Observatorio | El último candado
Por Mario Martini
Hay candados que cierran puertas y otros que clausuran épocas. El que está a punto de cerrarse sobre Ismael El Mayo Zambada pertenece a la segunda categoría. No sólo lo encerrará durante el resto de su vida; también baja el telón sobre una generación del narcotráfico mexicano que, en 86 años, pasó de las veredas serranas de Badiraguato a las rutas comerciales de los cinco continentes.
Aquella primera camada rural tenía más instinto que diplomas. Muchos apenas conocieron la escuela primaria, pero entendieron antes que nadie el valor de una frontera, una pista clandestina y un funcionario dispuesto a mirar hacia otro lado si se le untaba la palma con cueros de rana. Construyeron un negocio global sin haber pisado una escuela de negocios. Estuvieron a un paso de convertir la Chicago de Al Capone en una extensión multimodal de su centro de operaciones.
En ese mundo, Zambada fue el estratega más paciente. Entendió que el verdadero poder consiste en no aparecer. Mientras otros coleccionaban corridos, mansiones y fotografías, él cultivó el anonimato como si fuera un seguro de vida. Paradójicamente, el hombre que hizo del bajo perfil una doctrina terminó siendo el primer gran capo que concedió una entrevista al legendario periodista Julio Scheter García. Hasta para romper sus propias reglas escogió el momento preciso.
Fue operador silencioso que eligió disfrazarse de él mismo para confundirse en la multitud. Fue campesino, ganadero, pescador y un avezado relacionista público que aceitó las estructuras de gobierno para garantizar buenos vientos para la floreciente industria. Solo así puede entenderse que durante casi medio siglo navegara sobre aguas mansas, sin riesgo ninguno de pisar una prisión.
Aprendió muy temprano que un cargamento puede cruzar una aduana, pero un imperio sólo sobrevive cuando también cruza escritorios. Durante casi medio siglo navegó por aguas sorprendentemente tranquilas para alguien que encabezaba la organización criminal más poderosa del continente. No fue casualidad ni suerte.
Al final no pidió absolución. Sería demasiado ingenuo. Enfermo, derrotado y sin margen para una última jugada, aceptó su responsabilidad como quien cambia una partida imposible por una celda menos cruel. La multa de 15 mil millones de dólares suena espectacular en los titulares. Cobrarla será otra historia. Primero habrá que encontrar el dinero; después convencerlo de quedarse quieto.
Lo verdaderamente importante no es el destino judicial de Zambada, sino lo que representa su salida definitiva del tablero. Con él desaparece la última figura de una generación que todavía hablaba de códigos, pactos y equilibrios internos. No porque fueran virtuosos, sino porque les resultaban útiles para hacer negocios. Ese viejo manual terminó hecho pedazos hace tiempo.
El relevo ya no necesita apellidos legendarios ni capos de medio siglo. Opera con drones, criptomonedas, inteligencia artificial, explosivos improvisados y una lógica mucho más simple: imponer miedo antes que respeto. Cambiaron las herramientas, cambiaron los métodos, cambiaron los códigos de respeto y cambió la velocidad. La franquicia sigue abierta; únicamente jubiló al último jefe de una generación que operó desde 1970.
Porque, al final, el último candado no cierra el negocio. Clausura la oficina del CEO más antiguo.
Saludos cordiales
MM

