Julio Berdegué Aznar: de los campos de concentración a Mazatlán
A 95 años de su nacimiento
Por Mario Martini
Nuestra amistad nació de una amenaza. O al menos de una amenaza verbal o de un exabrupto español .
—Me mandó Julio a decirte que le pegaste en la madre a Mazatlán con tu pinche reportaje de la marea roja y que donde te vea te va a meter un plomazo.
El mensajero era Pepe Velasco, amigo entrañable de Julio Berdegué Aznar.
Yo acababa de transmitir para 24 Horas de Jacobo Zabludovsky un reportaje nacional sobre la marea roja que había teñido de rojo bermellón el mar mazatleco. Frente a mis ojos, las olas escupían peces muertos sobre la arena mientras una inmensa mancha rojiza avanzaba sobre la costa. Los biólogos del Instituto de Limnología y Ciencias del Mar de la UNAM explicaban el fenómeno con rigor científico; los hoteleros lo veían como una amenaza para la temporada vacacional. Berdegué estaba furioso.
Meses después la misma historia que provocó el enojo terminó acercándonos. La marea roja desapareció tan rápido como llegó. Volví a reportear el fenómeno para explicar que se trataba de un proceso natural, ajeno a la contaminación humana, y que Mazatlán estaba listo para recibir turistas.
Nos encontramos en una parranda. Ahí comenzó una relación extraña, útil para ambos y sorprendentemente duradera. Él era una fuente inagotable de información. Yo un periodista dispuesto a escuchar.
Con los años nació algo parecido a la confianza. Y fue precisamente esa confianza la que una tarde me abrió la puerta de una historia que ni siquiera sus hijos y menos sus nietos conocían.
La oficina estaba a la entrada del Fraccionamiento El Cid. No era una oficina ostentosa. Tampoco parecía el despacho del fundador de uno de los complejos turísticos más importantes del país.
Olía a madera encerada, libros abiertos y papeles acumulados durante media vida. Detrás del escritorio se alineaban fotografías familiares, reconocimientos académicos, retratos con presidentes, gobernadores, empresarios, científicos y amigos. Había recuerdos de viajes, diplomas universitarios y pequeñas piezas que parecían escogidas más por afecto que por vanidad.

Sentado frente a mí estaba un hombre corpulento. Linebaker de los Burros Blancos del IPN
La barba blanca le daba apariencia de patriarca bíblico. Pero lo primero que llamaba la atención eran los ojos bajo cejas adiabladas que custodiaban la mirada de águila. No la mirada dura del hombre poderoso. La del observador.
La de quien aprendió desde niño a leer el peligro antes de que apareciera.
Mientras hablaba arrancaba pequeños pedazos de papel. Los amasaba entre el índice y el pulgar hasta convertirlos en bolitas perfectas que acomodaba sobre el escritorio. Luego hacía otra. Y otra más.
Al principio parecía una manía. Después entendí que era la forma que tenía de atravesar ciertos recuerdos. Porque cada vez que la conversación regresaba a España, el empresario desaparecía. Y en su lugar aparecía un niño. Un niño de piernas flacas, pantalón corto, botines sucios y ojos de pregunta que observaba -detrás de una malla de gallinero- el desfile de hombres derrotados rumbo a Francia.
Esta historia no la saben ni mis hijos ni mis nietos —me dijo.
Y entonces comenzó el viaje.
La fotografía que hoy conserva su familia parece tomada en otro mundo.
Aparece Julio pequeño, tomado de la ropa de sus hermanas, formando una fila infantil en un jardín madrileño.
Nada en esa imagen anticipa la guerra.
Nada anuncia los bombardeos.
Nada permite imaginar los campos de concentración franceses.
Mucho menos el exilio.
Había nacido en Madrid el 14 de abril de 1931. Exactamente el día en que fue proclamada la Segunda República Española. La coincidencia lo acompañaría toda la vida. Cinco años después España comenzó a desangrarse.
