REPORTAJE ESPECIAL · PARTE II
14 meses bajo metralla: la vida en modo resistencia
Por Mario Martini · Paralelo 23
En Sinaloa, la guerra dejó de anunciarse con titulares espectaculares. Simplemente se instaló. Llevamos más de catorce meses bajo metralla y, sin embargo, la rutina aparenta normalidad: la gente sale a trabajar, los niños van a la escuela, los aficionados al beis salen a respaldar a los suyos con un ojo al gato y otro al gabarato, listos para irse a pecho tierra en un instante, los mercados abren, los camiones pasan. Pero debajo de esa apariencia hay una sociedad que aprendió a vivir en modo resistencia.

Curva que baja
Las gráficas del periodo (9 de septiembre de 2024 → 9 de noviembre de 2025) muestran una desaceleración aparente tras el pico de mitad de 2025. En papel, la pendiente cae; en la calle, el pulso no siempre acompasa esa melodía. Hay menos estruendo, sí, pero no necesariamente más sosiego.
La gente no recita series mensuales: recuerda funerales, sirenas a lo lejos, la ruta que dejó de tomar. Las cifras pueden bajar; la memoria no desciende al mismo ritmo.
Romper el miedo
En la primera parte de este reportaje contamos la historia de una madre que rompió el cerco del miedo para pedir públicamente que le devuelvan a su hijo. Su súplica no es un caso aislado: es la voz de cientos de familias que viven atrapadas entre la violencia, la indiferencia institucional y el riesgo de ser silenciadas.
En esta segunda entrega nos detenemos en las consecuencias invisibles de catorce meses de balazos: el miedo administrado en dosis diarias, la economía que se acomoda a la guerra, los barrios donde la gente aprendió a leer el sonido de las ráfagas como si fueran anuncios del clima.
Lo que la estadística no ve
La cifra fría no registra la espera en un hospital saturado, el acta que no llega o el duelo de un lunes cualquiera. En la contabilidad del periodo, el homicidio culposo dejó de ser apéndice y se volvió espejo: devuelve nuestras fallas civiles —transporte sin protocolos, obras sin supervisión, cultura vial adolescente.
El reto hoy no es sólo bajar los picos: es achicar la base. Menos accidentes mortales, menos impunidad administrativa y menos burocracia para la reparación del daño. La paz no se mide solo por lo que deja de dispararse; también por lo que aprendemos a prevenir.
Mapa extra oficial de violencia
Hay un mapa de Sinaloa que no aparece en los folletos turísticos: es el que trazan las familias al decidir por dónde sí se puede pasar, qué colonias es mejor evitar, qué carretera conviene tomar sólo de día. Es un mapa a lápiz, corregido a cada balacera, sin sellos oficiales ni firma de autoridad.
Para entrar a una colonia de noche, debo hacerlo con los vidrios abajo y la luz interior encendida”, dice un taxista de Culiacán
Durante estos catorce meses se han acumulado cifras de homicidios, desapariciones y desplazamientos que, más allá del número, representan historias que no alcanzan los boletines. Mientras las autoridades administran el discurso, la gente administra el miedo: ajusta horarios, cambia rutas, deja de visitar a la familia, renuncia a salir de noche.
Periodistas, bajo fuego
En medio de este escenario, las y los periodistas se han visto obligados a cubrir enfrentamientos, levantones y escenas del crimen con una protección institucional insuficiente. En más de una ocasión, los reporteros han llegado primero que las autoridades a los lugares donde se escucharon disparos, enfrentándose a un doble riesgo: el de la violencia criminal y el de la omisión del Estado.
Quien crea que el periodismo es un oficio de escritorio debería mirar el material bruto de estos últimos catorce meses: teléfonos grabando a ras de piso, chalecos improvisados, autos usados como refugio, mensajes de texto que preguntan si ya “se calmó la zona”. Cada cobertura es una ruleta rusa donde la única certeza es la responsabilidad de informar.
