Observatorio | ¿Remendar o corregir?
MARIO MARTINI
A ojo de buen cubero, la gobernadora Graciela Domínguez calculó que reparar los seis tramos colapsados de la avenida Del Mar, en Mazatlán, “requerirá una inversión importante”. Traducido al castellano puro, esto quiere decir que nos costará un ojo de la cara. ¿Semejante desembolso servirá para resolver el problema o apenas para dejar las cosas como estaban antes de que el mar volviera a reclamar su espacio?
Antes de avanzar, conviene hacer una precisión. Las autoridades se empeñan en atribuir nuestros males a la “inusual actividad ciclónica”, al mar de fondo, al Superniño, al cambio climático y al fuerte oleaje que, según la expresión recurrente, “golpea con furia” nuestras costas y se lleva lo que encuentra a su paso.
Son fenómenos naturales que existen y deben tomarse en cuenta, por supuesto, pero que también sirven para desviar la atención de una responsabilidad mucho más incómoda: la estulticia humana de construir sin respetar las condiciones naturales del territorio. Como ha señalado una reconocida periodista ambiental, los ciclones no causan por sí solos los desastres; la corrupción y la voracidad humana contribuyen a convertirlos en tragedias.
Paralelo 23 ha documentado en reportajes de fondo cómo las remodelaciones de la avenida Del Mar han ignorado, en distintos momentos, la dinámica natural del océano y han prolongado la vieja costumbre de ganar terreno al mar para extender la infraestructura urbana y turística.
La avenida se levantó sobre la duna y la franja costera terminó sometida a una presión creciente, con obras rígidas de cemento a pocos metros de donde rompen las olas. A esto se suman las planchas de concreto sobre la arena que las autoridades municipales y federales han permitido para instalar negocios a lo largo de la costa.
El resultado tiene algo de absurdo: el turista puede sentarse a comer una campechana y remojarse los pies en el mar, mientras la ciudad paga las consecuencias de haber confundido la playa con una superficie disponible para seguir construyendo. ¿Algún día los responsables de este desastre rendirán cuentas? No creo.
Si el cálculo de la gobernadora es certero y la reparación exigirá una inversión importante, lo sensato sería corregir lo que se hizo mal, no limitarse a remendar los daños para que todo vuelva a quedar como antes.
Porque si las condiciones que provocaron el colapso permanecen intactas, no hay razón para suponer que el resultado será diferente la próxima vez que el oleaje alcance esa infraestructura. Gastar millones para reconstruir lo mismo, en el mismo sitio y bajo las mismas condiciones, sería convertir la reparación en una factura recurrente para los contribuyentes.
La gobernadora tiene ahora la oportunidad de hacer las cosas de otra manera. Antes de autorizar una inversión millonaria, debería sentarse con ingenieros costeros, especialistas en oceanografía y ambientalistas capaces de explicar qué ocurrió, por qué falló la infraestructura y cuáles son las alternativas para proteger la costa y reducir los riesgos.
También tendría que revisar las decisiones que favorecieron la ocupación de la franja litoral y poner límites al apetito de llenar de pilotes y cemento un espacio cuya dinámica natural no desaparece por decreto. Si hubo errores de planeación, deben corregirse; si hubo responsabilidades administrativas, deben investigarse.
La gobernadora puede decidir entre reconstruir lo que cedió ante el mar o aprovechar la crisis para revisar las decisiones que nos trajeron hasta aquí. La diferencia no está solamente en cuánto costará la obra, sino en cuánto pagaremos si, dentro de unos años, tenemos que empezar de nuevo.
Saludos cordiales
MM