La Guerra Civil dividió familias, pueblos, ciudades enteras. La infancia terminó de golpe. Cada vez que recordaba aquellos años la voz se le quebraba. Volvía una y otra vez a Guernica. A los aviones. A las sirenas. A las madres corriendo. A los hombres derrotados. A los niños escondidos debajo de las camas. Como si el tiempo no hubiera pasado.
Como si siguiera ahí.
La caída de Barcelona precipitó la huida.
Su padre, Julio Berdegué Bailón, médico republicano, comprendió que quedarse significaba condenar a la familia.
Comenzó entonces una de las grandes tragedias humanas del siglo XX.
Miles de republicanos emprendieron la marcha hacia Francia atravesando los Pirineos.
Entre ellos los Berdegué.
Años después todavía podía describir escenas enteras.
Los caminos.
El frío.
El miedo.
La incertidumbre.
Al cruzar la frontera encontraron otra forma de sufrimiento.
Los campos de concentración franceses.
El país que representaba la libertad para millones de europeos encerró a los refugiados españoles detrás de alambradas improvisadas.
Allí conocieron el hambre.
La humillación.
La espera.
La condición humana en sus peores versiones.
Y también algunas de sus mejores expresiones.
Porque mientras Europa cerraba puertas, México decidió abrirlas.
A lo largo de la entrevista mencionó más veces a Lázaro Cárdenas que a varios presidentes con los que convivió personalmente.
No era ideología.
Era memoria.
Era gratitud.
El refugiado que llegó a México sin nada jamás olvidó quién abrió la puerta.
Su familia consiguió salir de Francia a bordo del buque Flandre.
La travesía terminó en Veracruz.
Llegaron exhaustos.
Sin patrimonio.
Sin certezas.
Sin futuro aparente.
Pero llegaron vivos.
Y eso bastaba.
Décadas después seguía emocionándose al recordar aquel gesto.
—Jamás olvidaré lo que el general hizo por nosotros —me dijo durante la inauguración del Centro de Educación Continua del IPN en Mazatlán.
La gratitud se convirtió en una forma de vida.
Años después bautizó con el nombre del Tata la avenida principal de El Cid y mandó levantar un busto de la “Esfinge”, como llamaban al general porque casi nunca sonreía.
Todavía hoy, cada 21 de mayo y cada 19 de octubre, el monumento amanece cubierto de flores frescas.
Como si el niño refugiado y el viejo exiliado siguieran pasando lista de presente.
México lo adoptó.
Y él devolvió el favor trabajando.
Estudió en el Colegio Madrid.
Después en la Academia Hispano Mexicana.
Más tarde ingresó a la Escuela Nacional de Ciencias Biológicas del Instituto Politécnico Nacional.
Ahí encontró otra patria.
La del conocimiento.
La ciencia.
La investigación.
Se graduó como biólogo.
Recorrió costas mexicanas.
Estudió peces comerciales.
Investigó totoabas.
Ballenas grises.
Mamíferos marinos.
Atunes.
Camarones.
Publicó trabajos que todavía hoy forman parte de la historia de la ictiología mexicana.
Antes de ser empresario fue científico.
Y quizá nunca dejó de serlo.
En aquellos años apareció Dolores.
Nunca habló demasiado de ella.
No lo necesitaba.
Los hombres de su generación expresaban ciertas cosas de otra manera.
Pero Dolores estaba en todas partes.
En los barcos.
En las empresas.
En las congeladoras.
En los registros mercantiles.
Pesquera Dolores.
Empacadora Dolores.
Dolores.
Dolores.
Dolores.
No hacía falta preguntar quién ocupaba el centro emocional de aquella historia.
La mantuvo siempre lejos de los reflectores.
Pero nadie que conociera a la familia dudaba de su importancia.
Su transformación de biólogo a empresario ocurrió casi por accidente.
Primero trabajó para el gobierno.
Luego para compañías pesqueras.
Más tarde decidió emprender.
Siempre sostuvo que el primer barco camaronero fue posible gracias al apoyo de José Ramón “El Tote” Fuentevilla.
