordiales

MM/10 de mayo 2026