Sinaloa, en el mapa de Claudia: entre el deber de Estado y el latido del puerto
Mazatlán | Sinaloa | 17 septiembre 2026 | P23
MARIO MARTINI
Hay lugares que aparecen en la agenda de un presidente por necesidad y otros lo hacen por estrategia. Y algunos mas que, con el tiempo, adquieren una densidad distinta: se convierten en puntos del mapa donde se cruzan las obligaciones del Estado con historias que vienen antes que el cargo. Sinaloa parece haberse instalado en esa categoría para la presidenta Claudia Sheinbaum.
El próximo 20 de septiembre llegará nuevamente al estado como parte de la gira nacional para acercar los resultados de su Segundo Informe de Gobierno. Será su sexta visita a Sinaloa desde que asumió la Presidencia, después de cuatro recorridos durante su primer año de gobierno y una visita más en febrero de 2026. La propia mandataria confirmó la nueva visita y anunció que sostendrá un encuentro con la gobernadora Graciela Domínguez Nava.
Altas expectativas
La visita presidencial ha despertado expectativas sobre el respaldo federal que pueda recibir Sinaloa para recuperar su actividad económica, pero particularmente Culiacán, cuya posición competitiva se ha deteriorado de manera significativa. El Índice de Competitividad Urbana 2026 del IMCO ubica a la capital sinaloense en el lugar 19, después de haber ocupado el 11 en la medición anterior. El propio instituto atribuye el retroceso al aumento de la inseguridad desde finales de 2024 y señala que la tasa de homicidios alcanzó 60.10 por cada 100 mil habitantes, mientras la percepción de seguridad cayó a 16.25 por ciento.
El sector empresarial ha planteado, por distintas vías, la necesidad de reactivar la economía, recuperar empleos y volver a poner en movimiento al comercio. En Culiacán, organismos empresariales han propuesto medidas relacionadas con financiamiento, fortalecimiento de empresas, digitalización, promoción de la ciudad y recuperación de la movilidad, la confianza y el consumo. La dimensión del problema también se refleja en el cierre de establecimientos y la pérdida de empleos asociada a la caída de ventas y clientes durante la crisis de seguridad.

La primera vez que Sheinbaum llegó a Sinaloa como presidenta fue el 22 de diciembre de 2024. Mazatlán fue entonces la puerta de entrada. Sobre la mesa quedaron, entre otros compromisos, la construcción de un hospital del IMSS en Culiacán y la tecnificación de 52 mil hectáreas de riego. El contexto estatal estaba dominado por la crisis de seguridad y por una presión creciente sobre las instituciones.
Cinco meses después, el puerto volvió a recibirla. El 24 de mayo de 2025, Sheinbaum encabezó en Mazatlán el arranque de Salud Casa por Casa y dejó una frase que, vista desde hoy, resulta significativa: dijo que Sinaloa no debía ser estigmatizado por la violencia y reivindicó a su población como un pueblo trabajador. Ese mismo día explicó, sin rodeos, por qué Mazatlán tenía un lugar particular en su agenda: venía con su esposo, Jesús María Tarriba, a la tierra de él.
Después vino Culiacán, en julio, con una agenda concentrada en salud; y en septiembre regresó a Mazatlán para presentar los resultados de su primer año de gobierno. El recuento de esas cuatro visitas durante 2025 muestra algo más que una sucesión de actos públicos: tres tuvieron como escenario Mazatlán y una Culiacán.
En febrero de 2026, la agenda cambió otra vez de escala. La presidenta estuvo en Culiacán para supervisar los trabajos de tecnificación de los distritos de riego 010 y 075. El programa federal contempla una inversión multianual que el Gobierno de Sinaloa ha situado en alrededor de 13 mil millones de pesos. La Presidencia, al explicar el proyecto, detalló que el Distrito 010 contempla la tecnificación de 37 mil hectáreas y una inversión de 6 mil 470 millones de pesos; en el Distrito 075 se proyectan otras 33 mil hectáreas y casi 4 mil millones.
