Mazatlán, Sinaloa | 14 abril 2027 | Mario Martini
Durante años, los periodistas aprendimos a vivir en la raya. No como metáfora, sino como condición de trabajo y estilo de vida: transitamos sobre una línea delgada entre la disyuntiva de contar o callar, publicar o sobrevivir o entre estirar o aflojar.
Esa delgada línea -en la que también caminan los nuestros con amorosa ignorancia o automática solidaridad-, se tiende a lo largo de la vida del reportero entre poderes, legales y no, que aprietan y seducen; entre advertencias que nunca llegan certificadas por notario pero que se entienden en la primera mirada.
Sobre este filo se fue formando uno en el oficio. Aprendimos a medir palabras y borrar adjetivos para reducir riesgos; a leer documentos entre líneas, a ver evidencias de reojo, memorizar datos de conversaciones “of the record” y a interpretar miradas; aprendimos que la verdad tiene muchas variantes por subjetiva que es, como la misma interpretación de las leyes.
Escribí en el introito de mi libro “Vivir en la Raya”:
Entiendo que hay muchos riesgos en las 24 horas del periodista que vive en la raya, pues la transmutación de la convivencia profesional con los poderes políticos, económicos o delictivos -que mimetizan a sus personajes en juegos macabros-, se desarrolla sobre el tapete de las miserias humanas y los intereses brutales del poderoso al que el periodista enfrenta armado solamente con el instinto de sobrevivencia”.
Hoy esa linea no desapareció. Se movió. Se modernizó, modificando las reglas del juego que nos permitieron vivir con cierta normalidad durante largos períodos de paz negociada en Sinaloa. Ya no es necesaria la claridad de “plata o plomo” ni la amenaza directa contra quien escribe. Ahora el desgaste tiene otras herramienta: demandas judiciales a modo, presiones administrativas, campañas de descrédito, aislamiento económico y una especie de violencia vicaria. El golpe no es frontal; ahora es estructural.
El riesgo, como bien lo documenta Artículo 19, se redistribuye: ya no sólo lo carga el periodista, lo absorbe su familia, su medio, su entorno completo.
La violencia contra periodistas en México no se limita a agresiones directas, sino que se extiende a intimidaciones, amenazas y presiones que afectan también a sus familias.
Este fenómeno, conocido como riesgo transferido, convierte el ejercicio periodístico en una actividad con consecuencias estructurales”. Artículo 19
En eso consiste el “riesgo transferido”. Es otra forma de control que tiene sello criminal. No te matan, pero te inhabilitan y en ese desplazamiento el poder encuentra una coartada moderna: no hay persecución ni censura, hay libertades, dicen; pero si hay consecuencias: menos preguntas, menos investigación, menos verdad.
Cooptados los poderes constitucionales por un mando único sin contrapesos, es la denuncia pública la última esperanza para exigir justicia, sin que, por supuesto, el oficio exija heroísmo extremos o protagonismo suicidas que desplacen al trabajo profesional y socialmente responsable (…) Quienes ejercemos el segundo oficio más antiguo de la humanidad -alguien tuvo que contar la seducción de Eva-, tenemos como responsabilidad primera partir al golpe del alba y regresar con los nuestros en el ocaso del rayo verde”.MM
Vivir en la raya, entonces, ya no sólo tiene que ver con resistir la amenaza -el delito que encabeza el registro de agresiones del Instituto de Protección de Sinaloa- , sino en la comprensión de su mutación porque el periodismo sigue siendo intuición e instinto.
El riesgo ya no es noticia: se convirtió en sistema. Y cuando el sistema logra que el periodista dude -no de su vocación franciscana, sino de su propósito social/, entonces la censura dejara de ser visible para volverse eficaz”
Saludos cordiales
MM
Lee más contenidos similares en:
Comparte. Comenta. Sostén el periodismo que incomoda.
DONA AQUÍ — APOYA A P23

