Jorge Luis Buenrostro Félix hizo de la amistad una forma de lealtad
Por Mario Martini
Nuestra amistad, como ocurre con las buenas y duraderas, nació de un desacuerdo. Y, como las amistades verdaderas, terminó construida sobre una larga cadena de afortunadas coincidencias.
Nos unió un destino compartido: fuimos padres cuando la mayoría ya piensa en los nietos. Los dos cruzábamos la barrera de los cincuenta cuando la vida decidió regalarnos una hija. Él bautizó a la suya como Georgina, decidido a perpetuar un nombre y una estirpe. Yo, en un arrebato revolucionario, me quedé con Valentina.
Cada vez que nos encontrábamos, aquellas breves conversaciones terminaban inevitablemente girando alrededor de nuestras niñas. Eran tertulias de viejos otoñales celebrando los pequeños milagros de la paternidad tardía.
—Ya dijo “a”… ya gatea… ya se enfermó… ya dio sus primeros pasos…
Y así, sin darnos cuenta, hablábamos de la vida.
Jorge Luis Buenrostro Félix nació en Ciudad Obregón en 1954, pero eligió ser el “sonorense más mazatleco” de todos. Fue un priista leal como el mal aliento. Nunca buscó reflectores ni protagonismos, pero siempre estuvo dispuesto a servir a su partido y a la ciudad cuando fue necesario. Precisamente una pírrica defensa electoral que hizo del PRI fue el punto de partida de nuestra trompicada amistad, a partir del que fuimos tejiendo una relación que durante muchos años refrendamos con un abrazo sincero y alguna frase cargada del humor fino que alejaba la solemnidad del notario y dejaba escapar por debajo de un bigote poblado e impecablemente cuidado, custodio de una sonrisa franca.
A él debo haberme acercado a don Antonio Toledo Corro muchos años después de que dejara el gobierno de Sinaloa. Toledo había decidido vivir lejos del ruido público y de los periodistas. Jorge Luis hizo posible aquel encuentro que terminó convertido en una de las entrevistas más valiosas de mi carrera. Nunca lo dijo, porque no hacía falta. Admiraba profundamente al exgobernador y disfrutaba la amistad de aquel grupo de hombres viejos al que logró colarse, pese a ser casi treinta años menor que la mayoría de ellos.



La última vez que nos abrazamos fue en el Teatro Ángela Peralta, durante la presentación de mi libro A Confesión de Parte. Ahí estuvo, como tantas otras veces, siempre generoso con mi trabajo y con su amistad.
Hoy recibí la noticia: una mala jugada del corazón lo sorprendió de manera definitiva a sus juveniles 72 años.
Se fue dejando un dolor inmenso en Lupita, compañera de toda la vida; en su querida Georgia, quien llegó a darle un nuevo sentido a sus días; y en los muchos amigos que hoy empezamos a descubrir el tamaño del vacío que deja su ausencia.
También donaba su tiempo
Más allá de su labor como fedatario, Jorge Luis Buenrostro entendía que el derecho también podía ser una forma de servicio.
Durante años colaboró de manera altruista con organizaciones de la sociedad civil, ayudando pro bono a constituir legalmente asociaciones civiles que buscaban atender causas sociales, educativas y asistenciales. Su firma y su conocimiento jurídico facilitaron que numerosos proyectos ciudadanos adquirieran personalidad legal y pudieran acceder a apoyos, donativos y programas institucionales.
Su compromiso comunitario también lo llevó a formar parte del patronato de la Cruz Roja Mexicana, Delegación Mazatlán, donde participó como consejero, convencido de que la responsabilidad social no terminaba en la notaría, sino que debía extenderse a las instituciones que sostienen la vida pública de la ciudad.
Era una forma silenciosa de ayudar. Sin discursos ni reflectores. Como acostumbraba hacer casi todo en su vida.
Pero Jorge Luis no fue solamente un buen amigo y ciudadano. Fue esencialmente un hombre de leyes.
Como titular de la Notaría Pública Número 141 del Estado de Sinaloa construyó una trayectoria ejemplar dentro del derecho civil y corporativo. Durante décadas dio certeza jurídica a miles de familias y empresas, protocolizando testamentos, escrituras, fideicomisos, constituciones de sociedades y numerosos actos que terminaron formando parte del patrimonio de Mazatlán y de Sinaloa.
También participó activamente en la vida gremial del notariado. Integró el Consejo Directivo del Colegio de Notarios de Mazatlán, desde donde impulsó la modernización de la función notarial, la transparencia y el fortalecimiento ético de una profesión cuya principal materia prima es la confianza.
Su legado no está únicamente en los protocolos que llevan su firma ni en los documentos que otorgaron seguridad jurídica a miles de personas. Está también en la forma sobria, discreta y honesta con la que ejerció su profesión y cultivó sus amistades.
Hay personas cuya importancia no se mide por los cargos que ocuparon, sino por la tranquilidad que transmitían. Jorge Luis era una de ellas.
Gracias por siempre estar
Al final, uno descubre que las amistades verdaderas no se cuentan por la frecuencia de los encuentros, sino por la certeza de saber que el otro siempre estaba ahí.
Con Buenrostro nunca hicieron falta las largas conversaciones. Bastaban un abrazo, una sonrisa bajo aquel bigote impecable y unas cuantas palabras para saber que la amistad seguía intacta.
Hoy me quedo pensando en esas pláticas de padres tardíos, en nuestras Georginas y Valentinas, en los años que la vida nos regaló para disfrutar una paternidad que llegó cuando creíamos haber visto casi todo. Qué privilegio fue compartir esa etapa contigo.
Gracias por tu generosidad, por tu discreción, por los puentes que tendiste sin pedir reconocimiento y por esa lealtad que ejercías con absoluta naturalidad.
Me gusta imaginar que allá donde estés ya encontraste una buena mesa, una conversación inteligente y una sonrisa franca con la que recibirás a los viejos amigos cuando llegue su turno.
Hasta entonces, querido Jorge Luis.
Descansa en paz.