Es ahí donde el mapa empezó a cambiar porque Sinaloa ya no aparece solamente como el estado al que hay que atender cuando la violencia ocupa los titulares. Aparece también como territorio agrícola, como infraestructura hidráulica, como producción de alimentos, como corredor estratégico y, por supuesto, como puerto.
Pero sería ingenuo pensar que la seguridad desapareció de la ecuación. No ha desaparecido tras más de 2 años de guerra intestina.
En agosto de 2025, la propia Presidencia señalaba que la seguridad de Sinaloa seguía siendo una prioridad federal y que integrantes del Gabinete de Seguridad acudirían periódicamente a la entidad. En septiembre de 2026, esa prioridad volvió a hacerse visible con el reforzamiento de las fuerzas federales en Mazatlán y con una presencia que difícilmente puede leerse como un asunto rutinario.
Ahí está una de las contradicciones más interesantes del Sinaloa de estos años: mientras el gobierno federal habla de tecnificar hectáreas, ahorrar agua y aumentar la producción agrícola, también tiene que hablar de patrullajes, despliegues, inteligencia y control territorial. Una cosa no cancela a la otra, pues la política pública camina precisamente sobre esas contradicciones.
Y luego está Mazatlán.
En la relación de Sheinbaum con Sinaloa hay una dimensión personal que no necesita convertirse en explicación política para resultar significativa. Jesús María Tarriba Unger nació en Mazatlán y estudió Física en la UNAM, donde conoció a Sheinbaum durante los años ochenta. Ambos retomaron su relación décadas después y se casaron en 2023.
En mayo de 2025, la propia presidenta lo hizo explícito desde el puerto: estaba ahí también porque iba con su esposo a su tierra.
No hace falta convertir ese vínculo en una teoría política. Basta con reconocer que existe.
La política mexicana está llena de mapas oficiales y mapas íntimos. Los primeros se dibujan con carreteras, aeropuertos, presupuestos, distritos de riego, hospitales y despliegues de seguridad. Los segundos se trazan con recuerdos, familias, ciudades y afectos.
Mazatlán pertenece a los dos. Por eso la próxima visita presidencial tendrá una lectura inevitablemente más amplia que la de un acto de rendición de cuentas. Sheinbaum llegará a un estado donde el gobierno federal ha tenido que comprometer recursos, fuerzas de seguridad e infraestructura; pero también a una entidad que, por razones históricas, económicas y personales, ocupa un lugar particular en su itinerario.
Sinaloa tampoco es el mismo estado que recibió aquella primera visita de diciembre de 2024. Ha cambiado el gobierno estatal. Ha cambiado la agenda federal. Han cambiado las prioridades visibles. Y, sin embargo, la seguridad sigue siendo el punto sobre el que gravita buena parte de la conversación pública. Hay un lastre importante: la situación del gobernador Rubén Rocha Moya y 9 de sus colaboradores.
Quizá por eso la visita del 20 de septiembre resulte interesante no por lo que pueda decir el protocolo, sino por lo que permita observar entre líneas.
Si Sinaloa es un termómetro del proyecto presidencial, la lectura tendrá que hacerse en dos escalas: la del Estado que necesita recuperar seguridad y confianza, y la de una economía que reclama agua, infraestructura, producción y oportunidades.
Entre ambas aparece Mazatlán, con su puerto, su agricultura cercana, su industria turística y esa relación personal que conecta a la presidenta con una ciudad que no necesita presentación para ella.
La historia política suele contarse desde los grandes discursos. Pero a veces se entiende mejor mirando el mapa. Y en el mapa de Claudia Sheinbaum, Sinaloa ya no parece una visita circunstancial.
Es una de esas geografías donde el deber de Estado y el latido personal terminan encontrándose.