Brenda y las otras súplicas
Brenda no está sola. Detrás de su súplica pública hay decenas de familias que no se atrevieron a hablar ante la cámara, pero que comparten el mismo infierno: un hijo desaparecido, un expediente incompleto, una autoridad que promete pero no regresa.
En sus testimonios, se repiten palabras como “cansancio”, “impotencia”, “rabia”, pero también una obstinada necesidad de seguir buscando. La violencia ha intentado normalizar el horror, pero las familias se aferran a la memoria como el último acto de dignidad posible.
Economía bajo presión: turismo y empleo
Cuando la violencia se instala, el primer golpe no siempre es una bala: es la caja registradora vacía. El dossier documenta la ruta crítica: picos de violencia → caída de turismo/consumo → cierres de MIPyMES → pérdida de empleo formal → salto a la informalidad.
En el corte 2024–2025, Mazatlán acumuló una caída de visitantes relevante tras los picos de seguridad, y aunque el empleo formal mostró un respiro en septiembre de 2025, el alivio convive con negocios que reducen horarios, se mudan o cierran discretamente. La pregunta no es si hay rebote, sino cuánto dura con un entorno volátil.
Instituciones rebasadas; ciudadanía, a prueba
En estos catorce meses, las respuestas oficiales han oscilado entre el silencio, las explicaciones burocráticas y la minimización de los hechos.
Voceros del gobierno ponen de ejemplo los estadios llenos en el área que de la temporada invernal de béisbol de la costa del Pacifico e incluso reclaman al mundo que en Mazatlán se realizó una etapa de la reconocida rodada ciclista “ L’Tour d’ France” sin más percances que el peligro desarrollar a una viejecita que cruzó sin saber del evento por el Paseo Olas Altas, mientras el pelotón bajaba como bólido del Cerro del Vigia.
La ciudadanía, mientras tanto, ha tenido que inventarse sus propios mecanismos de protección y acompañamiento: redes de apoyo, grupos de WhatsApp, colectivos, vigilias, marchas, campañas en redes sociales.
Este reportaje no busca hacer estadísticas paralelas, sino ponerle rostro a la guerra de todos los días. Lo que está en juego no es sólo la seguridad, sino la idea misma de comunidad: la posibilidad de confiar en que el vecino avisará, que el periodista contará la historia y que el Estado actuará a tiempo.
¿Y ahora qué?
Catorce meses bajo metralla dejan cicatrices visibles e invisibles. La pregunta que recorre estas páginas es brutalmente simple: ¿vamos a normalizar esta guerra o vamos a asumirla como una emergencia permanente que exige respuestas distintas?
Brenda seguirá buscando a su hijo. Otras madres seguirán marchando con fotos colgadas al cuello. Los periodistas seguiremos documentando, a pesar del miedo, porque alguien tiene que dejar constancia de lo que pasó.
En la siguiente entrega de esta serie abordaremos las rutas de salida: experiencias de organización ciudadana, propuestas de protección integral y los mínimos indispensables para hablar de paz con honestidad.
Mientras tanto, Sinaloa amanece otro día bajo metralla, pero también bajo la obstinada esperanza de quienes se niegan a vivir de rodillas.
La ilusión de la calma se rompe con facilidad: un choque al amanecer, una obra sin casco, un volante irresponsable. Para que la gráfica y la vida cuenten la misma historia, Sinaloa necesita un pacto menos espectacular y más cotidiano: cruceros ordenados, inspecciones reales, cultura vial y una fiscalía que trate el expediente culposo como lo que es: una muerte que también nos pertenece.
Corte analizado: 09-sep-2024 → 09-nov-2025
Fuente: Dossier P23 — Datos y clasificación propia
Sitio: www.paralelo-23.com
#TúVoz · ¿Tu negocio recortó horario o cambió de zona por “calma” que no se siente?
Escríbenos: WhatsApp 6692602777


Deja una respuesta