A partir de ahí construyó una flota cercana al centenar de embarcaciones.
Congeladoras.
Fábricas de hielo.
Distribuidoras.
Centros de almacenamiento.
Mercados en Estados Unidos.
Mercados en Japón.
En pocos años se convirtió en uno de los empresarios pesqueros más importantes del Pacífico mexicano.
Pero seguía pensando como científico.
Y también como nacionalista.
Esa mezcla lo llevó a prisión.
La historia parece inventada.
No lo es.
—No entiendo por qué los mexicanos no podemos pescar bacalao si tenemos capacidad para hacerlo.
Así me lo dijo.
Le recordé que existía un acuerdo con Noruega.
Me miró.
Sonrió apenas.
—Pues que lo cancelen.
Lo decía en serio.
Se asoció con empresarios españoles.
Se fue a pescar bacalao.
Saturó el mercado mexicano.
Y terminó enfrentando a las autoridades.
Pasó dieciocho meses en prisión.
Allí hizo amistad con Jorge Díaz Serrano, ex director de Pemex.
Jugaban tenis.
—Lo dejaba ganar —decía entre risas.
Ni siquiera la cárcel consiguió domesticarlo.
Cuando el gobierno expulsó a la iniciativa privada de la captura del camarón, muchos empresarios abandonaron el negocio.
Berdegué tomó otro camino.
Miró hacia el turismo.
Mazatlán era todavía una promesa.
No el destino consolidado que hoy conocemos.
Invirtió.
Compró.
Construyó.
Arriesgó.
Y volvió a empezar.
El Cid nació de aquella apuesta.
Con el tiempo se convirtió en uno de los proyectos turísticos más importantes del país.
Durante años circuló una leyenda.
Que Julio Berdegué impedía la llegada de las grandes cadenas hoteleras al puerto gracias a sus influencias políticas.
Un día le pregunté directamente.
Se soltó riendo.
—Mario, ¿tú crees que yo, un pinchurriento hotelero marismeño, tengo el poder para impedir que lleguen las grandes cadenas?
La frase lo retrata mejor que muchas biografías.
Porque detrás del personaje polémico sobrevivía un extraordinario sentido del humor.
Fue amigo de presidentes.
Discutió con gobernadores.
Peleó con alcaldes.
Se amparó contra decisiones que consideraba injustas.
Defendió posiciones impopulares.
Cambió de aliados.
Multiplicó adversarios.
Y jamás aprendió a quedarse callado.
Eso le costó caro.
Pero nunca pareció importarle.
Donde sí era intransigente era en la amistad.
Y en la educación.
Antes de morir trabajó para traer al Politécnico a Mazatlán.
No buscaba un reconocimiento.
Buscaba una oportunidad para las nuevas generaciones.
Estaba convencido de que la educación era el gran igualador social.
Cuando finalmente el proyecto se concretó parecía más satisfecho que cuando inauguraba un hotel.
Quizá porque aquel sueño pertenecía al muchacho del IPN.
No al empresario.
De Julio Berdegué Aznar se dijeron muchas cosas.
Que era bravo.
Que era terco.
Que era polémico.
Que hacía amigos con la misma facilidad con la que fabricaba enemigos.
Probablemente todo sea cierto.
Pero después de escucharlo durante horas hablar de España, de Dolores, de los campos franceses, de los barcos camaroneros, de la cárcel, de Cárdenas y de Mazatlán, me quedó una certeza.
Debajo del empresario, del hotelero y del personaje público sobrevivió hasta el último día aquel niño republicano que cruzó los Pirineos tomado de la mano de su familia.
Quizá por eso jamás dejó de dar gracias.
Porque algunas personas hacen fortuna.
Y otras pasan la vida intentando devolver un favor que consideran imposible de pagar.
A 95 años de su nacimiento, ésa es la imagen que prefiero conservar de Julio Berdegué Aznar.
No la del magnate.
No la del polemista.
No la del hombre que construyó hoteles.
Sino la del niño refugiado que encontró una patria en México y pasó el resto de su vida tratando de honrarla.
