· Por Mario Martini — Periodismo Democrático y Tropical ·

Todo mundo pensó que con un manazo de Vladimir Putin sería suficiente para destrozar a Ucrania en un 2 × 3, pero la resistencia de un pueblo decidido a defender su tierra a costa de la vida ha complicado el presupuesto ruso y la creencia mundial.

Cualquier observador serio hubiera asegurado que bastaban unos cuantos meses para que el poderoso ejército rojo se apoderara de todos los territorios que se le antojaran, pero no fue así. Una hipótesis plausible es que no midieron bien el agua a los camotes, subestimando la capacidad de resistencia de un pueblo ucraniano que no está dispuesto a ceder ni un milímetro de su territorio. Claro que cuenta —y mucho— el apoyo de gobiernos democráticos que entienden la invasión soviética como un acto perverso.

Bien, guardadas las proporciones, muchos sinaloenses creímos que el gobierno federal aniquilaría al Cártel de Sinaloa en un suspiro o tal vez dos. Pero ya, tras más de un año de combates urbanos, la resistencia criminal se ha convertido en un auténtico frente de guerra con muertos, desaparecidos y barrios que viven bajo fuego diario.

Es evidente que, como los asesores de Putin, quienes diseñaron la estrategia en el gabinete de seguridad federal no valoraron suficientemente la dimensión de la organización criminal más poderosa del mundo. O les falló el cálculo a los estrategas militares que ignoraron —o, lo que es peor, subestimaron— a este grupo delincuencial fundado en los años 70 por Miguel Ángel Félix Gallardo, que desde las últimas dos décadas expandió operaciones hacia Oceanía, Asia, Europa y por supuesto por toda América, sin que autoridades significativas lo molestaran durante cuatro o cinco décadas. Tiempo suficiente para planear una transición generacional impecable, con recursos, redes y adopción de nuevas tecnologías de comunicación.

La nueva generación recibió la empresa de sus viejos en condiciones óptimas. Según datos de prensa, se han desarticulado decenas de laboratorios de droga, asegurado armas de todo tipo y calibre —vehículos blindados, drones, minas terrestres, cámaras de videovigilancia— y sin embargo la guerra persiste.

Y como ocurre en Ucrania, esta guerra doméstica en Sinaloa no tiene para cuándo terminar, aunque estén desplegados unos 20 mil efectivos militares, navales, guardias nacionales y policías federales solo para el frente sinaloense. Aunque la cifra exacta por estado no siempre es pública, el parámetro de escala es enorme.

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Drones artillados

Por ejemplo, en la sierra de Badiraguato las facciones enfrentadas del cártel ya han recurrido al uso de drones con artefactos explosivos para atacar lugares simbólicos como la llamada “Casa Rosa”, vivienda de la madre de Joaquín “El Chapo” Guzmán, lo que confirma la escalada tecnológica de la violencia.

Entonces, la pregunta queda: ¿Cuántos cargamentos de armas se han logrado decomisar? ¿Ha disminuido realmente el volumen de drogas que México exporta —y especialmente de fentanilo— a Estados Unidos, Canadá, Europa, Asia y Oceanía? ¿Ha acortado México el poder de fuego del enemigo? Estos indicadores parecen estancados.

Me recuerda la advertencia de Vicente Fox al entonces presidente Felipe Calderón: “elige al general que te garantice 30 mil militares más para el combate del crimen organizado”. Fox tenía apenas 10 mil elementos para todo el país en ese momento, lo que da una idea del escalamiento que hemos vivido.

Voluntad política parece que sí la hay: la presidenta Claudia Sheinbaum ha visitado Sinaloa cinco veces; el gabinete de seguridad sesiona en Culiacán o algún municipio del estado cada 15 días. Entonces la pregunta es clara: ¿las capacidades del Estado mexicano han sido insuficientes para destruir a uno de los grupos criminales más poderosos del mundo o hay otras razones?

Saludos cordiales.
MM

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