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Los Hijos del Poder | Cuando la escuela pública formaba presidentes

Sinaloa | mayo 2026 | Valentina Ramírez | Parte III

Hubo un tiempo en que la escuela pública mexicana no era el sistema del que escapaban las élites, como ahora. Era exactamente al revés.

En una secundaria pública sobre Avenida Chapultepec, en el corazón de la Ciudad de México, se formaron tres presidentes de la República: Luis Echeverría Álvarez, José López Portillo y Carlos Salinas de Gortari. Por esas mismas aulas de la Escuela Secundaria Diurna No. 3 “Héroes de Chapultepec” también pasaron Octavio Paz, Rosario Castellanos, Guillermo González Camarena, Javier Barros Sierra, Guillermo Soberón Acevedo, Fernando Lanz Duret, José Revueltas, Mario Ramón Beteta, Francisco Savín,y el medallista olímpico Gustavo Huet.

La vieja escuela pública mexicana podía ser centralista, rígida y profundamente autoritaria, pero tenía una virtud hoy casi extinguida: producía movilidad social, cuadros de Estado, intelectuales, científicos y presidentes.

Décadas después, quienes gobiernan en nombre del pueblo rara vez eligen esa misma ruta para sus hijos.

La comparación no favorece al presente

En la entrega anterior quedó documentado que el círculo más cercano del obradorismo tomó decisiones educativas muy distintas. José Ramón López Beltrán cursó Derecho en la Universidad de las Américas A.C.; Andrés Manuel y Gonzalo López Beltrán siguieron rutas universitarias públicas, pero antes pasaron por la Escuela Logos, un colegio privado de la colonia Del Valle donde cursaron secundaria y preparatoria. La diferencia no es menor.

Porque aquí no estamos comparando universidades especializadas, maestrías internacionales o decisiones adultas. Estamos hablando de formación básica y adolescencia. De la etapa en la que el padre decide de acuerdo a sus convicciones ideológicas.

Y ahí aparece el contraste histórico más incómodo para la narrativa del poder actual. La izquierda mexicana construyó durante décadas buena parte de su legitimidad política sobre la defensa de la educación pública como mecanismo de igualdad social. El discurso era obsesivamente reiterativo: escuela popular, movilidad social, oportunidades para el hijo del trabajador, mérito académico por encima del privilegio económico.

Pero cuando llegó la hora de decidir dónde estudiarían sus propios hijos, la brújula cambió de dirección. Diversos reportes periodísticos ubican a los hijos mayores del ex presidente Andrés Manuel López Obrador en la Escuela Logos, institución privada que en aquellos años implicaba un gasto considerable para una familia promedio mexicana. No hay delito ninguno en ello.

La pregunta es política: ¿Qué cambió entre la generación que producía presidentes desde escuelas públicas y la generación política que hoy prefiere circuitos privados?

La respuesta más fácil sería decir que el deterioro educativo. Y no sería del todo falsa. México arrastra décadas de desgaste institucional en educación pública. Infraestructura precaria, dobles turnos, jornadas recortadas, burocracia sindical, reformas cosméticas y desplome en evaluaciones internacionales han erosionado la confianza en el sistema.

Pero la respuesta completa es más incómoda. Porque incluso mientras el sistema se deterioraba, el discurso político siguió vendiendo la escuela pública como bandera ideológica. Lo que cambió no fue solamente la calidad educativa sino la conducta de las élites.

La Escuela Secundaria 3 formó presidentes, premios Nobel, científicos y secretarios de Estado porque la escuela pública mexicana todavía podía ser vista como espacio legítimo de ascenso social.

Escuela Logos, en cambio, representa otra lógica. No solo educación privada. También redes. Capital social. Relaciones.

En una columna publicada por El Universal, el periodista Mario Maldonado documentó cómo ex compañeros del entorno escolar de los López Beltrán terminaron ocupando posiciones dentro de la administración pública federal. El dato no prueba ilegalidad. Pero sí muestra otra forma de reproducción del poder. La escuela ya no solo forma. También selecciona.

El contraste es brutal

Antes, una secundaria pública producía presidentes. Hoy, el primer círculo del poder construye trayectorias educativas mucho más parecidas a las viejas élites que decía combatir.

Y la ironía política es impecable porque el movimiento que prometió desmontar privilegios terminó reproduciendo sus mecanismos más conocidos de desigualdad social..

La vieja escuela pública mexicana formaba Estado. La nueva aristocracia política parece preferir educar a los suyos fuera de ella.

Contexto

La Escuela Secundaria Diurna No. 3 “Héroes de Chapultepec”, fundada en el siglo XX como uno de los planteles emblemáticos de educación pública en Ciudad de México, formó generaciones de funcionarios, intelectuales y científicos. En contraste, expedientes recientes muestran que buena parte del círculo gobernante contemporáneo ha optado por educación privada, selectiva o internacional para sus hijos.

Editorial P23

No toda nostalgia educativa es virtud ni toda escuela privada es pecado, pero cuando una clase política construye legitimidad defendiendo lo público mientras elige la ruta de los privilegios para los suyos, la contradicción deja de ser pedagógica y se vuelve totalmente política.

PARTE I

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